El valor del anillo


Desde siempre me ha llamado la atención cómo nos afecta en nuestra vida lo que los demás opinan de nosotros; es cierto que somos "animales" sociales y que por tanto ser admitido en un grupo es importante; sin embargo ocurre que a veces buscamos la aprobación de todos, sin darnos cuenta que esa aprobación "global" es una quimera.
Recuerdo oir a Jorge Valdano decir, cuando era entrenador del Real Madrid de fútbol, que siempre empezaba los partidos con al menos 200 personas en contra en la grada, los familiares de los jugadores que ni siquiera habían sido convocados.
Woody Allen decía que "No sé cual es la clave del éxito pero sé que la clave del fracaso es intentar complacer a todo el mundo".
Y aún sabiendo que no puedes complacer a todo el mundo, ¿cuántas veces nos planteamos nuestra propia valía en función de la opinión de los demás?
Hace unos días hablaba con un entrenador de baloncesto sobre como cambia un jugador en cuanto siente que tiene la confianza de un entrenador; siendo el mismo, no siempre funcionamos en circunstancias distintas... a veces algo funciona en un entorno y no funciona en otro, incluso parecido, y puede que el hecho de que funcionemos o no en algunas situaciones dependa simplemente de la percepción que tenemos de lo que opinan los demás de nosotros.
Y yo, como creo que muchos, he tenido en algunos momentos crisis de autoestima, de creer que no era capaz de afrontar determinados retos porque alguien opinaba que no sería capaz (ver artículo anterior); ahora cuando eso me ocurre suelo recurrir a un fondo de pantalla que tengo en el ordenador con una foto de la Vía Láctea (hablaré de ello en otro artículo) ó bien a este cuento de Jorge Bucay con el objetivo de recuperar mi autoestima y seguir adelante:

El verdadero valor del anillo:

- Vengo, maestro, porque me siento tan poca cosa que no tengo ganas de hacer nada. Me dicen que no sirvo, que no hago nada bien, que soy torpe y bastante tonto. ¿Cómo puedo mejorar? ¿Qué puedo hacer para que me valoren más?
El maestro, sin mirarlo, le dijo "Cuánto lo siento, muchacho. No puedo ayudarte, ya que debo resolver primero mi propio problema. Quizá después...". Y, haciendo una pausa, agregó "Si quisieras ayudarme tú a mí, yo podría resolver este tema con más rapidez y después tal vez te pueda ayudar".
- E...encantado, maestro - titubeó el joven, sientiendo que de nuevo era desvalorizado y sus necesidades postergadas.
- Bien - continuó el maestro. Se quitó un anillo que llevaba en el dedo meñique de la mano izquierda y, dándoselo al muchacho, añadió - : Toma el caballo que está ahí fuera y cabalga hasta el mercado. Debo vender este anillo porque tengo que pagar una deuda. Es necesario que obtengas por él la mayor suma posible, y no aceptes menos de una moneda de oro. Vete y regresa con esa moneda lo más rápido que puedas.
El joven tomó el anillo y partió. Apenas llegó al mercado, empezó a ofrecer el anillo a los mercaderes, que lo miraban con algo de interés hasta que el joven decía lo que pedía por él.
Cuando el muchacho mencionaba la moneda de oro, algunos reían, otros le giraban la cara y tan sólo un anciano fue lo bastante amable como para tomarse la molestia de explicarle que una moneda de oro era demasiado valiosa como para entregarla a cambio de un anillo. Con afán de ayudar, alguien le ofreció una moneda de plata y un recipiente de cobre, pero el joven tenía instrucciones de no aceptar menos de una moneda de oro y rechazó la oferta.
Después de ofrecer la joya a todas las personas que se cruzaron con él en el mercado, que fueron más de cien, y abatido por su fracaso, montó en su caballo y regresó.
Cuánto hubiera deseado el joven tener una moneda de oro para entregársela al maestro y liberarlo de su preocupación, para poder recibir al fin su consejo y ayuda.
Entró en la habitación.
- Maestro - dijo-, lo siento. No es posible conseguir lo que me pides. Quizás hubiera podido conseguir dos o tres monedas de plata, pero no creo que yo pueda engañar a nadie respecto del verdadero valor del anillo.
- Eso que has dicho es muy importante, joven amigo - contestó sonriente el maestro -. Debemos conocer primero el verdadero valor del anillo. Vuelve a montar tu caballo y ve a ver al joyero. ¿Quién mejor que él puede saberlo? Dile que desearías vender el anillo y pregúntale cuánto te da por él. Pero no importa lo que te ofrezca, no se lo vendas. Vuelve aquí con mi anillo.
El joven volvió a cabalgar.
El joyero examinó el anillo a la luz del candil, lo miró con su lupa, lo pesó y luego le dijo al chico:
- Dile al maestro, muchacho, que si lo quiere vender ya mismo, no puedo darle más de cincuenta y ocho monedas de oro por su anillo.
- ¿Cincuenta y ocho monedas? - exclamó el joven.
- Sí - replicó el joyero-. Yo sé que con tiempo podríamos obtener por él cerca de setenta monedas, pero si la venta es urgente...
El joven corrió emocionado a casa del maestro a contarle lo sucedido.
- Siéntate- dijo el maestro después de escucharlo- . Tú eres como ese anillo: una joya, valiosa y única. Y como tal, sólo puede evaluarte un verdadero experto. ¿Por qué vas por la vida pretendiendo que cualquiera descubra tu verdadero valor?
Y, diciendo esto, volvió a ponerse el anillo en el dedo meñique de su mano izquierda. 


Objetivo ¿Realista?




En mi opinión está claro que, en la vida, nos movemos por objetivos, ya sean personales, profesionales, etc...
Sé que muchas veces la sensación de fracaso viene determinada por las expectativas previas, y que cuidar estas expectativas puede marcar la diferencia entre una sensación de bienestar o malestar al terminar una tarea (sobre el éxito y el fracaso escribiré en el futuro).
Pero es ese control de las expectativas lo que me tiene algo confuso.
Muchas veces he escuchado que los objetivos que nos marcamos han de ser realistas, precisamente para que las opciones de éxito sean grandes y así evitar la sensación de fracaso al no haber conseguido algo que, ya de inicio, parecía inalcanzable; sin embargo los grandes avances se consiguen cuando alguien logra realizar algo que hasta ese momento parecía imposible, de hecho todo es imposible hasta que se consigue por primera vez; y resulta que yo soy de los que les gusta soñar, y no sólo me gusta soñar, me gusta soñar en grande, me gusta mantener el espíritu de niño que todos llevamos dentro y dejarle que se exprese.
Lamentablemente la naturaleza humana hace que despreciemos cualquier sueño de uno de nuestros semejantes, no sé si es envidia o mediocridad pero frases del tipo, esa idea es una estupidez, no podrás, déjate de tonterías y haz algo serio... son el pan nuestro de cada día; lo bueno es que, para muchos, ese tipo de frases son la motivación que necesitan para emprender su sueño.

Decía Einstein que "Los que piensan que es imposible, no deberían molestar a los que lo estamos intentando"
Cita anónima "Al comenzar todos dirán que no podrás, al ver que no te pueden parar todos se callarán y al ver que lo lograste todos dirán que siempre confiaron en tí"

Recuerdo que el objetivo que se me marcó con la selección U16 en 2006 era no descender, recuerdo que un partido amistoso en Atri (Italia), tras caer de 20 ante Grecia, reuní al equipo y les pregunté cuál era el objetivo del Campeonato que íbamos a disputar en verano, tras varios titubeos alguien osó decir "Ganar el oro", enseguida se iluminó la cara del resto y al final de aquella reunión el objetivo estaba marcado... ganar el oro. En aquel momento no teníamos ni idea de si Ricky Rubio iba a participar en el europeo o no, pero habíamos consensuado un objetivo y lo habíamos hecho nuestro y ese objetivo fue el motor de cada entrenamiento de preparación del campeonato; recuerdo perfectamente los comentarios que tuve que escuchar cuando hice público el objetivo, queríamos soñar con el oro, ese era nuestro sueño y nadie nos podía impedir soñar. Ricky se unió al equipo en verano y ya todos conocéis la historia de aquel europeo, y si bien probablemente no hubiéramos conseguido el oro sin Ricky, probablemente tampoco lo hubieramos hecho sin el deseo de todos por ser campeones.
Aprendí que la gestión de las expectativas se puede hacer en la reacción que tienes una vez que alcanzas o no el objetivo, y que no necesariamente tiene que ser siempre al marcarnos objetivos (de lo contrario nunca hubiéramos evolucionado).

Es por eso que, muchas veces, cuando tengo que marcarme objetivos en una nueva tarea, me gusta recordar este cuento que aparece en el libro "Cuentos para pensar" de Jorge Bucay.

Los niños estaban sólos
Su madre se había marchado por la mañana temprano y los había dejado al cuidado de Marina, una joven de 18 años a la que a veces contrataba por unas horas para hacerse cargo de ellos a cambio de unos pocos pesos.
Desde que el padre había muerto, los tiempos eran demasiado duros como para arriesgar el trabajo faltando cada vez que la abuela se enfermaba o se ausentaba de la ciudad.
Cuando el novio de la jovencita llamó para invitarla a un paseo en su coche nuevo, Marina no dudó demasiado. Después de todo los niños estaban durmiendo como cada tarde, y no se despertarían hasta las cinco.
Apenas escuchó la bocina cogió su bolso y descolgó el teléfono. Tomó la precaución de cerrar la puerta del cuarto y se guardó la llave en el bolsillo. Ella no quería arriesgarse a que Pancho se despertara y bajara las escaleras para buscarla, porque después de todo tenía sólo seis años y en un descuido podía tropezar y lastimarse. Además, pensó, si eso sucediera, ¿Cómo le explicaría a su madre que el niño no la había encontrado?
Quizás fue un cortocircuito en el televisor encendido o en alguna de las luces de la sala, o tal vez una chispa del hogar de leña; el caso es que cuando las cortinas empezaron a arder el fuego rápidamente alcanzó la escalera de madera que conducía a los dormitorios.
La tos del bebé debido al humo que se filtraba por debajo de la puerta lo despertó. Sin pensar, Pancho salió de la cama y forcejeó con el picaporte para abrir la puerta pero no pudo.
De todos modos, si lo hubiera conseguido, él y su hermanito de meses hubieran sido devorados por las llamas en pocos minutos.
Pancho gritó llamando a Marina, pero nadie contestó su llamada de auxilio. Así que corrió al teléfono que había en el cuarto (él sabía como marcar el número de su mamá) pero no había línea.
Pancho se dio cuenta que debía sacar a su hermanito de allí. Intentó abrir la ventana que daba a la cornisa, pero era imposible para sus pequeñas manos destrabar el seguro y aunque lo hubiera conseguido aún debía soltar la malla de alambre que sus padres habían instalado como protección.
Cuando los bomberos terminaron de apagar el incendio, el tema de conversación de todos era el mismo: "¿Cómo pudo ese niño tan pequeño romper el vidrio y luego el enrejado con el perchero?"
"¿Cómo pudo cargar al bebé en la mochila?"
"¿Cómo pudo caminar por la cornisa con semejante peso y bajar por el árbol?"
"¿Cómo pudo salvar su vida y la de su hermano?"
El viejo jefe de bomberos, hombre sabio y respetado les dio la respuesta:
- Panchito estaba solo... No tenía a nadie que le dijera que no iba a poder.


Tiempo de calidad



Hace unos días charlaba con una compañera (Marian García) de curso mientras tomábamos una caña, me contaba como era la relación con sus hijas y me decía que había descubierto que lo importante no era el tiempo total que estaba con ellas sino la calidad del tiempo que pasaba con ellas, se había dado cuenta que a veces pasaba mucho tiempo a su lado pero que estaba ausente, que no les dedicaba la atención necesaria, que seguía atendiendo llamadas del trabajo y pensando en cosas de la oficina... y que entonces había decidido que el tiempo que les dedicara a sus hijas debía ser de verdad tiempo dedicado a ellas, aunque fuera algo menos, apagando el móvil y pensando sólo en compartir, en cuerpo y alma, los momentos en los que estaban juntas.

Esto me hizo pensar en las muchas situaciones en las que pasamos tiempo con alguien pero estando ausentes, y me hizo pensar en esas situaciones en las que diriges un equipo y sólo te limitas a entrenarlo, sin preocuparte lo más mínimo por el jugador más allá de si te hace caso o no en las cuestiones técnico/tácticas, si las mete o no, etc... como si pudieras sacar el máximo rendimiento de ellos sin de verdad conocerlos; y he descubierto, a lo largo de mi carrera, que cuanto más conoces a un jugador más fácil es sacarle rendimiento. No se trata de forzar la relación, se trata de llegar a sentir la necesidad de compartir, de conocer, de empatizar... Ni comento la situación en la que simplemente vamos y ni enseñamos, sino que les damos un balón y que jueguen, sin más; eso sí es estar ausente aunque pases una hora y media con ellos.

Y hay un cuento, como no, sacado de un libro de Jorge Bucay, que me recuerda la necesidad de disfrutar de verdad del tiempo, que no vale con sólo estar que hay que ¡¡¡VIVIRLO!!! y constantemente me encuentro en situaciones en las que simplemente paso por la vida cual borrego acompañando al rebaño.

El Buscador 
Esta es la historia de un hombre al que yo definiría como buscador.

Un buscador es alguien que busca. No necesariamente es alguien que encuentra. Tampoco es alguien que sabe lo que está buscando. Es simplemente para quien su vida es una búsqueda. 

Un día un buscador sintió que debía ir hacia la ciudad de Kammir. Él había aprendido a hacer caso riguroso a esas sensaciones que venían de un lugar desconocido de sí mismo, así que dejó todo y partió. Después de dos días de marcha por los polvorientos caminos divisó Kammir, a lo lejos. Un poco antes de llegar al pueblo, una colina a la derecha del sendero le llamó la atención. Estaba tapizada de un verde maravilloso y había un montón de árboles, pájaros y flores encantadoras. La rodeaba por completo una especie de valla pequeña de madera lustrada… Una portezuela de bronce lo invitaba a entrar. De pronto sintió que olvidaba el pueblo y sucumbió ante la tentación de descansar por un momento en ese lugar. El buscador traspaso el portal y empezó a caminar lentamente entre las piedras blancas que estaban distribuidas como al azar, entre los árboles. Dejó que sus ojos eran los de un buscador, quizá por eso descubrió, sobre una de las piedras, aquella inscripción … "Abedul Tare, vivió 8 años, 6 meses, 2 semanas y 3 días". Se sobrecogió un poco al darse cuenta de que esa piedra no era simplemente una piedra. Era una lápida, sintió pena al pensar que un niño de tan corta edad estaba enterrado en ese lugar… Mirando a su alrededor, el hombre se dio cuenta de que la piedra de al lado, también tenía una inscripción, se acercó a leerla decía "Llamar Kalib, vivió 5 años, 8 meses y 3 semanas". El buscador se sintió terriblemente conmocionado. Este hermoso lugar, era un cementerio y cada piedra una lápida. Todas tenían inscripciones similares: un nombre y el tiempo de vida exacto del muerto, pero lo que lo contactó con el espanto, fue comprobar que, el que más tiempo había vivido, apenas sobrepasaba 11 años. Embargado por un dolor terrible, se sentó y se puso a llorar. El cuidador del cementerio pasaba por ahí y se acercó, lo miró llorar por un rato en silencio y luego le preguntó si lloraba por algún familiar. 

- No ningún familiar - dijo el buscador - ¿Qué pasa con este pueblo?, ¿Qué cosa tan terrible hay en esta ciudad? ¿Por qué tantos niños muertos enterrados en este lugar? ¿Cuál es la horrible maldición que pesa sobre esta gente, que lo ha obligado a construir un cementerio de chicos?. 

El anciano sonrió y dijo: -Puede usted serenarse, no hay tal maldición, lo que pasa es que aquí tenemos una vieja costumbre. Le contaré: cuando un joven cumple 15 años, sus padres le regalan una libreta, como esta que tengo aquí, colgando del cuello, y es tradición entre nosotros que, a partir de allí, cada vez que uno disfruta intensamente de algo, abre la libreta y anota en ella: a la izquierda que fue lo disfrutado…, a la derecha, cuanto tiempo duró ese gozo. ¿ Conoció a su novia y se enamoró de ella? ¿Cuánto tiempo duró esa pasión enorme y el placer de conocerla?…¿Una semana?, dos?, ¿tres semanas y media?… Y después… la emoción del primer beso, ¿cuánto duró?, ¿El minuto y medio del beso?, ¿Dos días?, ¿Una semana? … ¿y el embarazo o el nacimiento del primer hijo? …, ¿y el casamiento de los amigos…?, ¿y el viaje más deseado…?, ¿y el encuentro con el hermano que vuelve de un país lejano…?¿Cuánto duró el disfrutar de estas situaciones?… ¿horas?, ¿días?… Así vamos anotando en la libreta cada momento, cuando alguien se muere, es nuestra costumbre abrir su libreta y sumar el tiempo de lo disfrutado, para escribirlo sobre su tumba. 

Porque ese es, para nosotros, el único y verdadero tiempo vivido...


Prisas incómodas



En mi ultimo artículo de blog comentaba que era un tipo impaciente, que quería todo ¡YA!, y lo contaba como algo que tengo que corregir, que las cosas llevan su tiempo, que un buen vino no sale de la uva recién pisada.
Pensando sobre ese artículo me vino a la mente la imperiosa necesidad que tenemos, casi todos, de que las cosas ocurran ¡YA!, vivimos en la sociedad de la inmediatez, si quiero un libro me enfado si no lo tienen en stock y tardan dos días en traerlo; ahora si llamas a alguien y no te lo coge te preguntas para qué tiene el móvil; he llegado a leer un libro que me impactó sobre la necesidad de la inmediatez de las cosas "El japonés que estrelló un tren para ganar tiempo" (basado en un hecho real, y ganar tiempo era unos pocos segundos). Seguro que sabéis de lo que hablo y podéis visualizar muchas situaciones de vuestra vida en la que esto ocurre.
Yo tuve la suerte de contar con Ricky Rubio en aquella selección cadete que se proclamó campeona de Europa en Linares 2006; nunca un jugador había dominado un campeonato de Europa como Ricky dominó aquel, aparecía liderando casi todas las estadísticas positivas y encima consiguió el oro. Cuando Ricky Rubio ganó aquel oro con sus compañeros, ya había debutado en ACB, si no recuerdo mal debutó con 14 años, cuando Aíto García Reneses lo puso en pista en un partido en Granada vistiendo la camiseta del DKV Joventut.
Desde entonces tengo la sensación de que muchos tienen la imperiosa necesidad de ver debutar con 14-15 años a todo jugador con proyección en la liga profesional correspondiente, y si no es así parece que entonces el chico ya no cumple las expectativas o que el club no le trata bien por no ponerlo ya a jugar con los senior (la sociedad de la inmediatez de la que hablaba)... y cuando esto ocurre recuerdo este pasaje que aparece en el libro "La vida viene a cuento" de Jorge Bucay:

¿Cómo se compone una sinfonía?

Se dice que cuando Wolfgang Amadeus Mozart era sólo un adolescente se le acercó un muchacho de su edad y le preguntó cómo componer una sinfonía. Imperturbable y seguro de sí mismo, Mozart le contestó que aún tenía que trabajar muchos años antes de poder hacerlo. Irritado, el joven le objetó:
- ¡Pero tú ya componías a los diez años!
La respuesta de Mozart fue demoledora:
- Sí, pero no tenía que preguntar cómo hacerlo.



Ganar tiempo


Soy por lo general un tipo impaciente, siempre quiero que las cosas lleguen ¡¡¡YA!!!, bueno... debería decir las cosas que realmente deseo, los resultados del trabajo individual con un jugador, los resultados del trabajo en un equipo, sea lo que sea, suelo mostrarme ávido de resultados demasiado pronto...

Por otra parte en el baloncesto como en la vida, hay situaciones en las que lo que necesitamos es más tiempo... a veces vas remontando un partido y necesitarías dos minutos más para completar la remontada; el fisio, a veces, necesitaría una semana más para que un determinado jugador llegara en condiciones a un partido importante tras una lesión de la que se está recuperando; casi siempre el tiempo de entrenamiento es insufciente y nos gustaría tener más tiempo para preparar un partido o un campeonato, ignorando que nunca se llega a estar preparado del todo, o mejor aún, que estamos más preparados de lo que creemos.

El tiempo, preciado tesoro... a veces queremos que pase rápido, otras que pase muy despacio, otras necesitamos tener más tiempo; y lo que de verdad tenemos que hacer es aprender a disfrutar de verdad del tiempo que tenemos.

Cuando me impaciento por los resultados que busco me gusta recordar este cuento de Jorge Bucay, aunque en él el protagonista lo que hace es ganar tiempo...

El sastre y el oso

Esta es la historia de un sastre, un zar y su oso.
Un día el zar descubrió que uno de los botones de su chaqueta preferida se había caído.
El zar era caprichoso, autoritario y cruel (como todos los que se enmarañan por demasiado tiempo en el poder), así que, furioso por la ausencia del botón mandó a buscar al sastre y ordenó que a la mañana siguiente fuera decapitado por el hacha del verdugo.
Nadie contradecía al emperador de todas las Rusias, así que la guardia fue hasta la casa del sastre y arrancándolo de entre los brazos de su familia lo llevó a la mazmorra del palacio para esperar allí a su muerte.
Al atardecer, cuando el guarda cárcel le llevó al sastre la última cena, éste meneó la cabeza y musitó:
- "Pobre Zar"
El guarda no pudo evitar la carcajada
- "¡¿Pobre del Zar?. Pobre de tí. Tu cabeza quedará bastante lejos de tu cuerpo mañana mismo".
- "Tú no entiends", dijo el sastre, "¿Qué es lo más importante para nuestro Zar?"
- "¿Lo más importante?", contestó el guardia "No sé... su pueblo"
- "No seas estúpido. Digo algo realmente importante para él".
-"¿Su esposa?"
- "¡Más importante!"
- "¡Los diamantes", creyó adivinar el carcelero.
- "¿Qué es lo que más le importa al Zar en el mundo?"
- "¡Ya sé!... su oso"
- "Eso, su oso"
- "¿Y?"
- "Mañana, cuando el verdugo termine conmigo, el Zar perderá su única oportunidad para conseguir que su oso hable".
- "¿Tú eres entrenador de osos?
- "Un viejo secreto familiar...", dijo el sastre, "pobre Zar..."
Deseoso de ganarse los favores del Zar, el pobre guardia corrió a contarle al soberano su descubrimiento.
El Zar estaba encantado. Mandó a buscar inmediatamente al sastre y cuando lo tuvo frente a sí le ordenó:
-"¡Enséñale a mi oso nuestro lenguaje!"
El sastre bajó la cabeza y dijo:
- "Me encantaría complacerte ilustrísima, pero enseñar a hablar a un oso es una tarea árdua y lleva tiempo... y, lamentablemente, tiempo es lo que menos tengo."
- "¿Cuánto tiempo llevaría el aprendizaje?", preguntó el Zar.
- "Depende de la inteligencia del oso..."
- "¡El oso es muy inteligente!". Interrumpió el Zar. "De hecho es el oso más inteligente de todos los osos de Rusia"
- "Bien, si el oso es inteligente... y siente deseos de aprender... yo creo... que el aprendizaje duraría... no menos de... DOS AÑOS."
El Zar pensó un momento y luego ordenó:
- "Bien, tu pena será suspendida por dos años, mientras entrenas al oso. ¡Mañana empezarás!".
- "Alteza", dijo el sastre, "si tú mandas al verdugo a ocuparse de mi cabeza, mañana estaré muerto, y mi familia se las ingeniará para sobrevivir. Pero si me conmutas la pena, ya no tendré tiempo para dedicarme a tu oso... deberé trabajar de sastre para mantener a mi familia."
- "Eso no es problema", dijo el Zar, "A partir de hoy y durante dos años tú y tu familia estaréis bajo la protección real. Seréis vestidos, alimentados y educados con el dinero del Zar y nada que necesitéis o deseéis os será negado... Pero, eso sí... si dentro de dos años el oso no habla...te arrepentirás de haber pensado en esta propuesta...rogarás haber sido muerto por el verdugo...¿entiendes, verdad?"
- "Sí, alteza"
- "Bien...¡Guardias!" gritó el Zar, "que lleven al sastre a su casa en el carruaje de la corte, denle dos bolsas de oro, comida y regalos para sus niños.. ¡Ya,..fuera!"
El sastre, en reverencia y caminando hacia atrás, comenzó a retirarse mientras musitaba agradecimientos.
- "No olvides", le dijo el Zar apuntándolo con el dedo directamente a la frente "Si en dos años el oso no habla..."
Cuando todos en la casa lloraban por la pérdida del padre de familia, el sastre apareció en la casa en el carruaje del Zar, sonriente, eufórico y con regalos para todos.
La esposa del sastre no cabía en su asombro. Su marido que pocas horas antes había sido llevado al calabozo volvía ahora, exitoso, acaudalado y exultante...
Cuando estuvieron solos el hombre le contó los hechos.
- "Estás LOCO", chilló la mujer, "enseñar a hablar al oso del Zar. Tú, que ni siquiera has visto un oso de cerca. Estás loco...Enseñar a hablar a un oso...Loco, estás loco".
- "Calma mujer, calma. Mira, me iban a cortar la cabeza mañana al amanecer, ahora tengo dos años...En dos años pueden pasar tantas cosas..."
- "En dos años", siguió el sastre, "se puede morir el Zar, me puedo morir yo.... y lo más importante... ¡igual el oso habla!"