Gente con salidas



Dirigía, por aquella época, al Junior A de Estudiantes, se acercaba el final de temporada y por ende del curso, en el equipo había un jugador becado de Aranda de Duero y sus padres llevaban tiempo insistiendo en invitarnos a hacer una excursión y compartir mantel con ellos en el pueblo (buen vino y buen cordero); así que aprovechando un fin de semana que no había partido alquilamos un autobús y, tanto padres como miembros del equipo, nos fuimos camino de Aranda de Duero.

Durante el viaje en autobús surgieron varios temas de debate, recuerdo que dada la cercanía de los exámenes finales de COU y, posteriormente, de la Selectividad, muchos de los jugadores se animaron a compartir sus ideas sobre que carrera universitaria cursar. En un momento del debate apareció uno de los comentarios típicos en este tipo de decisiones "Yo quiero hacer X pero no sé si tiene salidas", en ese momento el padre de uno de nuestros bases, que era profesor de historia y que hasta el momento prácticamente no había intervenido, dijo: "Estudia lo que quieras!!! porque la realidad es que no hay carreras con salidas, hay gente con salidas"

A lo largo de mi vida he podido constatar una y otra vez lo acertado del comentario.

El pequeño saltamontes...



Verano de 2007, estábamos en Chartres, preciosa ciudad de la campiña francesa a unos 80 km de París, recuerdo que estábamos entrenando para preparar uno de los 3 partidos amistosos que disputaríamos frente a la Selección Nacional de Francia; en un lance, durante el entrenamiento, un jugador se acercó a otro para aconsejarle sobre un detalle táctico, éste no se lo tomó muy bien y mandó a freír espárragos al primero; mi ayudante (Manolito Aller) y yo presenciábamos la escena desde medio campo; al poco tiempo el jugador "aleccionado" se acercó al lugar que ocupábamos para preguntarnos sobre la situación táctica motivo del incidente, en ese momento me vino a la mente el siguiente cuento y lo compartí con él (como hoy hago con vosotros)
Los dos viajeros
"Eran dos viajeros, uno del norte y otro del sur, que se encontraron casualmente en un sendero, por lo que decidieron continuar juntos un buen trecho del camino. Uno era joven y el otro entrado en años. El mayor preguntó:
-¿A dónde te diriges?
- Voy en busca de un verdadero maestro. He viajado por muchos países con la esperanza de hallar un auténtico maestro espiritual.
-¿Y que harás si lo encuentras?
- Sería el momento más dichoso de mi vida y, si fuera necesario, me arrojaría a sus pies para suplicarle que me diera instrucción espiritual. Encontrar una persona así en este mundo es un raro acontecimiento.
Pasaron varias jornadas y una mañana el hombre mayor dijo:
- Ha llegado el momento de separarnos. Cada uno debe seguir su camino respectivo.
- ¿A dónde irás?- preguntó el joven.
- Continuaré con mi larga búsqueda - repuso el hombre mayor.
- ¿Qué búsqueda?
- La de un auténtico discípulo. Hallar una persona así en el mundo es un raro acontecimiento. Es muy extraño que alguien sea capaz de reconocer a un verdadero maestro.
Y entonces el joven vio como ese verdadero maestro se perdía en la inmensidad del horizonte"

Por la noche, al terminar de cenar, el jugador se acercó a mí y me dijo, " Jota, en el cuento... ¿El maestro era mi compañero verdad? "... intuyo que la sonrisa en mi cara fue la contestación que necesitaba.

El ciempiés bailarín


Este es un cuento que me ha hecho reflexionar mucho sobre como tratar el talento innato de algunos jugadores, especialmente en algún caso en el que el implicado ha empezado a dudar de sus habilidades..."Déjalo fluir"

"Había una vez un ciempiés que era un gran bailarín. Cuando bailaba, todos los animales se reunían para admirarlo porque su habilidad era impresionante. Pero había uno de los animales al que no le gustaba que el ciempiés bailase. Era el sapo.
El sapo envidiaba al ciempiés. Así que pensó que podía hacer para que este dejara de bailar y evidentemente no generara tanta admiración. Una posibilidad habría sido decirle al ciempiés que no le gustaba su danza o que el bailaba mucho mejor. Pero nada de esto era cierto. Así que invirtió su energía en preparar un plan diabólico. Después de pensar la mejor estrategia para conseguirlo, mandó la siguiente carta al ciempiés.
"Ah, incomparable ciempiés. Soy un gran admirador de tu danza refinada. Me gustaría que me enseñaras a bailar. ¡Levantas primero el pie izquierdo número 28 y a continuación el pie derecho número 91?¿O empiezas levantando el pie izquierdo número 17 antes de levantar el derecho número 91? Espero impaciente tu respuesta. Te saluda, atentamente, el Sapo."
Cuando el ciempiés leyó la carta, empezó a pensar qué era lo que hacía exactamente cuándo bailaba. ¿Qué pierna levantaba primero? ¿Cuál después?
¿Y qué creéis que sucedió? Pues que el ciempiés no volvió a bailar jamás porque esto es exactamente lo que pasa cuando la imaginación y la espontaneidad son ahogadas por la racionalización y el exceso de control."