La pecera y el océano



Mi padre me decía que en la vida hay dos cosas seguras, una es la muerte y la otra es el cambio, y el ser humano se resiste a ambas, a la primera por instinto de supervivencia, la resistencia a la segunda está relacionada con nuestra zona de confort ("La zona de confort es la zona metafórica en la que estás cuando te mueves en un entorno que dominas, en ella las cosas te resultan conocidas y cómodas sean éstas agradables o no"  Descubriendo la zona mágica).
Recuerdo la primera vez que me despidieron tras 20 años en Estudiantes... la sensación de que me habían sacado de mi pecera, una pecera que conocía... conocía cada rincón de la pecera, conocía cada "pez" que habitaba la pecera y como relacionarme con ellos, era "mi" pecera, una vez fuera sentí como me ahogaba... ¿que sería de mi? ¿qué haría a partir de entonces?... empiezas a dudar de tus habilidades, de tu capacidad... ¿y si nadie me quiere? Luego descubres que tu pecera no es más que eso, una pecera, y que ahí fuera está lleno de otras peceras, las hay más grandes, más pequeñas, más lujosas, más nuevas, más viejas... ¡¡¡ incluso no sólo hay peceras, hay océanos enteros por explorar !!!
Esta sensación la he percibido también en jugadores a los que he entrenado, de repente te encuentras pidiéndoles ,que además de lo que saben hacer, hagan otras cosas a las que no están habituados... de inicio les cuesta, luego unos afrontan el reto, otros reniegan de él... es la resistencia al cambio.
Por eso cuando me he encontrado pidendo algo nuevo a alguien y éste duda de su capacidad para hacer lo que le pido, suelo recurrir a este cuento de Jorge Bucay, que además me ha servido para la vida:

El portero del prostíbulo:
Este cuento trata sobre un hombre común. Ese hombre era el portero de un prostíbulo.
No había en aquel pueblo un oficio peor conceptuado y peor pagado que el de portero del prostíbulo... Pero ¿qué otra cosa podría hacer aquel hombre?
De hecho, nunca había aprendido a leer ni a escribir, no tenía ninguna otra actividad ni oficio. En realidad, era su puesto porque su padre había sido el portero de ese prostíbulo y también antes, el padre de su padre. Durante décadas, el prostíbulo se pasaba de padres a hijos y la portería se pasaba de padres a hijos.
Un día, el viejo propietario murió y se hizo cargo del prostíbulo un joven con inquietudes, creativo y emprendedor. El joven decidió modernizar el negocio. Modificó las habitaciones y después citó al personal para darle nuevas instrucciones.
Al portero, le dijo:
- "A partir de hoy, usted, además de estar en la puerta, me va a preparar una planilla semanal. Allí anotará usted la cantidad de parejas que entran día por día. A una de cada cinco, le preguntará cómo fueron atendidas y qué corregirían del lugar. Y una vez por semana, me presentará esa planilla con los comentarios que usted crea convenientes."
El hombre tembló, nunca le había faltado disposición al trabajo pero...
- "Me encantaría satisfacerlo, señor", balbuceó. "Pero yo... yo no sé leer ni escribir."
- "¡Ah! ¡Cuánto lo siento! Como usted comprenderá, yo no puedo pagar a otra persona para que haga esto y tampoco puedo esperar hasta que usted aprenda a escribir, por lo tanto..."
- "Pero señor, usted no me puede despedir, yo trabajé en esto toda mi vida, también mi padre y mi abuelo..."
No lo dejó terminar.
- "Mire, yo comprendo, pero no puedo hacer nada por usted. Lógicamente le vamos a dar una indemnización, esto es, una cantidad de dinero para que tenga hasta que encuentre otra cosa. Así que, los siento. Que tenga suerte."
Y sin más, se dio vuelta y se fue.
El hombre sintió que el mundo se derrumbaba. Nunca había pensado que podría llegar a encontrarse en esa situación. 
Llegó a su casa, por primera vez, desocupado. ¿Qué hacer? Recordó que a veces en el prostíbulo cuando se rompía una cama o se arruinaba una pata de un ropero, él, con un martillo y clavos se las ingeniaba para hacer un arreglo sencillo y provisorio. Pensó que esta podría ser una ocupación transitoria hasta que alguien le ofreciera un empleo. Buscó por toda la casa las herramientas que necesitaba, sólo tenía unos clavos oxidados y una tenaza mellada. Tenía que comprar una caja de herramientas completa. Para eso usaría una parte del dinero que había recibido.
En la esquina de su casa se enteró de que en su pueblo no había una ferretería, y que debería viajar dos días en mula para ir al pueblo más cercano a realizar la compra. ¿Qué más da? Pensó, y emprendió la marcha. A su regreso, traía una hermosa y completa caja de herramientas. No había terminado de quitarse las botas cuando llamaron a la puerta de su casa. Era su vecino.
- "Vengo a preguntarle si no tiene un martillo para prestarme."
- "Mire, sí, lo acabo de comprar pero lo necesito para trabajar... como me quedé sin empleo..."
- "Bueno, pero yo se lo devolvería mañana bien temprano."
- "Está bien."
A la mañana siguiente, como había prometido, el vecino tocó la puerta.
- "Mire, yo todavía necesito el martillo. ¿Por qué no me lo vende?"
- "No, yo lo necesito para trabajar y además, la ferretería está a dos días de mula."
- "Hagamos un trato", dijo el vecino. "Yo le pagaré a usted los dos días de ida y los dos días de vuelta, más el precio del martillo, total usted está sin trabajar. ¿Qué le parece?"
Realmente, esto le daba un trabajo por cuatro días... Aceptó. Volvió a montar su mula. Al regreso, otro vecino lo esperaba en la puerta de su casa.
- "Hola, vecino. ¿Usted le vendió un martillo a nuestro amigo?"
- "Sí..."
- "Yo necesito unas herramientas, estoy dispuesto a pagarle sus cuatro días de viaje y una pequeña ganancia por cada herramienta. Usted sabe, no todos podemos disponer de cuatro días para nuestras compras."
El ex–portero abrió su caja de herramientas y su vecino eligió una pinza, un destornillador, un martillo y un cincel. Le pagó y se fue..“...No todos disponemos de cuatro días para hacer compras”, recordaba.
Si esto era cierto, mucha gente podría necesitar que él viajara a traer herramientas.
En el siguiente viaje decidió que arriesgaría un poco del dinero de la indemnización, trayendo más herramientas que las que había vendido. De paso, podría ahorrar algún tiempo en viajes.La voz empezó a correrse por el barrio y muchos quisieron evitarse el viaje. Una vez por semana, el ahora corredor de herramientas viajaba y compraba lo que necesitaban sus clientes.
Pronto entendió que si pudiera encontrar un lugar donde almacenar las herramientas, podría ahorrar más viajes y ganar más dinero. Alquiló un galpón. Luego le hizo una entrada más cómodo y algunas semanas después con una vidriera, el galpón se transformó en la primera ferretería del pueblo. Todos estaban contentos y compraban en su negocio.
Ya no viajaba, de la ferretería del pueblo vecino le enviaban sus pedidos. Él era un buen cliente.Con el tiempo,todos los compradores de pueblos pequeños más lejanos preferían comprar en su ferretería y ganar dos días de marcha.
Un día se le ocurrió que su amigo, el tornero, podría fabricar para él las cabezas de los martillos. Y luego, ¿por qué no? las tenazas... y las pinzas... y los cinceles. Y luego fueron los clavos y los tornillos...
Para no hacer muy largo el cuento, sucedió que en diez años aquel hombre se transformó con honestidad y trabajo en un millonario fabricante de herramientas. El empresario más poderoso de la región. Tan poderoso era, que un año para la fecha de comienzo de las clases, decidió donar a su pueblo una escuela. Allí se enseñarían además de lectoescritura, las artes y los oficios más prácticos de la época.
El intendente y el alcalde organizaron una gran fiesta de inauguración de la escuela y una importante cena de agasajo para su fundador. A los postres, el alcalde le entregó las llaves de la ciudad y el intendente lo abrazó y le dijo:
- "Es con gran orgullo y gratitud que le pedimos nos conceda el honor de poner su firma en la primera hoja del libro de actas de la nueva escuela."
- "El honor sería para mí", dijo el hombre. "Creo que nada me gustaría más que firmar allí, pero yo no sé leer ni escribir. Yo soy analfabeto."
- "¿Usted?", dijo el intendente, que no alcanzaba a creerlo.
- "¿Usted no sabe leer ni escribir?¿Usted construyó un imperio industrial sin saber leer ni escribir? Estoy asombrado. Me pregunto ¿qué hubiera hecho si hubiera sabido leer y escribir?"
- "Yo se lo puedo contestar", respondió el hombre con calma. "¡Si yo hubiera sabido leer y escribir... sería portero del prostíbulo!."


Mantener el foco



El ser humano suele ser muy influenciable por las opiniones ajenas... es algo genético y que llevamos a cuestas, queremos complacer a todo el mundo y muchas veces nos obsesionamos con las voces discordantes con aquello que estamos haciendo.
Decía Woody Allen "No conozco la clave del éxito, pero sé que la clave del fracaso es tratar de complacer a todo el mundo".

Y está bien escuchar a otros, aceptar las críticas y ser capaz de reflexionar sobre ellas, pero a veces ocurre que convertimos "reflexionar sobre ellas" en "aceptar como válido aquello que nos dicen sin más" y, cuando esto ocurre, cambiamos nuestro plan de acción sin más pretensión que complacer a quien nos "critica"... si el cambio viene de una reflexión serena y lo hacemos convencidos, entonces bienvenido sea el cambio, pero cuando el cambio viene sin convencimiento, simplemente por complacer, entonces solemos dar el primer paso hacia el peor de los viajes, al de no ser honesto contigo mismo, simplemente por temor, miedo, inseguridad...

Y es en los momentos en los que no obtenemos los resultados deseados cuando más arrecian las críticas, y es justo en esos momentos cuando más focalizados debemos estar en la resolución del problema y en aquello que para nosotros es importante y no en complacer por complacer; ser capaces de olvidarnos del ruido exterior y mantener el foco (reflexionando sí, pero de forma serena y coherente).

En esas situaciones en las que el ruido exterior se llega a hacer insoportable me gusta recordar este cuento que hoy comparto con vosotros y que me ayuda a centrarme en lo que de verdad creo que es importante:

El cuento de la serenidad

Un soberano de un gran reino se encontraba ya en una avanzada edad y quería asegurarse de que, antes de abandonar el mundo, le transmitía a su hijo una importante lección. A lo largo de las épocas más difíciles de su reinado, aquello había sido clave para mantenerse firme y conseguir que finalmente reinara en su país la paz y la armonía. Por alguna razón, el joven príncipe no acababa de entender lo que su padre le decía.

- Si, padre, comprendo que para ti es muy importante el equilibrio, pero creo que es más importante la astucia y el poder.

Un día cuando el rey cabalgaba con su corcel, tuvo una gran idea.

- Tal vez mi hijo no necesita que yo se lo repita más veces, sino verlo representado de alguna manera.

Llevado por un lógico entusiasmo, convocó a las personas más importantes de su corte en el salón principal del palacio. 

- Quiero que se convoque un concurso de pintura, el más grande e importante que se haya nunca creado. Los pregoneros han de hacer saber en todos los lugares del mundo que se dará una extraordinaria recompensa al ganador del concurso.

- Majestad, preguntó uno de los nobles, ¿cuál es el tema del concurso?

 – El tema es la serenidad, el equilibrio. Solo una orden os doy. Bajo ningún concepto rechacéis ninguna obra, por extraña que os parezca o por disgusto que os cause.

Aquellos nobles se alejaron sin entender muy bien la sorprendente instrucción que el rey les había dado.

De todos los lugares del mundo conocido acudieron maravillosos cuadros. Algunos de ellos mostraban mares en calma, otros cielos despejados en los que una bandada de pájaros planeaba creando una sensación de calma, paz y serenidad.

Los nobles estaban entusiasmados ante cuadros tan bellos.

- Sin duda su majestad el rey va a tener muy difícil elegir el cuadro ganador entre obras tan magníficas.

De repente, ante el asombro de todos, apareció un cuadro extrañísimo. Pintado con tonos oscuros y con escasa luminosidad, reflejaba un mar revuelto en plena tempestad en el que enormes olas golpeaban con violencia las rocas oscuras de un acantilado. El cielo aparecía cubierto de enormes y oscuros nubarrones.

Los nobles se miraron unos a otros sin salir de su incredulidad y pronto irrumpieron en burlas y carcajadas.

- Solo un demente podría haber acudido a un concurso sobre la serenidad con un cuadro como éste. 

Estaban a punto de arrojarlo fuera de la sala cuando uno de los nobles se interpuso diciendo:

- Tenemos una orden del rey que no podemos desobedecer. Nos dijo que no se podía rechazar ningún cuadro por extraño que fuese. Aunque no hayamos entendido esta orden, procede de nuestro soberano y no podemos ignorarla.

- Está bien, dijo otro de los nobles, pero poned ese cuadro en aquel rincón, donde apenas se vea.

Llegó el día en el que su majestad el rey tenía que decidir cuál era el cuadro ganador. Al llegar al salón de la exposición su cara reflejaba un enorme júbilo y, sin embargo, a medida que iba viendo las distintas obras su rostro transmitía una creciente decepción.

- Majestad, ¿es que no os satisface ninguna de estas obras? Preguntó uno de los nobles.

- Si, si son muy hermosas, de eso no cabe duda, pero hay algo que a todas ellas les falta.

El rey había llegado al final de la exposición sin encontrar lo que tanto buscaba cuando, de repente, se fijó en un cuadro que asomaba en un rincón.

- ¿Qué es lo que hay allí que apenas se ve?

- Es otro cuadro majestad

- ¿Y por qué lo habéis colocado en un lugar tan apartado?

- Majestad, es un cuadro pintado por un demente, nosotros lo habríamos rechazado, pero siguiendo vuestras órdenes de aceptar todos los que llegaran, hemos decidido colocarlo en un rincón para que no empañe la belleza del conjunto.

El rey, que tenía una curiosidad natural, se acercó a ver aquel extraño cuadro, que, en efecto, resultaba difícil de entender. Entonces hizo algo que ninguno de los miembros de la corte había hecho y que era acercarse más y fijarse bien. Fue entonces cuando, súbitamente, todo su rostro se iluminó y, alzando la voz, declaró:

- Éste, éste es, sin duda, el cuadro ganador.

Los nobles se miraron unos a otros pensando que el rey había perdido la cabeza. Uno de ellos tímidamente le preguntó:

- Majestad, nunca hemos discutido vuestros dictámenes, pero ¿qué veis en ese cuadro para que lo declaréis ganador?

- No lo habéis visto bien, acercaos.

Cuando los nobles se acercaron, el rey les mostró algo entre las rocas. Era un pequeño nido donde había un pajarito recién nacido. La madre le daba de comer, completamente ajena a la tormenta que estaba teniendo lugar.

El rey les explicó qué era lo que tanto le ansiaba trasmitir a su hijo el príncipe.

- La serenidad no surge de vivir en las circunstancias ideales como reflejan los otros cuadros con sus mares en calma y sus cielos despejados. La serenidad es la capacidad de mantener centrada tu atención en medio de la dificultad, en aquello que para ti es una prioridad.

La roca y el agua



En todo equipo de trabajo es fundamental la unión de sus miembros. Sea por miedo, prudencia, o lo que sea... es raro que alguien manifieste su descontento en un grupo que funciona (pese a que el descontento pueda existir en el seno del grupo o equipo); sin embargo es muy típico ver comentarios de gente descontenta cuando las cosas no funcionan, ya sean en público o en privado.

Aprendí que la verdadera fuerza de un grupo radica en su verdadera unión. Recuerdo una metáfora de José Vicente "Pepu" Hernández que siempre me acompaña: "El equipo es como una roca, si está unida, sin grietas, es muy difícil romperla, pero si en ella aparece una grieta, por minúscula que sea, algo tan insignificante como el agua, cuando penetra en ella y si se dan las condiciones adecuadas - que hiele - puede despedazar en minutos esa imponente roca desde dentro sin casi esfuerzo"

Y aprendí, que es labor del entrenador, o del líder, velar para identificar esos descontentos que no se manifiestan y evitar que acaben agrietando la roca, dejándola a merced de esas cosas que parecen insignificantes pero que pueden reventarla, y aprendí que la forma de detectarlo es la comunicación y el conocimiento que tenemos de cada uno de los miembros del equipo, y que la comunicación es tan importante cuando las cosas van mal como cuando parecen ir bien.

Decía Phil Jackson "Los buenos equipos se convierten en grandes equipos cuando sus miembros confían tanto en sus compañeros como para que prevalezca el NOSOTROS sobre el YO"

Y hoy comparto este cuento que refleja la importancia de la unión del grupo:

La unión hace la fuerza:
"Los hijos de un labrador no hacían más que pelearse. Peleaban por cosas sin importancia, como quién era el mejor montando a caballo. Para ponerle fin a esta situación, el labrador decidió darles una buena lección.
- Junten palitos y tráiganlos aquí - les ordenó.
Los muchachos obedecieron a regañadientes y cuando estuvieron nuevamente ante su padre, éste les dijo:
- Junten todos los palitos y atenlos fuertemente con esta cuerda.
Los muchachos hicieron lo que su padre les pidió.
- Veamos ahora quién es el más fuerte de los dos. Traten de partir este grupo de palitos.
Los hijos del labrador se dedicaron a ello con mucho empeño, poniendo los pies sobre los palitos y usando todas sus fuerzas, primero por turnos y luego los dos juntos, y no pudieron partirlos por más que lo intentaron. Derrotados, le declararon a su padre que esto era imposible.
- Desaten los palitos y traten ahora de partirlos uno por uno - les pidió.
No les costó mucho trabajo cumplir esta orden. A los pocos minutos todos los palitos estaban partidos.
- Lo mismo que les acaba de pasar a estos débiles palitos le puede pasar a cualquiera de nosotros si nos separamos. La pelea no conviene cuando se trabaja por una misma causa. Si nos unimos, en cambio, seremos muy fuertes y resistentes y nadie podrá hacernos daño con facilidad - sentenció el labrador, con una sonrisa de satisfacción en los labios."



La llave de la felicidad



Cuando empecé con el blog escribí un artículo en el que hablaba sobre como vivía las victorias y las derrotas (http://blog.jotacuspi.com/post/la-dulzura-de-la-victoria-y-la-amargura-de-la-derrota), tras aquel artículo me invitaron a una mesa redonda títulada "Los renglones torcidos del baloncesto", en la que, apoyado en ese artículo, me planteaba como podía ser que viviera con amargura las derrotas y casi no disfrutara de las derrotas con algo que me hacía feliz, el baloncesto; recuerdo que me propuse disfrutar más de las victorias y relativizar mucho más las derrotas (más allá de analizarlas para mejorar), y creo que lo voy consiguiendo.

Y estamos en unas fechas en las que nos haremos el propósito de cada año de ser más felices (sea lo que sea ser feliz para cada uno), y es por ello que quiero dedicar este artículo a la felicidad.

Creo que he sido feliz en muchos momentos de mi vida, he sido feliz ejerciendo mi profesión, y cuando he sentido que dejaba de serlo he preferido parar, para volver a coger aliento y volver a ver todo con otra filosofía.

A lo largo de mi vida he aprendido que la felicidad no se encuentra en lejanas montañas; vivimos pensando que seremos felices cuando alcancemos esto o aquello, pero nos equivocamos, "La felicidad no está en el destino, la felicidad está en el camino", la felicidad la encontramos cuando disfrutamos del viaje, en los pequeños detalles, en compartir, en vivir el momento.

Hay una cita de John Lennon que me encanta "cuando yo tenía cinco años, mi madre siempre me decía que la felicidad era la clave para la vida. Cuando fui a la escuela, me preguntaron qué quería ser cuando fuera mayor, escribí: FELIZ. Me dijeron que no entendía la pregunta. Les dije que no entendían la vida"

Y como no, comparto un cuento de Jorge Bucay sobre la felicidad y dónde encontrarla:

La llave de la FELICIDAD

"Cuenta la leyenda que antes de que la humanidad existiera, se reunieron varios duendes para hacer una travesura.
Uno de ellos dijo:
- Pronto serán creados los humanos. No es justo que tengan tantas virtudes y tantas posibilidades. Deberíamos hacer algo para que les sea más difícil seguir adelante. Llenémoslos de vicios y de defectos; eso los destruirá.
El más anciano de los duendes dijo:
- Está previsto que tengan defectos y dobleces, pero eso sólo servirá para hacerlos más completos. Creo que debemos privarlos de algo que, aunque sea, les haga vivir cada día un desafío.
- ¡¡¡Qué divertido!!! - dijeron todos.
Pero un joven y astuto duende, desde un rincón, comentó:
- Deberíamos quitarles algo que sea importante... ¿pero qué?
Después de mucho pensar, el viejo exclamó:
- ¡Ya sé! Vamos a quitarles la llave de la felicidad.
- ¡Maravilloso... fantástico... excelente idea! - gritaron los duendes mientras bailaban alrededor de un caldero.
El viejo duende siguió:
- El problema va a ser dónde esconderla para que no puedan encontrarla.
El primero de ellos volvió a tomar la palabra.
- Vamos a esconderla en la cima del monte más alto del mundo.
A lo que otro miembro repuso:
- No, recuerda que tienen fuerza y son tenaces, escalarían el monte y el desafío terminará.
El tercer duende dijo:
- Escondámosla en el fondo del mar. - No, dijo otro, recuerda que tienen curiosidad, alguien inventará una máquina para bajar y la encontrará.
El tercero dijo:
- Elijamos algún planeta. A lo cual los otros dijeron: No, recuerda su inteligencia, algún día inventarán una nave que pueda viajar a otros planetas y la descubrirán.
Un duende viejo, que había estado escuchando en silencio se puso de pie y dijo:
- Creo saber dónde ponerla, debemos esconderla donde nunca la buscarían.
Todos se voltearon asombrados y preguntaron.
- ¿Dónde?
El duende respondió:
- La esconderemos DENTRO DE ELLOS MISMOS... muy cerca de su corazón.
La risa y los aplausos se multiplicaron. Todos los duendes reían.
- ¡ Ja...ja...ja...ja...! Estarán tan ocupados buscándola fuera, desesperados, sin saber que la traen consigo todo el tiempo.
El joven escéptico acotó:
- Los hombres tienen el deseo de ser felices, tarde o temprano alguien será suficientemente sabio para descubrirla y se lo dirá a todos.
- Quizás suceda así - dijo el más anciano de los duendes - pero los hombres también poseen una innata desconfianza de las cosas simples. Si ese hombre llegara a existir y revelara que el secreto está escondido en el interior de cada uno... nadie le creerá.

¡ Felices fiestas !


El valor del anillo


Desde siempre me ha llamado la atención cómo nos afecta en nuestra vida lo que los demás opinan de nosotros; es cierto que somos "animales" sociales y que por tanto ser admitido en un grupo es importante; sin embargo ocurre que a veces buscamos la aprobación de todos, sin darnos cuenta que esa aprobación "global" es una quimera.
Recuerdo oir a Jorge Valdano decir, cuando era entrenador del Real Madrid de fútbol, que siempre empezaba los partidos con al menos 200 personas en contra en la grada, los familiares de los jugadores que ni siquiera habían sido convocados.
Woody Allen decía que "No sé cual es la clave del éxito pero sé que la clave del fracaso es intentar complacer a todo el mundo".
Y aún sabiendo que no puedes complacer a todo el mundo, ¿cuántas veces nos planteamos nuestra propia valía en función de la opinión de los demás?
Hace unos días hablaba con un entrenador de baloncesto sobre como cambia un jugador en cuanto siente que tiene la confianza de un entrenador; siendo el mismo, no siempre funcionamos en circunstancias distintas... a veces algo funciona en un entorno y no funciona en otro, incluso parecido, y puede que el hecho de que funcionemos o no en algunas situaciones dependa simplemente de la percepción que tenemos de lo que opinan los demás de nosotros.
Y yo, como creo que muchos, he tenido en algunos momentos crisis de autoestima, de creer que no era capaz de afrontar determinados retos porque alguien opinaba que no sería capaz (ver artículo anterior); ahora cuando eso me ocurre suelo recurrir a un fondo de pantalla que tengo en el ordenador con una foto de la Vía Láctea (hablaré de ello en otro artículo) ó bien a este cuento de Jorge Bucay con el objetivo de recuperar mi autoestima y seguir adelante:

El verdadero valor del anillo:

- Vengo, maestro, porque me siento tan poca cosa que no tengo ganas de hacer nada. Me dicen que no sirvo, que no hago nada bien, que soy torpe y bastante tonto. ¿Cómo puedo mejorar? ¿Qué puedo hacer para que me valoren más?
El maestro, sin mirarlo, le dijo "Cuánto lo siento, muchacho. No puedo ayudarte, ya que debo resolver primero mi propio problema. Quizá después...". Y, haciendo una pausa, agregó "Si quisieras ayudarme tú a mí, yo podría resolver este tema con más rapidez y después tal vez te pueda ayudar".
- E...encantado, maestro - titubeó el joven, sientiendo que de nuevo era desvalorizado y sus necesidades postergadas.
- Bien - continuó el maestro. Se quitó un anillo que llevaba en el dedo meñique de la mano izquierda y, dándoselo al muchacho, añadió - : Toma el caballo que está ahí fuera y cabalga hasta el mercado. Debo vender este anillo porque tengo que pagar una deuda. Es necesario que obtengas por él la mayor suma posible, y no aceptes menos de una moneda de oro. Vete y regresa con esa moneda lo más rápido que puedas.
El joven tomó el anillo y partió. Apenas llegó al mercado, empezó a ofrecer el anillo a los mercaderes, que lo miraban con algo de interés hasta que el joven decía lo que pedía por él.
Cuando el muchacho mencionaba la moneda de oro, algunos reían, otros le giraban la cara y tan sólo un anciano fue lo bastante amable como para tomarse la molestia de explicarle que una moneda de oro era demasiado valiosa como para entregarla a cambio de un anillo. Con afán de ayudar, alguien le ofreció una moneda de plata y un recipiente de cobre, pero el joven tenía instrucciones de no aceptar menos de una moneda de oro y rechazó la oferta.
Después de ofrecer la joya a todas las personas que se cruzaron con él en el mercado, que fueron más de cien, y abatido por su fracaso, montó en su caballo y regresó.
Cuánto hubiera deseado el joven tener una moneda de oro para entregársela al maestro y liberarlo de su preocupación, para poder recibir al fin su consejo y ayuda.
Entró en la habitación.
- Maestro - dijo-, lo siento. No es posible conseguir lo que me pides. Quizás hubiera podido conseguir dos o tres monedas de plata, pero no creo que yo pueda engañar a nadie respecto del verdadero valor del anillo.
- Eso que has dicho es muy importante, joven amigo - contestó sonriente el maestro -. Debemos conocer primero el verdadero valor del anillo. Vuelve a montar tu caballo y ve a ver al joyero. ¿Quién mejor que él puede saberlo? Dile que desearías vender el anillo y pregúntale cuánto te da por él. Pero no importa lo que te ofrezca, no se lo vendas. Vuelve aquí con mi anillo.
El joven volvió a cabalgar.
El joyero examinó el anillo a la luz del candil, lo miró con su lupa, lo pesó y luego le dijo al chico:
- Dile al maestro, muchacho, que si lo quiere vender ya mismo, no puedo darle más de cincuenta y ocho monedas de oro por su anillo.
- ¿Cincuenta y ocho monedas? - exclamó el joven.
- Sí - replicó el joyero-. Yo sé que con tiempo podríamos obtener por él cerca de setenta monedas, pero si la venta es urgente...
El joven corrió emocionado a casa del maestro a contarle lo sucedido.
- Siéntate- dijo el maestro después de escucharlo- . Tú eres como ese anillo: una joya, valiosa y única. Y como tal, sólo puede evaluarte un verdadero experto. ¿Por qué vas por la vida pretendiendo que cualquiera descubra tu verdadero valor?
Y, diciendo esto, volvió a ponerse el anillo en el dedo meñique de su mano izquierda.