La suerte



A lo largo de  la vida van sucediendo acontecimientos que, en el mismo momento en que acontecen, catalogamos como de buena o mala suerte, y es curioso ver como sucesos que tildamos como de buena suerte acabaron convirtiéndose en una pesadilla y como otros que tildamos como de mala suerte acabaron siendo una bendición en nuestro camino.

Algunos dicen que las cosas siempre pasan  por algo, y no me refiero a las premisas para que algo suceda, me refiero a que entienden que cuando algo te pasa es por algo que está por venir... yo, sinceramente, no creo que sea así; las cosas pasan ¡Punto!,  y lo que vivimos hoy está condicionado por las reacciones que tuvimos ante aquello que nos iba sucediendo, lo que vivimos hoy no es el resultado de algo que pasó y que estaba predestinado a hacernos vivir algo concreto... como decía Steve Jobs (discurso de graduación promoción 2005 Universidad de Stanford) no podemos unir los puntos a futuro, los puntos sólo tienen sentido cuando se unen mirando al pasado.

Y hay un cuento que viene a reflejar estas situaciones que concebimos como de mala o buena suerte en el momento en el que ocurren, que me recuerda que el hecho de que sean de verdad buena o mala suerte no dependen de los hechos en sí sino de lo que suceda después y de cómo unamos los puntos mirando al pasado.

Buena suerte, mala suerte:

Una historia china habla de un anciano labrador, viudo y muy pobre, que vivía en una aldea, también muy necesitada.

Un cálido día de verano, un precioso caballo salvaje, joven y fuerte, descendió de los prados de las montañas a buscar comida y bebida en la aldea. Ese verano, de intenso sol y escaso de lluvias, había quemado los pastos y apenas quedaba gota en los arroyos. De modo que el caballo buscaba desesperado la comida y bebida con las que sobrevivir.

Quiso el destino que el animal fuera a parar al establo del anciano labrador, donde encontró la comida y la bebida deseadas. El hijo del anciano, al oír el ruido de los cascos del caballo en el establo, y al constatar que un magnífico ejemplar había entrado en su propiedad, decidió poner la madera en la puerta de la cuadra para impedir su salida.

La noticia corrió a toda velocidad por la aldea y los vecinos fueron a felicitar al anciano labrador y a su hijo. Era una gran suerte que ese bello y joven rocín salvaje fuera a parar a su establo. Era en verdad un animal que costaría mucho dinero si tuviera que ser comprado. Pero ahí estaba, en el establo, saciando tranquilamente su hambre y sed.

Cuando los vecinos del anciano labrador se acercaron para felicitarle por tal regalo inesperado de la vida, el labrador les replicó: “¿Buena suerte? ¿Mala suerte? ¡Quién sabe!”. Y no entendieron…

Pero sucedió que, al dia siguiente, el caballo ya saciado, al ser ágil y fuerte como pocos, logró saltar la valla de un brinco y regresó a las montañas. Cuando los vecinos del anciano labrador se acercaron para condolerse con él y lamentar su desgracia, éste les replicó: “¿Mala suerte? ¿Buena suerte? ¡Quién sabe!”. Y volvieron a no entender…

Una semana después, el joven y fuerte caballo regresó de las montañas trayendo consigo una caballada inmensa y llevándoles, uno a uno, a ese establo donde sabía que encontraría alimento y agua para todos los suyos. Hembras jóvenes en edad de procrear, potros de todos los colores, más de cuarenta ejemplares seguían al corcel que una semana antes había saciado su sed y apetito en el establo del anciano labrador. ¡Los vecinos no lo podían creer! De repente, el anciano labrador se volvía rico de la manera más inesperada.  Su patrimonio crecía por fruto de un azar generoso con él y su familia. Entonces los vecinos felicitaron al labrador por su extraordinaria buena suerte. Pero éste, de nuevo les respondió: “¿Buena suerte? ¿Mala suerte? ¡Quién sabe!”. Y los vecinos, ahora sí, pensaron que el anciano no estaba bien de la cabeza. Era indudable que tener, de repente y por azar, más de cuarenta caballos en el establo de casa sin pagar un céntimo por ellos, solo podía ser buena suerte.

Pero al día siguiente, el hijo del labrador intentó domar precisamente al guía de todos los caballos salvajes, aquél que había llegado la primera vez, huído al día siguiente, y llevado de nuevo a toda su parada hacia el establo. Si le domaba, ninguna yegua ni potro escaparían del establo. Teniendo al jefe de la manada bajo control, no había riesgo de pérdida. Pero ese corcel no se andaba con chiquitas, y cuando el joven lo montó para dominarlo, el animal se encabritó y lo pateó, haciendo que cayera al suelo y recibiera tantas patadas que el resultado fue la rotura de huesos de brazos, manos, pies y piernas del muchacho. 

Naturalmente, todo el mundo consideró aquello como una verdadera desgracia. No así el labrador, quien se limitó a decir: “¿Mala suerte? ¿Buena suerte? ¡Quién sabe!”. A lo que los vecinos ya no supieron qué responder.

Y es que, unas semanas más tarde, el ejército entró en el poblado y fueron reclutados todos los jóvenes que se encontraban en buenas condiciones. Pero cuando vieron al hijo del labrador en tan mal estado, le dejaron tranquilo, y siguieron su camino. Los vecinos que quedaron en la aldea, padres y abuelos de decenas de jóvenes que partieron ese mismo día a la guerra, fueron a ver al anciano labrador y a su hijo, y a expresarles la enorme buena suerte que había tenido el joven al no tener que partir hacia una guerra que, con mucha probabilidad, acabaría con la vida de muchos de sus amigos. A lo que el longevo sabio respondió: 

¿Buena suerte? ¿Mala suerte? ¡Quién sabe!”.

Y me preguntaréis si creo o no en la suerte... y para contestar me remito a una cita (creo que de Winston Churchill) que venía a decir algo así: "Claro que creo en la suerte, si no creyera en la suerte...¿Cómo iba a poder explicar el éxito de los que no piensan como yo?"

¡¡¡Buena suerte a todos!!!




Manos que ayudan



Hace tiempo, leyendo "El trabajo dignifica y cien mentiras más" de Juan Mateo, me encontré con una crítica a la frase "Uno se hace a sí mismo" resumida en el subtítulo del capítulo "Después de que los demás le ofrezcan toda la información de como puede hacerse".

Con el tiempo, y apoyado en esa frase, me he dado cuenta de que somos la consecuencia, no sólo de nuestro esfuerzo y nuestras acciones, sino también de todo cuanto nos rodea, no podríamos ser lo que somos sin todo lo que hemos vivido (sea bueno o malo), sin las enseñanzas de los demás o las aprendidas por nosotros mismos por situaciones en las que nos han puesto otros; sin la confianza que en algún momento alguien depositó en nosotros, o sin las trabas que otros pusieron en nuestro camino.

En baloncesto el mvp (jugador más valorado) de un partido no podría serlo sin las acciones y sacrificio de sus compañeros, sin sus bloqueos, sus defensas, sus asistencias... la trayectoria del jugador "estrella" de un equipo está condicionada por su trabajo y su talento pero también el trabajo de sus compañeros en los entrenamientos y la oposición que le ponen sus rivales en los partidos.

Generalmente para que uno pueda destacar otros tienen que hacerlo un poco menos (en baloncesto lo llamamos la ocultación de talentos), no todos pueden tener el mismo rol... aunque esos roles pueden ir cambiando con el tiempo.

Incluso para que yo pudiera jugar a mis deportes favoritos alguien tuvo que hacer sacrificios, mis padres... ya sea porque tenían que llevarme a entrenar o porque tenían que ganar el dinero con el que podía coger el bus para hacerlo (amén de otros múltiples sacrificios nunca lo suficientemente valorados por quienes nos hemos beneficiado de ellos); sé que lo de los padres es otra historia, generalmente la mayor satisfacción de un padre es ver felices a sus hijos y están dispuestos a cualquier cosa para que así sea.

Seguro, que como a mí, se os ocurren miles de ejemplos del esfuerzo y sacrificio de otros por los que ahora sois lo que sois... y hay una historia fantástica que me gusta leer para recordarme que mis éxitos, además de por mi trabajo, han estado precedidos por los sacrificios de otros, esta historia no es un cuento, pese a que la he leído en "La vida viene a cuento" de Jorge Bucay:

Nadie triunfa solo:

Durante el siglo XV, en una pequeña aldea cercana a Nuremberg, vivía una familia con 18 niños. Para dar de comer a su familia el padre trabajaba casi 18 horas diarias en las minas de oro. A pesar de las condiciones tan pobres en las que vivían, dos de los hijos de Albrecht Durer tenían un sueño. Ambos querían desarrollar su talento para el arte, pero bien sabían que su familia jamás podría pagar sus estudios en la Academia. Después de muchas noches de conversaciones, llegaron a un acuerdo. Lanzarían al aire una moneda. El perdedor trabajaría en las minas para pagar los estudios al que ganara. Al terminar sus estudios, el ganador pagaría entonces los estudios al otro con las ventas de sus obras, o como bien pudiera. Así lo hicieron, y Albretch Durer ganó y se fue a estudiar a Nuremberg.

Albert comenzó un período de cuatro años de peligroso trabajo en las minas para sufragar los estudios de su hermano que, desde el primer momento, fue toda una sensación en la Academia. Los grabados de Albrecht, sus tallados y sus óleos llegaron a ser mucho mejores que los de muchos de sus profesores y, en el momento de su graduación, ya había comenzado a ganar considerables sumas con las ventas de su arte. Cuando el joven artista regresó a su aldea, la familia Durer se reunió para una cena festiva en su honor. Al finalizar la memorable velada, Albrecht se puso de pie en su lugar de honor en la mesa, y propuso un brindis por su hermano querido, que tanto se había sacrificado para hacer realidad sus estudios. Sus palabras finales fueron:

- Y ahora, Albert, hermano mío, es tu turno. Ahora puedes ir tú a Nuremberg a perseguir tus sueños, que yo me haré cargo de ti.

Todos los ojos se volvieron llenos de expectativa hacia el rincón de la mesa que ocupaba Albert, quien, con el rostro empapado en lágrimas, movía la cabeza mientras murmuraba una y otra vez "No, no, no...". Finalmente, Albert se puso de pie, miró por un momento a cada uno de aquellos seres queridos y se dirigió luego a su hermano, y poniendo su mano en su mejilla dijo suavemente:

- No, hermano, no puedo ir a Nuremberg. Es muy tarde para mí. Cada hueso de mis dedos se ha roto al menos una vez, y la artritis de mi mano derecha ha avanzado tanto que hasta me costó trabajo levantar la copa durante tu brindis... Mucho menos podría trabajar con delicadas líneas de compás o el pergamino y no podría manejar la pluma ni el pincel. No, querido hermano, para mí ya es tarde.

Han pasado más de 450 años. Hoy en día los grabados, óleos, las acuarelas, tallas y demás obras de Albrecht Durer pueden ser vistos en museos de todo el mundo, pero la mayoría de las personas sólo recuerda uno. Un día, para rendir homenaje a su hermano Albert, Albrecht Durer dibujó sus manos maltratadas, con las palmas unidas y los dedos apuntando al cielo. Llamó a esta poderosa obra simplemente Manos, pero es conocida en todo el mundo como Manos que oran.

Nota: A la memoria de Suso Couso. Descansa en paz querido Suso. Nunca te olvidaré.


Las galletitas


A lo largo de mi vida he leído muchas definiciones de éxito, las más obvias tienen que ver con el resultado obtenido por nuestras acciones (ganar un partido, conseguir una venta, etc...), otras tienen que ver con el esfuerzo o la pasión que ponemos en conseguir el objetivo más que en la consecución del objetivo en sí... así John Wooden definía el éxito como "la paz interior alcanzada sólo a través de la autosatisfacción de saber que realizaste el esfuerzo de hacer lo mejor de lo que eres capaz"; hace poco leí una definición de éxito ( y siento no recordar dónde) que es la que más me gusta para este momento de mi vida... decía algo así como "El éxito es actuar siempre conforme a tus valores", qué fácil suena y qué difícil al mismo tiempo, qué difícil actuar conforme a tus valores cuando lo único que recibes son críticas de los demás... ¿verdad? Sin embargo he descubierto a lo largo de mi vida que traicionar tus valores puede darte la satisfacción momentánea por evitar la crítica de cierto entorno, pero hay una crítica de la que nunca podrás evadirte, la de tu conciencia... esa te persigue siempre.

Lo curioso del caso es que tememos ser juzgados y al mismo tiempo juzgamos, y todo juicio está basado en nuestras creencias, en nuestros prejuicios, en nuestros paradigmas,etc.. y no nos damos cuenta que éstos pueden no tener nada que ver con las creencias, prejuicios y paradigmas de la persona criticada; que la realidad que nosotros percibimos puede no tener nada que ver con la realidad que percibe el otro.

Y hay un cuento que me hace recordar todo lo expuesto, como casi siempre es de Jorge Bucay...espero que os guste como a mí.

Galletitas

A una estación de trenes llega una tarde, una señora muy elegante. En la ventanilla le informan que el tren está retrasado y que tardará aproximadamente una hora en llegar a la estación.

Un poco fastidiada, la señora va al puesto de diarios y compra una revista, luego pasa al kiosco y compra un paquete de galletitas y una lata de gaseosa.

Preparada para la forzosa espera, se sienta en uno de los largos bancos del andén. Mientras hojea la revista, un joven se sienta a su lado y comienza a leer un diario. Imprevistamente la señora ve, por el rabillo del ojo, cómo el muchacho, sin decir una palabra, estira la mano, agarra el paquete de galletitas, lo abre y después de sacar una comienza a comérsela despreocupadamente.

La mujer está indignada. No está dispuesta a ser grosera, pero tampoco a hacer de cuenta que nada ha pasado; así que, con gesto ampuloso, toma el paquete y saca una galletita que exhibe frente al joven y se la come mirándolo fijamente.

Por toda respuesta, el joven sonríe... y toma otra galletita.

La señora gime un poco, toma una nueva galletita y, con ostensibles señales de fastidio, se la come sosteniendo otra vez la mirada en el muchacho.

El diálogo de miradas y sonrisas continúa entre galleta y galleta. La señora cada vez más irritada, el muchacho cada vez más divertido.

Finalmente, la señora se da cuenta de que en el paquete queda sólo la última galletita. " No podrá ser tan caradura", piensa, y se queda como congelada mirando alternativamente al joven y a las galletitas.

Con calma, el muchacho alarga la mano, toma la última galletita y, con mucha suavidad, la corta exactamente por la mitad. Con su sonrisa más amorosa le ofrece media a la señora.

- ¡Gracias! - dice la mujer tomando con rudeza la media galletita.
- De nada - contesta el joven sonriendo angelical mientras come su mitad.

El tren llega.

Furiosa, la señora se levanta con sus cosas y sube al tren. Al arrancar, desde el vagón ve al muchacho todavía sentado en el banco del andén y piensa: " Insolente".

Siente la boca reseca de ira. Abre la cartera para sacar la lata de gaseosa y se sorprende al encontrar, cerrado, su paquete de galletitas...  ¡Intacto!


Pendiente de tí, pendiente de mí



Hoy pensaba en lo difícil que es, para el ser humano, reconocer (o simplemente aceptar) errores y no justificarnos constantemente en los demás.

Decía un viejo proverbio árabe "quien quiere hacer algo encuentra un medio, quien no quiere hacer nada encuentra una excusa" y seguro que todos hemos estado en ambos lados de la ecuación anterior.

Cuando las cosas no salen como deseamos o esperamos solemos recurrir a las excusas tanto si el trabajo que realizamos es en grupo como si es individual... suele haber algún elemento externo en el que escudarse para justificar nuestro rendimiento... y entonces ocurre que cada vez nos fijamos más en cómo inciden los demás en nuestro rendimiento que en nosotros mismos; en el caso del baloncesto... que si mi compañero tal, que si mi compañero cual, que si los árbitros, etc...(y no hablo sólo de los jugadores, hablo de todos y cada uno de nosotros) y es curioso porque sólo podemos incidir en aquello que depende de nosotros mismos, pero al centrar nuestra atención en factores que no dependen de nosotros nos facilitamos la escapatoria de ponerlos como excusa y vuelta a empezar.

Y, tal y como comentaba en mi artículo anterior (Con quién desayunas?) no somos responsables de todo lo que nos ocurre pero si somos plenamente responsables de como reaccionamos ante aquello que nos ocurre.

Muchas veces me he preguntado si actuaríamos igual en caso de no tener que rendir cuentas a nadie más que a nosotros mismos, y la conclusión a la que llego es que sí, que nos hemos vuelto tan adictos a las excusas que nos hemos convertido en expertos en engañarnos a nosotros mismos... sí, ya sé que suena raro, pero por increíble que parezca yo creo que es así...porque si algo no me gusta de mí tiene que ser ajeno a mí, porque si no querría decir que le puedo poner solución y no siempre estoy dispuesto a asumir mis miserias y mucho menos a esforzarme por ponerle solución siendo mucho más fácil mentirme y creerme mis mentiras.

Y hay un cuento, de la literatura oriental, que me recuerda todo esto cuando me doy cuenta que no paro de poner excusas ante mis/nuestros resultados... 

La niña y el acróbata
Era una niña de ojos grandes como lunas, con la sonrisa suave del amanecer. Huérfana siempre desde que ella recordara, se había asociado a un acróbata con el que recorría, de aquí para allá, los pueblos hospitalarios de la India.

Ambos se habían especializado en un número circense que consistía en que la niña trepaba por un largo palo que el hombre sostenía sobre sus hombros. La prueba no estaba ni mucho menos exenta de riesgos.

Por eso, el hombre le indicó a la niña:

- Amiguita, para evitar que pueda ocurrirnos un accidente, lo mejor será que, mientras hacemos nuesto número, yo me ocupe de lo que tú estás haciendo y tú de lo que estoy haciendo yo. De ese modo no correremos peligro, pequeña.

Pero la niña, clavando sus ojos enormes y expresivos en los de su compañero, replicó:
- No, Babu, eso no es lo acertado.
- Yo me ocuparé de mí y tú te ocuparás de tí, y así, estando cada uno muy pendiente de lo que uno mismo hace, evitaremos cualquier accidente.

Con quién desayunas?




Decía Viktor Frankl (psiquiatra austríaco superviviente de los campos de concentración nazis) "Si no está en tus manos cambiar una situación que te produce dolor, siempre podrás escoger la actitud con la que afrontas ese sufrimiento"... de una forma adaptada podríamos resumirla en que no somos responsables de todo lo que nos pasa pero sí que somos plenamente responsables de como reaccionamos ante lo que nos pasa... y esta es una frase que me ha acompañado durante muchos años, y que me ha ayudado a ver el lado positivo de las cosas que vivo en lugar de centrarme en lo negativo (aunque reconozco que no siempre lo he conseguido)... por otro lado también he aprendido que no por poseer la capacidad de ver la parte positiva de lo que vivimos debemos someternos sin remedio a situaciones o relaciones que nos resultan tóxicas en nuestra vida, la situación que le producía dolor a Frankl era estar preso en un campo de concentración, pero muchas de las "cárceles" en las que creemos vivir sin posibilidad de escapar no son más que cárceles mentales de las que podemos liberarnos.

Y resulta que hoy, 19 de enero de 2015, en Estados Unidos es festivo en recuerdo de la figura de Martin Luther King (líder en la lucha por los derechos civiles de los ciudadanos afroamericanos en USA), y mientras recordaba la cita de Viktor Frankl me acordé de este cuento, como no, de Jorge Bucay  que hoy comparto con vosotros:

Dejá salir la sonrisa:
Dicen que sucedió en la epoca de los peores enfrentamientos raciales de la historia reciente de norteamerica. La epoca de los salvajes ataques del Ku Klux Klan, el fundamentalista grupo blanco ultraderechista, que perseguuia, agredia y mataba a los ciudadanos de raza negra, y tambien de la lucha de los Black Panthers, el grupo de resistencia de la gente de color. 
La anécdota comienza cuando un humilde campesino negro conduce su carreta tirada por un par de viejos bueyes, hacia su minuscula granja en algun lugar del sur de los Estados Unidos. 
Un kilometro antes de llegar al desvio que lo llevara a su casita, el carro es alcanzado en la angosta carretera lateral por una ostentosa limusina, donde un poderoso petrolero viaja custodiado por dos motocicletas, caminando a su rancho. 
Fastidiado porque el carro le ipide pasar, el magnate ordena a su chofer que haga sonar la bocina para que el campesino se aparte y deje pasar su automóvil. 
Quizás por una coincidencia, quizás por el susto de los animales ante la estridencia del claxon, el caso es que los bueyes, forzados por el campesino a apartarse, dejan caer en el pavimento sendas tortas de excrementos, que terminan bajo las ruedas de la limusina. 
El poderoso ranchero manda a detener el vehículo y se baja del automóvil para confirmar lo que sospecha, la hedionda bosta de los animales pegada a la banda de rodamiento de los negros neumáticos. El magnate odia a los negros, de hecho es sabido por todos que aunque nunca lo admite públicamente, es uno de los hombre ricos que mantienen económicamente al grupo radical del KKK. 
Con los ojos inyectados de furia manda a los motociclistas de su policía privada que traigan al campesino ante su presencia. 
-Negro de mierda -le dice cuando lo tiene frente a el-. ¿Como te atreves a ensuciar con la bosta (boñiga) de tus bueyes las carreteras de los Estados Unidos de América? Eso es lo único que hacen con su presencia, ensuciar, destruir y dañar todo lo que tocan con sus pestilentes manos. 
El campesino se da cuenta de que debe ser cuidadoso. Muchos de su raza fueron apelados hasta morir por intentar defenderse en enfrentamientos como este, y por lo tanto baja la cabeza e intenta resolver el problema. 
-Lo siento mucho, señor... Lo que pasa es que los animales se asustaron con la bocina... 
-¡Lo único que falta!... ¡Que ahora prendas echarle la culpa a mi chofer! 
-No, señor, no es eso... La culpa es de los animales... Le prometo que los castigare en cuanto llegue a mi granjita. 
-Eso..., a los animales hay que castigarlos, para que aprendan. Y como tu no eres mas que una bestia igual que tus bueyes, tu cambien deberás ser castigado por eso. 
El pobre negro intenta frenar la paliza que los guardias ya se aprestan a darle con los negros palos que estan sacando de su cinto. 
-No haga que me golpeen, señor... Yo limpiare la bosta de la carretera y la dejare como estaba, se lo prometo... 
-Promesas... No sirven las promesas de las de tu raza... Pero es una buena idea. Ese sera el castigo que corresponde. Tu ensucias, tu limpias. 
-Si señor..., Muchas gracias. Traeré un poco de paja de mi carreta y me ocupare de dejar todo en condiciones, le doy mi palabra. 
-Yo me ocupare de que sea así, yo también te doy mi palabra. -El hombre sonríe con malicia pensando en lo que le acaba de ocurrir-. Dado que tus animales cagan lo que comen de mi suelo, tu te comerás del suelo lo que ellos cagan ¿es justo, verdad? 
Al pobre hombre le cuesta creer lo que escucha, pero sabe de sobra que no tiene opción: obedece o es molido a golpes antes de decir una palabra mas. Así que hincándose de rodillas se dispone a cumplir la orden. 
En ese momento, dos coches de detienen detrás de la limusina y de uno de ellos baja el mismísimo reverendo Martín Luther King Jr. Como era de costumbre en sus últimos años, el reverendo king viajaba por todo el territorio americano haciendo campaña contra el racismo, esgrimiendo contra la violencia los argumentos pacifistas del amor y la tolerancia mutua. 
También los recién llegados viajan con una guardia privada, pero no es una comitiva armada con pistolas o rifles, sino una seria de reporteros que toman notas que cada evento y sacan fotos de cada presentación del reverendo King. 
-¿Que sucede? -Pregunta King el hombre blanco que lo ve venir impávido. 
El sureño sabe perfectamente quien es el reverendo King, su fama y su influencia, pero no esta dispuesto a dejarse intimidar por el pastor negro ni a mostrar debilidad delante de sus hombres, asi que redoblando su apuesta, lo encara con prepotencia. 
-Sucede que este negro ha dejado que sus animales ensucien con su bosta las pulcras carreteras de este pais. Y por lo tanto, dado que en América el que rompe paga y el que ensucia limpia, se esta ocupando de dejar las cosas como las encontró. 
Con mucha calma, el reverendo King lo mira y con voz muy suave intenta mostrar su oposición. 
-No me parece que haya sido él quien ensucio la carretera, en todo caso fueron sus bueyes, y por otra parte no creo que este bien que usted y sus policías tengan que humillarlo o amenazarlo para pedirle que "limpie lo que ensucio". 
-Yo te conozco y sé muy bien que pretendes -Dijo el hombre blanco-, pero a mi no me vas impresionar con tu tono pastoral. El y sus animales son lo mismo, bestias que convienen con los humanos. Los bueyes, el y tu, todos son animales y deben ser tratados como tales. 
Todos son iguales. 
-Me alegro que lo diga -acota el reverendo King, con una paz asombrosa-. Hace muchos años que predico tratando de hacer entender esto que usted tan bien resume. Los animales, el y yo, somos iguales... Y le digo algo más, también usted es igual a nosotros, sobre todo a los ojos de Dios, aunque algunos hombres aún no lo sepan. De todas maneras le agradezco por recordármelo... Todos somos iguales... y por lo tanto... si el come, yo también como. 
Y después de decir esto se acerca al campesino y arrodillándose frente a el, hunde también su cabeza en la bosta... 
Los fotógrafos de inmediato empiezan a registrar en sus cámaras la imagen de lo que sucede, ante la desesperación del magnate y su séquito. No hace falta ser muy inteligente para saber que esas fotografías de Martin Luther King de rodillas comiendo bosta custodiado por su guardia policial privada podrían destruir para siempre su imagen publica y con ella terminar de forma definitiva con cualquier pretencion política que tuviera. El hombre llama a su escolta y le da instrucciones claras. Deben velar todos los rollos y retirarse después inmediatamente. 
Así lo hacen. Arrebatando con violencia las cámaras, los fotógrafos casi no se resisten. Luego, mientras todos ayudan a los dos hombres de color a ponerse de pie, los uniformados hullen a toda velocidad detrás de la limusina que ya se pierde en el horizonte. 
-¿Estas bien? -Pregunta el reverendo King-. ¿quieres que te escoltemos a tu casa, hermano?. 
-No. no. estoy bien... -Dice el campesino-. Gracias, reverendo. 
-Agradece a Dios, hermano, a Dios. 
Los hombres se estrechan las manos y un segundo después cada uno esta otra vez en su camino. Uno a sus conferencias en Dallas, otro a su pequeña granja a un kilómetro de distancia. 
Cuando el campesino llega a su casa, trae todavía una gran sonrisa dibujada en su rostro. 
-Hola -Le dice a su esposa apenas la ve y corre a darle un abrazo mucho mas efusivo que el de todos los días. 
-Bueno... Bueno -le dice la mujer-, Parece que el día de hoy debe de haber sido muy especial... ¿A que se debe esa cara de alegria y esa efusividad?. Creo que nunca te había visto tan contento... 
-Es que... si te cuento con quien desayune hoy... no me vas a poder creer.