La sinceridad



Soy una de esas personas que siempre ha creído que uno debe decir siempre lo que piensa; de hecho soy de esos que rara vez se calla lo que le pasa por la cabeza.

Esta actitud me ha traído no pocos problemas; a la gente no siempre le gusta escuchar lo que uno tiene que decir.

Por otra parte, esta actitud, ha sido muy bien valorada por algunas personas que, una vez superada la fricción inicial, han encontrado utilidad en aquello que he comentado.

La verdad es que nunca sabes si será bueno o malo manifestar aquello que realmente piensas y acabas actuando conforme crees que debes hacerlo.

Sin embargo, un día charlando con un amigo sobre este tema, mientras yo sostenía que siempre debíamos decir lo que pensábamos, él me comentó que no lo compartía, y me dijo "Si tu piensas que yo soy gilipollas no necesito que me lo digas, no hace falta que me mientas ni que me halagues, pero tampoco que me digas que soy gilipollas".

Y la verdad es que me hizo pensar, yo que siempre había creído que era una virtud decir siempre aquello que pensabas, ahora, y tras este ejemplo, ya no lo tenía tan claro. ¿En base a qué iba yo a hacer daño a alguien gratuítamente con la única pretensión de ser sincero?

Descubrí que es importante ser sincero, especialmente cuando el otro te pide que lo seas, pero que, sin necesidad de mentir, no hace falta que digas todo aquello que piensas si crees que vas a dañar a tu interlocutor sin tener intención de hacerlo.

Dicen que somos dueños de nuestros silencios y esclavos de nuestras palabras, y si bien la cita tiene otro sentido creo que es perfectamente aplicable a esta situación.

Y entonces encontré esta historia, atribuída al filósofo Sócrates...y me convenció de que no siempre es una virtud decir aquello que piensas:

Los tres filtros

Un discípulo llegó muy agitado a la casa de Sócrates y empezó a hablar de esta manera:

– “¡Maestro! Quiero contarte cómo un amigo tuyo estuvo hablando de ti con malevolencia…”

Sócrates lo interrumpió diciendo:

-“¡Espera! ¿Ya hiciste pasar a través de los Tres Filtros lo que me vas a decir?

-“¿Los Tres Filtros…?”

-“Sí” – replicó Sócrates. -“El primer filtro es la Verdad. ¿Ya examinaste cuidadosamente si lo que me quieres decir es verdadero en todos sus puntos?”

-“No… lo oí decir a unos vecinos…”

-“Pero al menos lo habrás hecho pasar por el segundo Filtro, que es la Bondad: ¿Lo que me quieres decir es por lo menos bueno?”

-“No, en realidad no… al contrario…”

-“¡Ah!” – interrumpió Sócrates.- “Entonces vamos a la último Filtro. ¿Es Necesario que me cuentes eso?”

– “Para ser sincero, no…. Necesario no es.”

– “Entonces -sonrió el sabio- Si no es verdadero, ni bueno, ni necesario… sepultémoslo en el olvido…”


Así pues... he aprendido (menos de lo que quisiera) a callar para no hacer daño, que a callar para no salir yo mismo perjudicado ya aprendí hace tiempo.


La importancia del conocimiento



En el primer artículo que escribí en este blog hablaba que mi intención era "compartir con vosotros experiencias que he vivido, reflexiones que he tenido, frases que he leído, emociones que he sentido, etc...a lo largo de mi vida personal, pero sobre todo profesional, por si algunas de esas vivencias, que para mi fueron importantes, os pudieran servir de inspiración en algún momento de vuestras vidas.", dicha pretensión había sido impulsada por la cita de la película "Lucy" en la que se comentaba que el sentido de la vida era "transmitir el conocimiento".

Y resulta que hace unos días leía una de estas noticias políticas que me dejan un tanto alucinado; la noticia venía a decir que una edil de un pueblo que se había ido a vivir a EEUU había solicitado a su partido el dinero de los viajes de ida y vuelta para asistir a los plenos; la noticia dió para mucho durante unos días y finalmente leí que la edil, que había sido invitada a dimitir de su cargo, había propuesto asistir a los plenos por videoconferencia. Pensé, sin entrar en el debate político generado, que era una buena opción aprovechando las tecnologías que tenemos hoy en día. Lo que me dejó alucinado fue la contestación que le dieron para desestimarla, ¡¡¡era demasiado caro!!! . La noticia no añadía nada más, y claro me quedé perplejo ¿Caro? Pero ¿no han descubierto Skype? (amén de las múltiples herramientas gratuitas de reuniones en línea).

Esto me trajo a la cabeza alguna conversación con algún joven deportista que se preguntaba por la importancia de formarse. Se me ocurren muchas razones por las que alguien debería formarse, aunque viniendo de un deportista me bastaba con enseñarle la estadística sobre los jugadores retirados de la NBA que habían ganado más de 60 millones de dólares durante su carrera y que estaban absolutamente arruinados 5 años después de haber dejado la competición; aunque entiendo que siempre pensamos aquello de ¡¡¡ A mi no me va a pasar !!!

Y claro, una de las múltiples razones que me viene a la cabeza por las que es interesante formarse es la de que no te puedan engañar fácilmente. El problema radica que es muy fácil engañarnos, o bien por desconocimiento o bien porque para engañar a nuestro cerebro basta con montar una historia que sea coherente, ¡¡¡ tenderemos a aceptarla como cierta !!!

Es por ello que me gusta recordar este cuento sobre el orígen del ajedrez cuando alguien me pregunta sobre la importancia de formarse:

La leyenda del tablero de ajedrez y los granos de trigo

Cuenta la leyenda que hace mucho tiempo reinaba en cierta parte de la India un rey llamado Sheram. En una de las batallas en las que participó su ejército perdió a su hijo, y eso le dejó profundamente consternado. Nada de lo que le ofrecían sus súbditos lograba alegrarle. Un buen día un tal Sissa se presentó en su corte y pidió audiencia. El rey la aceptó y Sissa le presentó un juego que, aseguró, conseguiría divertirle y alegrarle de nuevo: el ajedrez.

Después de explicarle las reglas y entregarle un tablero con sus piezas el rey comenzó a jugar y se sintió maravillado: jugó y jugó y su pena desapareció en gran parte. Sissa lo había conseguido.Sheram, agradecido por tan preciado regalo, le dijo a Sissa que como recompensa pidiera lo que deseara.

— Sissa, quiero recompensarte dignamente por el ingenioso juego que has inventado —dijo el rey.
El sabio contestó con una inclinación.

— Soy bastante rico como para poder cumplir tu deseo más elevado —continuó diciendo el rey—. Di la recompensa que te satisfaga y la recibirás.

Sissa continuó callado.

— No seas tímido —le animó el rey—. Expresa tu deseo. No escatimaré nada para satisfacerlo.

— Grande es tu magnanimidad, soberano. Pero concédeme un corto plazo para meditar la respuesta. Mañana, tras maduras reflexiones, te comunicaré mi petición.

Cuando al día siguiente Sissa se presentó de nuevo ante el trono, dejó maravillado al rey con su petición, sin precedente por su modestia.— Soberano —dijo Sissa—, manda que me entreguen un grano de trigo por la primera casilla del tablero del ajedrez.

— ¿Un simple grano de trigo? —contestó admirado el rey.

— Sí, soberano. Por la segunda casilla, ordena que me den dos granos; por la tercera, 4; por la cuarta, 8; por la quinta, 16; por la sexta, 32…

Basta —le interrumpió irritado el rey—. Recibirás el trigo correspondiente a las 64 casillas del tablero de acuerdo con tu deseo: por cada casilla doble cantidad que por la precedente.

Pero has de saber que tu petición es indigna de mi generosidad. Al pedirme tan mísera recompensa, menosprecias, irreverente, mi benevolencia. En verdad que, como sabio que eres, deberías haber dado mayor prueba de respeto ante la bondad de tu soberano. Retírate. Mis servidores te sacarán un saco con el trigo que solicitas.

Sissa sonrió, abandonó la sala y quedó esperando a la puerta del palacio.

Durante la comida, el rey se acordó del inventor del ajedrez y envió a que se enteraran de si habían ya entregado al irreflexivo Sissa su mezquina recompensa. —Soberano, están cumpliendo tu orden —fue la respuesta—. Los matemáticos de la corte calculan el número de granos que le corresponde.

El rey frunció el ceño. No estaba acostumbrado a que tardaran tanto en cumplir sus órdenes.
Por la noche, al retirarse a descansar, el rey preguntó de nuevo cuánto tiempo hacía que Sissa había abandonado el palacio con su saco de trigo.

— Soberano —le contestaron—, tus matemáticos trabajan sin descanso y esperan terminar los cálculos al amanecer.

— ¿Por qué va tan despacio este asunto? —gritó iracundo el rey—. Que mañana, antes de que me despierte, hayan entregado a Sissa hasta el último grano de trigo. No acostumbro a dar dos veces una misma orden.
Por la mañana comunicaron al rey que el matemático mayor de la corte solicitaba audiencia para presentarle un informe muy importante.

El rey mandó que le hicieran entrar.

Antes de comenzar tu informe —le dijo Sheram—, quiero saber si se ha entregado por fin a Sissa la mísera recompensa que ha solicitado.

— Precisamente por eso me he atrevido a presentarme tan temprano —contestó el anciano—. Hemos calculado escrupulosamente la cantidad total de granos que desea recibir Sissa. Resulta una cifra tan enorme…

— Sea cual fuere su magnitud —le interrumpió con altivez el rey— mis graneros no empobrecerán. He prometido darle esa recompensa, y por lo tanto, hay que entregársela.

Soberano, no depende de tu voluntad el cumplir semejante deseo. En todos tus graneros no existe la cantidad de trigo que exige Sissa. Tampoco existe en los graneros de todo el reino. Hasta los graneros del mundo entero son insuficientes. Si deseas entregar sin falta la recompensa prometida, ordena que todos los reinos de la Tierra se conviertan en labrantíos, manda desecar los mares y océanos, ordena fundir el hielo y la nieve que cubren los lejanos desiertos del Norte. Que todo el espacio sea totalmente sembrado de trigo, y ordena que toda la cosecha obtenida en estos campos sea entregada a Sissa. 

Sólo entonces recibirá su recompensa.

El rey escuchaba lleno de asombro las palabras del anciano sabio.

— Dime cuál es esa cifra tan monstruosa —dijo reflexionando.

— ¡Oh, soberano! Dieciocho trillones cuatrocientos cuarenta y seis mil setecientos cuarenta y cuatro billones setenta y tres mil setecientos nueve millones quinientos cincuenta y un mil seiscientos quince.

Nota: Se necesitan unas 21.685 cosechas de la producción mundial actual de trigo para saldar la deuda.

Y para despedirme de esta entrada hay una cita matemática que me hace esgrimir una sonrisa cada vez que la leo: "Hay 10 tipos de personas, las que saben binario y las que no"


Tener razón



Tras un mes sin escribir, podría decir que me he tomado unas vacaciones, hoy retomo la sana costumbre de compartir experiencias con vosotros.

Una de las cosas que más me fascina de los seres humanos, y de la que "lamentablemente" yo soy un experto, es la capacidad que tenemos para, una vez emitida una opinión, convertir dicha opinión en una verdad absoluta por la que debemos enfrentarnos, incluso poniendo en riesgo "nuestra vida" si fuera necesario, a quien ose contradecirla.

Podemos ver claros ejemplos de lo que digo en cualquier debate político en el que participamos con amigos y/o familiares; aunque no es necesario acudir a la política para desatar nuestra cerrazón ante opiniones contrarias a las nuestras, basta con acudir a cualquier debate deportivo.

En la última semana la Selección Nacional  ha disputado 5 partidos en el Europeo de Baloncesto, ganando 3 de los 5 partidos disputados. Cuando las derrotas llegan, las redes se llenan de gente que ya sabía que esto iba a pasar, comparten los argumentos de su certeza y enseguida son contestados por aquellos que los tildan de agoreros y buitres... el combate dialéctico está servido; eso sí, es difícil ver a alguna de las partes reconocer que su opinión puede estar equivocada, resistirán con ella hasta el final, harán de la opinión emitida un estandarte por el cual merece la pena luchar con fiereza, y da igual lo que ocurra, ¡¡¡ ni se te ocurra dar la razón al contrario !!! Casi mejor "morir".

Es evidente que para poder defender nuestros argumentos el resultado tiene que estar de nuestro lado, sin embargo ocurre muy a menudo que confundimos correlación con causalidad. Es por ello que creemos que nuestro argumento es válido sólo por el hecho que hayamos observado una correlación, sin pararnos a pensar si de verdad hay causalidad o no.

Y si bien es cierto que el debate es la salsa de la vida, deja de tener gracia cuando estamos dispuestos a enfadarnos, enojarnos e, incluso, a romper relaciones porque alguien no comparte nuestra opinión.

Es por ello que me encanta una frase del maestro y genio Ramón Jordana: "Para mostrarte aquello de lo que estoy convencido no necesito demostrarte que estás equivocado"

Otra cita que me encanta es "Entre ser feliz y tener razón prefiero ser feliz", frase que viene explicada en este artículo de Susana Pérez en su blog soyespiritual.com

Sabiendo que la mayoría de la veces las cosas no son o blancas o negras, sino que hay un fascinante mundo de grises entre unas y otras, me encanta este cuento  que hoy comparto con vosotros:

Los monjes y el caracol

Había una vez dos monjes que paseaban por el jardín de un monasterio taoísta. De pronto uno de los dos vio en el suelo un caracol que se cruzaba en su camino. Su compañero estaba a punto de aplastarlo sin darse cuenta cuando le contuvo a tiempo. Agachándose, recogió al animal y dijo:

– Mira, hemos estado a punto de matar este caracol, y este animal representa una vida y, a través de ella, un destino que debe proseguir. Este caracol debe sobrevivir y continuar sus ciclos de reencarnación.

Y delicadamente volvió a dejar el caracol entre la hierba.

– ¡Inconsciente!, exclamó furioso el otro monje.
– Salvando a este estúpido caracol pones en peligro todas las lechugas que nuestro jardinero cultiva con tanto cuidado. Por salvar no sé qué vida destruyes el trabajo de uno de nuestros hermanos.

Los dos discutieron entonces bajo la mirada curiosa de otro monje que por allí pasaba. Como no llegaban a ponerse de acuerdo, el primer monje propuso:
– Vamos a contarle este caso al gran sacerdote.
– Él será lo bastante sabio para decidir quien de nosotros dos tiene la razón.

Se dirigieron entonces al gran sacerdote, seguidos siempre por el tercer monje, a quien había intrigado el caso. El primer monje contó que había salvado un caracol y por tanto había preservado una vida sagrada, que contenía miles de otras existencias futuras o pasadas. El gran sacerdote lo escuchó, movió la cabeza, y luego dijo:
– Has hecho lo que convenía hacer.
– Has hecho bien.

El segundo monje dio un brinco.
– ¿Cómo?
– ¿Salvar a un caracol devorador de ensaladas y devastador de verduras es bueno?
– Al contrario, había que aplastar al caracol y proteger así ese huerto gracias al cual tenemos todos los días buenas cosas para comer.

El gran sacerdote escuchó, movió la cabeza y dijo:
– Es verdad.
– Es lo que convendría haber hecho.
– Tienes razón.

El tercer monje, que había permanecido en silencio hasta entonces, se adelantó.
– ¡Pero si sus puntos de vista son diametralmente opuestos!
– ¿Cómo pueden tener razón los dos?

El gran sacerdote miró largamente al tercer interlocutor. Reflexionó, movió la cabeza y dijo:
– Es verdad.
– También tú tienes razón.


Nota: Este cuento está dedicado a la clase del CES "érase una vez..." en San Sebastián... recuerdo haberlo utilizado cuando un debate empezaba a tornarse peligroso, algunos me mirásteis de una forma extraña pero entendísteis que la intensidad con la que yo defendía mis posiciones no descalificaba las vuestras. ¡¡¡ Vuestra camiseta aún sigue conmigo !!!

La situación ideal



Muchas veces pensamos que la situación ideal es una situación sin tensiones, entendiendo por tensiones algo que de una u otra manera nos perturba. Es cierto que hay algunos aspectos de nuestra vida que pueden catalogarse de "ideales", no nos producen ninguna tensión. Sin embargo muchas veces nos ocurre que, buscando esa situación ideal, eliminamos tensiones visibles para, muy a nuestro pesar, ver aparecer otras que antes estaban ocultas, y lo malo es que a veces estas nuevas tensiones son incluso peores que aquellas que hemos eliminado.

Un ejemplo de esta situación es la persecución que ejerce mi padre frente a los topos que cada año llenan su jardín de agujeros; desde que construyó su casa en el pueblo ha intentado erradicar a estos pequeños mamíferos de todas las maneras imaginables, y cada verano tiene, o tenía, la misma guerra...Hace un par de años pareció encontrar la solución contra los topos y consiguió eliminarlos de su bello jardín; descubriendo que ahora era otro tipo de mamífero, mucho más demoledor para la vida del césped, el que campa a sus anchas... el topillo.

Descubrimos entonces que añoramos aquella situación inicial tildada de "problemática", y que ante la nueva situación creada puede verse como una situación deseada. Curiosa paradoja ésta que queda reflejada en el siguiente cuento:

Había una vez un hombre que se lamentaba constantemente de lo pequeña y caótica que era su casa, vivía con su mujer y sus tres hijos y hacía poco que su suegra se había trasladado a vivir con ellos tras la muerte de su marido. El hombre desesperado por la situación decide acudir al sabio del pueblo en busca de consejo que alivie su estrés. Tras escucharle atentamente el sabio le preguntó:

- ¿Tienes gallinas?
- Sí - contestó el hombre.
- Bien, pues mete tus gallinas dentro de casa, y dentro de una semana vuelves a verme.

Pasada una semana el hombre vuelve a visitar al sabio:

- ¿Cómo ha ido la semana?
- ¿ Cómo ha ido ? ¡ Ha sido una locura ! A todo lo que me estresaba se ha añadido que las gallinas dejan todo hecho una porquería, todo lleno de plumas y de excrementos... ¡ Esto no hay quien lo aguante !
- ¿Tienes cerdos?
- Sí, así es.
- Pues quiero que metas a los cerdos en tu casa.
- ¿ Qué meta a los cerdos ?
- Eso he dicho, sí... mete a los cerdos en casa. ¿Quieres mejorar tu situación no?
- Bueno, usted es el sabio, 

A la semana siguiente vuelven a verse.

- ¿Cómo ha ido?
- ¡Joder! Los hijos, la mujer, la suegra, las gallinas y ahora los cerdos. El olor en casa es inaguantable, los ruidos no cesan, no hay sitio para nadie, prácticamente no duermo,¡¡¡ estoy de los nervios !!!
- ¿Tienes vacas?
- Sí, tengo una vaca.
- Pues quiero que metas a la vaca en casa.
- Pero... ¿Está usted loco? ¿Quiere que meta a la vaca en casa?
- Sí, así es. Tú quieres mejorar tu situación ¿no? pues hazme caso y mete a la vaca en casa.

Pasada una semana vuelven a verse.
- ¿Cómo ha ido?
- Horrible, ya no puedo más... los niños, la mujer, la suegra, las gallinas, los cerdos y ahora la vaca... no para de mugir, deja sus excrementos por toda la casa... de verdad ¡ Ya no puedo más !
- Bien, ahora quiero que saques a la vaca, los cerdos y las gallinas de casa y dentro de una semana vuelves y me cuentas.

A los siete días, como habían pactado, el hombre vuelve a verse con el sabio.
-¿Cómo ha ido?
- Ufff... es usted un verdadero sabio, ¡¡¡ Esto si que es vida, la casa me parece enorme, el estrés ha desaparecido !!!. No sé cómo puedo darle las gracias, ¡¡¡ me ha cambiado usted la vida !!!


Es por ello que me gusta pensar más en situaciones de armonía que en situaciones "ideales". Vivir en armonía es, para mí, ser capaz de aceptar vivir con pequeñas "tensiones" en alguna faceta de mi vida siempre que el cuadro más general que engloba dicha tensión sea algo que me proporciona una satisfacción mucho mayor.

Y claro, esto no quiere decir que debamos aceptar cualquier situación de tensión que se nos presente, pero la duda es saber qué tensiones son eliminables sin mayores consecuencias y cuáles no, y para eso me gusta recordar el lema de Alcohólicos Anónimos: "Señor dame paciencia y serenidad para aceptar aquello que no se puede cambiar, valor para cambiar lo que sí se puede  y sabiduría para distinguir la diferencia entre ambas"

Nota: Espero que estéis disfrutando de un verano ideal... o por lo menos en armonía.


Ver la realidad


Hace unos pocos días la alcaldía de Zaragoza decidía cambiar el nombre del Pabellón Príncipe Felipe por el de José Luis Abós (entrenador del CAI Zaragoza fallecido el pasado año), para alegría de muchos, pero también causando un gran revuelo al ser considerado un acto antimonárquico por otros.

No es mi interés debatir sobre el tema en concreto, sino sobre lo que me han hecho sentir algunas respuestas de gente del baloncesto a un tweet de Antoni Daimiel que decía lo siguiente "Que le pongan el nombre José L Abós al pabellón P. Felipe de Zaragoza no puede equipararse a la retirada del busto en Barcelona. No es ético", alguien respondió "Querido amigo, no sé que decirte..."

Yo, que apoyé la iniciativa del cambio de nombre del pabellón a los pocos días de fallecer José Luis Abós, no me podía creer el comentario, estaba indignado, enfadado, enrabietado, incluso me sentí algo triste... preparé varias respuestas, no me atreví a publicar ninguna. No podía entender que alguien del baloncesto pusiera en duda el significado (que yo daba) del cambio de nombre del pabellón; yo tenía mi versión de los hechos, otros la suya.

Eso me hizo pensar. Yo sé la intención con la que yo apoyé dicho cambio, pero ¿acaso puedo saber yo la intención real con la que se ha hecho el cambio? Pese a que intuyo que la respuesta es acorde a mi propio motivo no puedo asegurar al 100% que así sea (aunque lo mismo pasa con quienes defiendan lo contrario).

Entonces me calmé y recordé que el cerebro sólo vé aquello que quiere ver. Cuando quieres creer en algo tu cerebro se pone en marcha para recoger toda la información que certifica la vericidad de tu creencia y trata de descartar toda información que va en contra de ella, es por eso que siendo de una ideología concreta tendemos a leer unos u otros periódicos y dar más validez a unas noticias que a otras, unos refrendan nuestras ideas y otros las ponen en duda de forma sistemática (y es así estés en el lado que estés). Es verdad que a veces buscamos fuentes distintas tratando de ser más objetivos, pero es difícil que demos la misma credibilidad a las distintas opiniones, nuestro cerebro ya está jugando con nosotros. En ocasiones no se tratá de una opinión, sino de un hecho (dejo esto para otro artículo), y ante la evidencia no nos queda más remedio que reconocer que estábamos equivocados, normalmente muy a regañadientes y con la voz bien bajita.

De hecho sabemos que el cerebro es muy bueno inventando, cuando quiere darle valor a una historia le basta con encontrar una historia o sucesión de hechos coherente para darle validez, ni siquiera tiene que haber sido real, le vale con que sea coherente... pero ¿coherente con qué? coherente con nuestras creencias y con nuestra forma de ver el mundo.

Es así que todos vemos el mundo bajo el filtro de nuestras propias gafas, gafas formadas por nuestras experiencias, creencias, miedos, etc... y como éstas son distintas para cada ser humano, cada uno vemos el mundo de una forma diferente.

Saberlo me ayuda a calmarme cuando alguien "ataca" mis "creencias", como era el motivo del cambio de nombre del pabellón. En este sentido, aunque no las comparta, tienen cabida otras interpretaciones, cada uno lo ve con sus gafas y para que sea real para otro individuo (o para mí) basta con que su historia sea coherente, él (o yo) la convertirá en real. Pero la realidad es que sólo quien ejecutó el cambio sabe la verdadera intención de sus actos...los demás sólo podemos especular sobre ellos, y hacer caso, o no, a las explicaciones que dió al respecto.

Cuando actúo así sólo me queda esperar que el otro también actúe de la misma forma, aunque soy consciente de que, ni yo siempre consigo actuar así, ni cuando lo consigo el otro me trata de la misma forma.

Por eso, para desdramatizar un poco todo me gusta recordar esta pequeña historia que me recuerda que cada uno vemos el mundo desde perspectivas diferentes, cada uno a través de nuestras gafas de vida:

Dos formas de ver las cosas:

Mi mujer y yo estábamos sentados a la mesa en la reunión de mis excompañeros de universidad. Yo contemplaba a una mujer sentada en una mesa vecina, totalmente borracha, que se mecía con su bebida en la mano. Mi mujer me preguntó:

- ¿La conoces?

- Sí, -suspiré- es mi exnovia. Supe que se dió a la bebida cuando nos separamos hace algunos años y me dijeron que nunca más estuvo sobria.

- ¡Dios mío! - exclamó mi mujer - ¡Quién diría que una persona puede celebrar algo durante tanto tiempo!