Los héroes cotidianos



Desde pequeños buscamos modelos a los que nos gustaría parecernos, al principio nos gustaría parecernos a los héroes de los cuentos, cómics o dibujos animados que vemos, con el tiempo, al crecer, solemos buscar personas de carne y hueso; en nuestra juventud, sometidos al poder de los grandes medios de comunicación, nos solemos fijar en aquellos que aparecen de forma constante en las portadas de los periódicos o en la pantalla de nuestra televisión, y atraídos por sus "gestas", sean las que sean, algunos proyectamos nuestros sueños en intentar ser como ellos.

Otros buscan sus modelos en personajes históricos, o en la mezcla de cualidades de muchos de ellos... poco a poco vamos forjando nuestra forma de ser.

Con la madurez, por lo menos es lo que me ha pasado a mí, ya no proyectamos nuestras metas en ser como nuestros héroes de la infancia o la juventud, porque empezamos a encontrar auténticos héroes en nuestra vida cotidiana, sus gestas pasan desapercibidas para el gran público, pero basta que tú la hayas presenciado para que el impacto que te produce te cambie la forma de ver el mundo para siempre.

Cuando nos paramos a mirar, cuando podemos parar la vorágine en la que vivimos nuestro día a día, vemos héroes que viven a nuestro lado y cuyo único reconocimiento, si es que lo llegan a tener, será el de persona a la que han ayudado.

Y todo esto me recuerda el gran impacto que nosotros, como entrenadores o profesores, podemos llegar a tener en nuestros jugadores o alumnos (de hecho, creo que es extensible a la relación de cualquier ser humano con un semejante); y como a veces, sin darnos cuenta, podemos llegar a cambiar la vida  o, por lo menos, la percepción que de la misma tienen nuestros pupilos, con un sólo gesto o una sóla palabra.

Pero como decía Spiderman "un gran poder conlleva una gran responsabilidad", y a veces, sin darnos cuenta, otros gestos u otras palabras pueden tener un impacto negativo sin ni siquiera buscarlo.

Por eso me encanta la gente que da las gracias, la gente que ofrece una mano, la gente que ofrece una sonrisa, la gente que ofrece una palabra de ánimo o una conversación, la gente que se ofrece a escuchar... porque nunca sabemos lo potentes que esos gestos pueden ser y el impacto que pueden tener en las personas que nos rodean.

Y como siempre hay un cuento fantástico que me recuerda a todos esos héroes cotidianos, como no... de Jorge Bucay:

La última hoja

Esta historia transcurre en la Francia de 1900. En los comienzos de un durísimo invierno. Marie, es una niña de once años que vive en una antigua casa parisina. Una de esas casas donde trece edificios de departamentos, convergen al mismo patio interior.

Desde hace semanas, ha comenzado con un dolor en el pecho que se hace paralizante al toser. El médico ha venido a verla y ha dado el diagnóstico que su madre mas temía. Tuberculosis. A principios de siglo y sin antibióticos, esta infección es casi siempre una garantía de muerte. El doctor, ha sugerido que la niña se mantenga en reposo y ha recomendado a su madre que no la dejen demasiado tiempo sola.

- “La niña, como casi todos estos pacientes” ha dicho el medico “tiene mas posibilidades de curarse si le da pelea a la enfermedad. Si Marie dejara de luchar por su vida moriría en algunas semanas”. Y agregó: “Estoy seguro de que si la mantenemos calentita, bien alimentada y con muchos deseos de vivir, cuando el invierno pase, ella estará absolutamente fuera de peligro”.

La madre ha mirado el calendario y ha comprobado que faltan todavía dos largos meses para que llegue la primavera. Como ninguno de sus compañeros de clase vendría a verla, por el comprensible aunque injustificado temor al contagio la madre ha llamado a la maestra, que se acerque a la casa a darle algunas clases, aunque sea para acortar un poco sus días de reposo. Ha movido todos los muebles y ha llevado la cama de Marie junto a la ventana en la planta baja. Desde allí verá el patio interior, el ciprés en el centro del jardín, las enredaderas, las ventanas de los otros dos edificios y a la gente pasar de ida y de vuelta de sus ocupaciones.

El invierno se vuelve más y más frío. La niña se agrava. Un día espectora con sangre y se asusta. Le dice a la madre que tiene miedo de morirse y mientras ella la abraza llorando, tratando de que su hija no lo note, la niña señala al patio y le cuenta: 

- “Mira mami, ¿ves esa enredadera en la pared del edificio de enfrente? Hace semanas estaba llena de hojas. Algunas más verdes, otras mas amarillas… Mírala ahora que pocas hijas le quedan. Acabo de pensar, que cuando la última de las hojas de la enredadera caiga, mi vida… mi vida también llegará a su fín.

- “No tienes que pensar esas cosas” dice la madre, acomodando las almohadas y secándose las lagrimas de espaldas a la niña. “En primavera todas las enredaderas fabrican nuevas hojas, y la vida verde, vuelve a nacer”.

- “Pero son otras hojas” ha pensado la jovencita sin decirlo.

La niña, empeora día a día. Su ánimo decae en la misma magnitud que su estado general. Hasta que una mañana la madre descubre a Marie muy interesada, mirando hacia arriba por la ventana. Sin que ella se dé cuenta, se acerca tratando de ver, qué es lo que llama la atención de su hija.

Se trata de un pintor, que junto a la ventana en el tercer piso pinta con colores vivos, imágenes de París. Notredame, Montmartre, el Moulin Rouge… La niña esta fascinada y la madre, alegre. Algo por fin ha capturado su interés, quizás ella pudiera convencer al pintor de ayudar.

Esa misma tarde, la madre cruza a el edificio de enfrente y le implora al joven y estrafalario artista que se acerque a su casa, aunque sea de vez en cuando para charlar con Marie. Ella por su puesto le pagará lo que pida. Con angustia le dice: “Su vida…su vida ¿sabe? quizás dependa de que usted acepte este pedido. No es por el dinero, sino por la pena que le da la niña, el joven artista empieza a bajar una o dos veces por semana, llevando sus telas y algunos colores para hablar de pintura y animarla a que dibuje y pinte. Durante semanas, crece entre ellos una extraña amistad. Y una tarde, cuando el pintor baja a verla, encuentra a Marie llorando.

- “¿Qué sucede mon cher?” le pregunta

Marie le cuenta de su relación con la enredadera y le dice:

- “Ayer cuando te fuiste, conté las hojas que quedaban. ¿Sabes? De las miles que habían entre sus ramas quedan nada mas que 28, y yo se lo que eso significa. Si se cayeran todas hoy mismo, no habría un mañana para mi.

El pintor le dice a Marie que una asociación como esta es una tontería, y que la vida seguirá de todas maneras. Ella no tiene que pensar en esto, tiene que practicar las escalas de colores, tiene que dibujas las manzanas que el le pidió. Si no, nunca llegará a exponer cuadros. De hecho, le cuenta, gracias a haber practicado mucho él mismo, debe embarcar hacia América, para una exposición.

Marie entristece. El mundo se le derrumba. Y mientras el pintor habla, un viento fuerte arranca tres hojas de un golpe y las deja caer violentamente en el patio.

- “Volveré en Mayo a mas tardar” está siguiendo el pintor. “Allí, si has practicado, iremos a pintar en la campilla y te enseñaré a pintar con oleos.

- “No se si estaré cuando regreses, pintor” contesta Marie. “Depende…depende de la enredadera”.

El artista, que se ha encariñado con la jovencita, la abraza y le indica cómo hacer para ocuparse de pintar manzanas, hasta que él regrese.

Cada día, la niña controla desde su ventana la cantidad de hojas que quedan en la enredadera. Cada mañana, registra un dolor en el pecho cuando comprueba que en la noche, alguna de sus acompañantes ha caído para siempre. 

- “¿Qué pasa, hija?” pregunta la madre después de una agitada y febril noche.

- “Mira mamá” dice Marie señalando por la ventana. “Sólo quedan tres hojitas. Una abajo, junto al cantero ¿la ves?, otra en la mitad de la pared y una mas, solita, arriba de todo, al lado de la ventana del pintor. Tengo miedo mamá.

- “No te asustes” contesta la madre, con una convicción que no tiene. “Esas hojitas van a aguantar, faltan nada mas que dos semanas para que llegue la primavera”.

La mirada divertida de Marie se ha vuelto una obsesión de control de las pobres tres hojas.

Una noche, en medio de una feroz tormenta de viento y lluvia, la hoja de en medio se suelta de su amarre y vuela lejos. Marie, no dice nada, pero redobla sus rezos para pedirle al buen Dios que proteja sus dos únicas hojas. 

- “Mamá” gritó una mañana “¡Mamá! Ven aquí mamá”

- “¿Qué pasa hija?”

- “Queda solo una mami…solo una. La de abajo del todo de cayó anoche. Me voy a morir mamá. Debes tener fe hijita. Además…además falta muy poco y todavía queda una hoja”.

- “Si, pero hace un rato la vi temblar…Tápame mamá. Tengo frío”.

La madre la arropa con sus cobijas y sale por unos paños fríos. La niña vuela de fiebre. En los pocos momentos en que Marie está despierta, mira por la ventana a la única hoja que todavía resiste. La pequeña hoja marrón-verdoso, solitaria, que se aferra a la punta de la enredadera. Y la niña cruza instintivamente los dedos, pidiendo, internamente, a la hojita, que resista para que ella también pueda salvarse.

Y la hoja, resiste. Nieve. Lluvia. Viento. La hoja resiste. Y una mañana, mientras Marie mira a su esperanza, ve que un rayo de sol ilumina la hoja y descubre que a su lado, mas abajo, en la enredadera, hay pequeños brotes verdes, que han empezado a nacer.

- “¡Mami, mami! La hoja ha resistido. Llegó la primavera mami, ¿no es maravilloso?”

Y la madre dice: - “Si hija. Es maravilloso”. Pero no está pensando en la enredadera, sino en que su hija, también se ha salvado.

Pasan los días. La niña sigue mejorando. Y su primera salida a la calle, es al edificio de enfrente ha preguntar por su amigo el pintor. La casera se sorprende de verla y la besa con sincera alegría.

- “Me pone contenta que estés bien” le dice. “Tu amigo el pintor todavía no volvió, pero me aseguró que en unas semanas lo tendremos aquí. Mando esta carta para ti”. Y le alarga un sobre, desde América que dice “Para entregar a mi amiga Marie”.

Marie rasga el sobre. Está tan excitada. Hola Mari. Tal como ves, todo ha pasado. Para cuando leas esto faltaran días para retomar nuestras clases de pintura. Yo he comprado nuevos oleos y nuevos pinceles, así que quiero regalarte los que fueron míos. Dile a la casera que te abra mi departamento, y llevate mis cosas. Practica mucho. Recuerda las manzanas. 

La niña salta de alegría. Entra en la pequeña buhardilla por sus pinturas. Una vez allí, se acerca a la ventana para recoger el atril del pintor y ve desde el cuarto, su propia cama en el edificio de enfrente. Marie abre el ventanal e instintivamente busca su amiga la hoja heroica. La que aguanto todo. La más fuerte de todas las hojas. Y la ve. Está allí. En la pared. A un costado. Muy cerca del marco de madera de la ventana. Pero no es una hoja verdadera. Es una hoja pintada para ella en la pared de ladrillos, por su amigo el pintor...."


Nota: Dedicado a mis dos héroes cotidianos favoritos, mi padre y mi madre, a los que un día, quizá, pueda llegar a parecerme.


Lo que nos cuenta la física


Resolvemos problemas condicionados por nuestro conocimiento.

Decía Maslow "Cuando la única herramienta que tienes es un martillo, todo problema comienza a parecerse a un clavo", cita que probablemente proviene de una anterior de Abraham Kaplan "Si le das a un niño un martillo, le parecerá que todo lo que encuentra necesita un golpe".

Es por ello que, probablemente, tratamos de dotar a nuestros "alumnos" de un buen número de herramientas, entre las que deberán elegir aquella que mejor se adapte a la resolución del problema.

El problema para el "profesor", ahora, es que él ya tiene en su mente la utilidad de cada herramienta que enseña...y es así que solemos enseñar al mismo tiempo la herramienta y su utilidad o utilidades; resulta, además, que todos, a un mismo nivel, solemos enseñar las mismas herramientas, con lo que la mayoría solemos abordar la resolución de un problema desde un prisma parecido a aquellos que nos rodean (hemos sido enseñados en serie).

Esto siempre me ha hecho pensar que mis "alumnos" (jugadores) serán tan buenos o tan malos como bueno o malo sea aquello que les enseño, y el gran reto debiera ser que fueran mejores que aquello que les enseño.

Richard Feynman, uno de los mejores físicos de la historia y premio Nobel en 1965, se hizo famoso por acudir al departamento de matemáticas de distintas escuelas y resolver problemas matemáticos que ningún alumno brillante de doctorado era capaz de resolver... y ¿qué hacía que él pudiera resolverlos? pues él mismo cuenta que se debía a una forma muy particular de afrontar los problemas, nacida de una forma peculiar de aprender Cálculo Infinitesimal, fue autodidacta usando como referencia un único libro que una profesora le había dado años antes (no aprendió con los libros ni las metodologías del resto), esto le permitía ver los problemas de formas muy distintas a aquellas que seguían los que habían aprendido de forma tradicional.

Decía Einstein que "en tiempos de crisis más importante que el conocimiento es la imaginación", imaginación que usó para enunciar la teoría de la relatividad y que rompía todos los esquemas mentales que había hasta ese momento, hasta el punto que su teoría se pudo demostrar por los múltiples experimentos que se hacían para demostrar que era falsa y que daban como resultado la veracidad de lo enunciado para asombro de quienes llevaban el experimento a cabo.

Mi gran reto, y quizá el reto de todos los que enseñamos, sea ser capaces de enseñar a aprender y dejar el suficiente espacio y tiempo al "alumno" para que pueda desarrollar su talento natural más allá de enseñarle aquellas herramientas y las utilidades que conocemos de éstas (que también).

Cuando me pongo a filosofar sobre como debiera ser la enseñanza me suelo acordar (esta vez no es un cuento) de una anécdota que solía contar el premio Nobel de Química en 1908 Sir Ernest Rutherford en la que el protagonista era el físico Niels Bohr, premio Nobel de Fisica en 1922, que fue el primero en proponer un modelo de átomo con protones, neutrones y electrones,  mientras era estudiante.

El examen de Física:

Hace algún tiempo, recibí la llamada de un colega. Estaba a punto de poner un cero a un estudiante por la respuesta que había dado en un problema de física, pese a que éste afirmaba rotundamente que su respuesta era absolutamente acertada.

Profesores y estudiantes acordaron pedir arbitraje de alguien imparcial y fui elegido yo. Leí la pregunta del examen y decía: Demuestre cómo es posible determinar la altura de un edificio con la ayuda de un barómetro (instrumento para medir la presión atmosférica - aclaración mía para quien no esté puesto en física).

El estudiante había respondido: 
"Llevo el barómetro a la azotea del edificio y le ato una cuerda muy larga.Lo descuelgo hasta la base del edificio, marco y mido. La longitud de la cuerda es igual a la longitud del edificio."

Realmente, el estudiante había planteado un serio problema con la resolución del ejercicio, porque había respondido a la pregunta correcta y completamente. Por otro lado, si se le concedía la máxima puntuación, podría alterar el promedio de su año de estudio, obtener una nota más alta y así certificar su alto nivel en física; pero la respuesta no confirmaba que el estudiante tuviera ese nivel.

Sugerí que se le diera al alumno otra oportunidad. Le concedí seis minutos para que me respondiera la misma pregunta pero esta vez con la advertencia de que en la respuesta debía demostrar sus conocimientos de física. Habían pasado cinco minutos y el estudiante no había escrito nada. Le pregunté si deseaba marcharse, pero me contestó que tenía muchas respuestas al problema. Su dificultad era elegir la mejor de todas.

Me excusé por interrumpirle y le rogué que continuara.

En el minuto que le quedaba escribió la siguiente respuesta: tomo el barómetro y lo lanzo al suelo desde la azotea del edificio, calculo el tiempo de caída con un cronómetro. Después se aplica la fórmula altura = 1/2 x Aceleración x  t^2. Y así obtenemos la altura del edificio.

En este punto le pregunté a mi colega si el estudiante se podía retirar. Le dio la nota más alta.

Tras abandonar el despacho, me reencontré con el estudiante y le pedí que me contara sus otras respuestas a la pregunta.
Bueno, respondió, hay muchas maneras, por ejemplo: tomas el barómetro en un día soleado y mides la altura del barómetro y la longitud de su sombra. Si medimos a continuación la longitud de la sombra del Edificio y aplicamos una simple proporción, obtendremos también la altura del edificio. Perfecto, le dije, ¿y de otra manera?
Si, contestó, éste es un procedimiento muy básico para medir la altura de un edificio, pero también sirve. En este método, tomas el barómetro y te situás en las escaleras del edificio, en la planta baja. Según subes las escaleras, vas marcando la altura del barómetro y cuentas el número de marcas hasta la azotea. Multiplicas al final la altura del barómetro por el número de marcas que has hecho y ya tienes la altura. Este es un método muy directo. Por supuesto, si lo que quiere es un procedimiento más sofisticado, puede atar el barómetro a una cuerda y moverlo como si fuera un péndulo. Si calculamos que cuando el barómetro está a la altura de la azotea la gravedad es cero y si tenemos en cuenta la medida de la aceleración de la gravedad al descender el barómetro en trayectoria circular al pasar por la perpendicular del edificio, de la diferencia de estos valores, y aplicando una sencilla fórmula trigonométrica, podríamos calcular, sin duda, la altura del edificio.

En este mismo estilo de sistema, atas el barómetro a una cuerda y lo descuelgas desde la azotea a la calle. Usándolo como un péndulo puedes calcular la altura midiendo su período de precisión.

En fin, concluyó, existen otras muchas maneras. Probablemente, la mejor sea tomar el barómetro y golpear con él la puerta de la casa del portero Cuando abra, decirle: "Señor portero, aquí tengo un bonito barómetro. Si usted me dice la altura de este edificio, se lo regalo".

En este momento de la conversación, le pregunté si no conocía la respuesta convencional al problema (la diferencia de presión marcada por un barómetro en dos lugares diferentes nos proporciona la diferencia de altura entre ambos lugares) Evidentemente, dijo que la conocía, pero que durante sus estudios, sus profesores habían intentado enseñarle a pensar.


Nota: No sé si seré capaz de enseñar a aprender, si sé que yo sigo aprendiendo a enseñar.


Arreglar el mundo



Muchas son las veces en las que nos gustaría cambiar el mundo y los motivos para hacerlo múltiples; sin embargo cuando queremos cambiar algo sentimos una gran sensación de impotencia al percatarnos del poco impacto que nuestras acciones pueden tener en un entorno global, y muchas veces desistimos de cualquier acción antes siquiera de empezar con ella... aún así, algunos se ponen en marcha y actúan, entienden que todo gran viaje empieza con un primer paso... decía Ghandi "Sé tú el cambio que quieres ver reflejado en el mundo".

Cuando el cambio que desearíamos ver es mucho más humilde y en lugar de un cambio universal nos conformamos con un cambio en nuestro entorno más cercano (familia, amigos, equipo, colaboradores...) entonces nos sentimos mucho más seguros de poder afrontarlo, en este caso el problema a veces surge por la disonancia que hay entre aquello que queremos "enseñar" o "cambiar" y nuestro propio comportamiento; recuerdo situaciones en las que alguien ha entrado en un vestuario, en el descanso de un partido, gritando, pateando la papelera, dando un portazo, golpeando la pizarra, etc... para acto seguido pedir calma a los jugadores!!! (No es lo que decimos, es lo que hacemos); en otras ocasiones nos encontramos aconsejando sobre actitudes que nosotros no nos aplicamos a nosotros mismos, seguro que os vienen a la cabeza unas cuantas situaciones de estas... reflejadas en el famoso refrán "consejos vendo que para mí no tengo".

Y como siempre hay un cuento que me recuerda todo esto, en este caso de Gabriel García Márquez:

"Arreglar el mundo"

Un científico, que vivía preocupado con los problemas del mundo, estaba resuelto a encontrar los medios para aminorarlos. Pasaba sus días en su laboratorio en busca de respuesta para sus dudas.

Cierto día, su hijo de seis años invadió su santuario, decidido a ayudarlo a trabajar. El científico, nervioso por la interrupción, le pidió al niño que fuese a jugar a otro lado. Viendo que era imposible sacarlo, el padre pensó en algo que pudiera entretenerlo. De repente se encontró con una revista, en donde había un mapa con el mundo, justo lo que precisaba. Con unas tijeras, recortó el mapa en varios pedazos y junto con un rollo de cinta, se lo entregó a su hijo diciendo:

– Como te gustan los rompecabezas, te voy a dar el mundo todo roto para que lo repares sin la ayuda de nadie.

Entonces calculó que al pequeño le llevaría 10 días componer el mapa, pero no fue así. Pasadas algunas horas, escuchó la voz del niño que lo llamaba calmadamente:

– Papá, papá, ya hice todo, conseguí terminarlo.

Al principio el padre no creyó en el niño. Pensó que sería imposible que, a su edad, hubiera conseguido componer un mapa que jamás había visto antes. Desconfiado, el científico levantó la vista de sus anotaciones, con la certeza de que vería el trabajo digno de un niño. Para su sorpresa, el mapa estaba completo. Todos los pedazos habían sido colocados en sus debidos lugares. ¿Cómo era posible?¿Cómo el niño había sido capaz?

– Hijito, tu no sabías cómo era el mundo, cómo lo lograste?

– Papá, yo no sabía cómo era el mundo, pero cuando sacaste el mapa de la revista para recortarlo, vi que del otro lado estaba la figura del hombre. Así, que di vuelta a los recortes, y comencé a recomponer al hombre, que sí sabía como era.

Cuando conseguí arreglar al hombre, di vuelta a la hoja y vi que había arreglado al mundo.



Necesitados de apoyo



Los seres humanos somos seres sociales, necesitamos de la compañía y la colaboración de los demás para poder subsistir. 

Es evidente el beneficio que tiene poder rodearte de otras personas que complementen tus conocimientos en aquellas materias que te son necesarias para conseguir un fin, ya sea mejorar un equipo de baloncesto, fabricar un nuevo producto, afrontar una negociación, etc... Es la magnitud del proyecto y nuestro conocimiento la que determinará la necesidad o no de poder afrontar un reto en solitario o si será necesario la colaboración de muchos.

Algunos a veces somos demasiado presuntuosos y creemos tener el conocimiento necesario para afrontar proyectos que en realidad es mucho mejor llevar a cabo en equipo.

Sin embargo hay pequeños proyectos, o pasos pequeños dentro de proyectos más grandes, para los que uno puede estar perfectamente preparado, pero nos resulta muy difícil hacerlo sin contar con alguien al lado. En estos casos, esa compañía sólo calma nuestra necesidad de sabernos acompañados, eso nos da seguridad, aunque lo que nos pueda aportar a nivel de conocimiento haya dejado de ser importante; lo que se ha convertido en importante es la compañía, el no sentirnos sólos.

Esta sensación seguro que la hemos tenido todos en algún momento de nuestras vidas, ya sea a nivel personal o a nivel profesional, se me ocurre el momento en que aprendemos a conducir, tras unas clases prácticas estamos preparados para tomar el control sin nadie al lado, pero nos da miedo el primer día que el profesor ya no está a nuestro lado para pisar el freno o avisarnos de un peligro que no hemos visto en el retrovisor, nos sentimos seguros con él al lado, necesitamos su compañía, aunque él mismo nos haya avisado hace ya 10 clases que estamos preparados para ir al examen y conducir por nosotros mismos.

A veces ocurre que más importante que el conocimiento es la ilusión con la que alguien te presta esa ayuda, y todavía más importante es saber reconocer que alguien te ha ayudado sin que él fuera consciente de que lo estaba haciendo.

Y hay un cuento, para mí maravilloso, que como todo cuento puede tener múltiples lecturas pero que a mí me gusta relacionarlo con lo que acabo de contar.

¿Quién guía a quién?

Aquel año el invierno neoyorquino se extendió lánguidamente hasta finales de abril. Como vivía sola y era ciega, tendía a permanecer en casa gran parte del tiempo. 

Por fin, un día el frío desapareció y entró la primavera, llenando el aire con una fragancia penetrante y alborozadora . Por la ventana de atrás, un alegre pajarito gorjeaba con persistencia, invitándome a salir. 

Consciente de lo caprichoso que es abril, me aferré a mi abrigo de invierno pero, como una concesión al cambio de temperatura, dejé mi bufanda de lana, mi sombrero y mis guantes. Tomando mi bastón de tres picos salí alegremente al pórtico que lleva directamente a la calle. Levanté la cara hacia el sol, dándole una sonrisa de bienvenida en reconocimiento por su calidez y su promesa. 

Mientras caminaba por la calle cerrada donde vivo , mi vecino me saludó con un "hola" musical y preguntó si deseaba que me condujera a alguna parte. "No, gracias" respondí. " Mis piernas han estado descansando todo el invierno y mis articulaciones necesitan desesperadamente de ejercicio, así que iré caminando". 

Al llegar a la esquina aguardé, como era mi costumbre, a que alguna persona me permitiera atravesar con ella la calle cuando el semáforo estuviera en verde. 

El sonido del tráfico me pareció un poco más largo que de costumbre, y sin embargo, nadie se ofreció a ayudarme. 

Permanecí allí pacientemente y comencé a canturrear una melodía que recordaba. Era una canción de bienvenida a la primavera que había aprendido de niña en la escuela. 

De repente, una voz masculina, fuerte y bien modulada, me habló : 

"Parece un ser humano muy alegre", dijo. "¿Me daría el placer de acompañarla al otro lado de la calle?". 

Adulada por tanta caballerosidad, asentí sonriendo, musitando un "sí" apenas inteligible. 

Con amabilidad me rodeó el brazo con su mano y bajamos de la acera. Mientras avanzábamos lentamente, habló del tema más obvio -el clima- y qué bueno era estar vivo en un día como aquel. 

Caminábamos al mismo paso y era difícil saber quién conducía a quién. 

Apenas habíamos llegado al otro lado cuando una y otra vez comenzaron a escucharse las impacientes bocinas; seguramente había cambiado el semáforo. 

Dimos algunos pasos más para alejarnos de la esquina. 

Me volví hacia él para agradecer su ayuda y su compañía. Antes de que hubiera pronunciado una palabra, me habló: 

"No sé si sabe", dijo, "qué grato es encontrar a alguien tan alegre como usted que acompañe a un ciego como yo a atravesar la calle". 

Aquel día de primavera ha permanecido en mi memoria por siempre. 


Ojalá siempre podamos rodearnos de aquellos que nos hacen mejores y también de aquellos cuya simple compañía nos hace sentir que podemos conseguir lo que queramos.


Mío



Hace mucho tiempo alguien me dijo que una de las primeras palabras que aprende a decir un bebé (después de papá y/o mamá) es "mío"... es curioso como el sentimiento de propiedad florece temprano en el ser humano. Muchas veces ese sentimiento de propiedad conduce a la "necesidad" de acumular bienes y riqueza, es lo que llamamos codicia.

Y es curioso, el sentimiento de propiedad no se detiene en aquello que nos regalan o que compramos, ocurre que empezamos a sentirnos propietarios de aquello que usamos habitualmente, si la empresa nos "cede" un auto para nuestro trabajo pasamos a creernos propietarios de ese auto, renunciar al mismo más tarde es como perder algo que de verdad es de nuestra posesión... y ocurre que a veces nos sentimos propietarios de las personas, como si el compartir mucho tiempo con una persona nos convierta automáticamente en su dueño, como si el haber enseñado algo a alguien nos convierta en su propietario.

Soy un "geek" (pirado por las nuevas tecnologías y la informática), hasta el punto que aprendí a programar de forma autodidacta, leyendo unos pocos libros y "escacharrando" ordenadores y componentes electrónicos... y un día ví un discurso de Eduard Punset contestando a la entonces ministra de Cultura Ángeles González Sinde, ante una nueva ley que trataba de regular internet... os transcribo aquí sus palabras:

"Las redes sociales son importantísimas, y en esto ministra déjame que te diga un presentimiento que ahora tengo, que es fantástico que tengáis ganas de mirar en profundidad este tema, es un tema que va a crecer de una manera "implicada", por citar sólo un ejemplo hoy en Europa la publicidad digital representa ya un 40% del total, en España, desgraciadamente sólo representa el 12%, cuál es la tentación que podéis tener... estas ansias de impulsarla creará en algunos de vosotros la tentación de controlarlo, y hemos controlado o intentado controlar primero a las mujeres hasta que nos dimos cuenta que no eran propiedad nuestra, luego los hijos, el otro día en la rambla paré a una persona que estaba abofeteando y dando patadas a su hijo y le dije ¡Oye, no es tuyo!, no le trates así, y es verdad que no es suyo, y nos pasa lo mismo con los animales, yo espero que no nos pase lo mismo con internet...muchísimas gracias por vuestra atención"

Y hace poco encontré este bello poema de Khalil Gibran (filósofo libanés) que ahondó todavía más en esta percepción de que no somos propietarios, ni siquiera, de nuestros hijos... ¿Cómo íbamos a serlo entonces de nuestros empleados o jugadores?

Tus hijos no son tus hijos,
son hijos e hijas de la vida,
deseosa de sí misma.

No vienen de ti,
sino a través de ti,
y aunque estén contigo,
no te pertenecen.

Puedes darles tu amor,
pero no tus pensamientos,
pues ellos tienen sus propios pensamientos.

Puedes abrigar sus cuerpos,
pero no sus almas,
porque ellos
viven en la casa del mañana,
que no puedes visitar,
ni siquiera en sueños.

Puedes esforzarte en ser como ellos,
pero no procures hacerles semejantes a ti,
porque la vida no retrocede ni se detiene en el ayer.

Tú eres el arco del cual tus hijos,
como flechas vivas,
son lanzados.
Deja que la inclinación,
en tu mano de arquero,
sea para la felicidad.

Lo que sí que es MÍO es el placer de compartir experiencias con vosotros!!!