Mantener el foco



El ser humano suele ser muy influenciable por las opiniones ajenas... es algo genético y que llevamos a cuestas, queremos complacer a todo el mundo y muchas veces nos obsesionamos con las voces discordantes con aquello que estamos haciendo.
Decía Woody Allen "No conozco la clave del éxito, pero sé que la clave del fracaso es tratar de complacer a todo el mundo".

Y está bien escuchar a otros, aceptar las críticas y ser capaz de reflexionar sobre ellas, pero a veces ocurre que convertimos "reflexionar sobre ellas" en "aceptar como válido aquello que nos dicen sin más" y, cuando esto ocurre, cambiamos nuestro plan de acción sin más pretensión que complacer a quien nos "critica"... si el cambio viene de una reflexión serena y lo hacemos convencidos, entonces bienvenido sea el cambio, pero cuando el cambio viene sin convencimiento, simplemente por complacer, entonces solemos dar el primer paso hacia el peor de los viajes, al de no ser honesto contigo mismo, simplemente por temor, miedo, inseguridad...

Y es en los momentos en los que no obtenemos los resultados deseados cuando más arrecian las críticas, y es justo en esos momentos cuando más focalizados debemos estar en la resolución del problema y en aquello que para nosotros es importante y no en complacer por complacer; ser capaces de olvidarnos del ruido exterior y mantener el foco (reflexionando sí, pero de forma serena y coherente).

En esas situaciones en las que el ruido exterior se llega a hacer insoportable me gusta recordar este cuento que hoy comparto con vosotros y que me ayuda a centrarme en lo que de verdad creo que es importante:

El cuento de la serenidad

Un soberano de un gran reino se encontraba ya en una avanzada edad y quería asegurarse de que, antes de abandonar el mundo, le transmitía a su hijo una importante lección. A lo largo de las épocas más difíciles de su reinado, aquello había sido clave para mantenerse firme y conseguir que finalmente reinara en su país la paz y la armonía. Por alguna razón, el joven príncipe no acababa de entender lo que su padre le decía.

- Si, padre, comprendo que para ti es muy importante el equilibrio, pero creo que es más importante la astucia y el poder.

Un día cuando el rey cabalgaba con su corcel, tuvo una gran idea.

- Tal vez mi hijo no necesita que yo se lo repita más veces, sino verlo representado de alguna manera.

Llevado por un lógico entusiasmo, convocó a las personas más importantes de su corte en el salón principal del palacio. 

- Quiero que se convoque un concurso de pintura, el más grande e importante que se haya nunca creado. Los pregoneros han de hacer saber en todos los lugares del mundo que se dará una extraordinaria recompensa al ganador del concurso.

- Majestad, preguntó uno de los nobles, ¿cuál es el tema del concurso?

 – El tema es la serenidad, el equilibrio. Solo una orden os doy. Bajo ningún concepto rechacéis ninguna obra, por extraña que os parezca o por disgusto que os cause.

Aquellos nobles se alejaron sin entender muy bien la sorprendente instrucción que el rey les había dado.

De todos los lugares del mundo conocido acudieron maravillosos cuadros. Algunos de ellos mostraban mares en calma, otros cielos despejados en los que una bandada de pájaros planeaba creando una sensación de calma, paz y serenidad.

Los nobles estaban entusiasmados ante cuadros tan bellos.

- Sin duda su majestad el rey va a tener muy difícil elegir el cuadro ganador entre obras tan magníficas.

De repente, ante el asombro de todos, apareció un cuadro extrañísimo. Pintado con tonos oscuros y con escasa luminosidad, reflejaba un mar revuelto en plena tempestad en el que enormes olas golpeaban con violencia las rocas oscuras de un acantilado. El cielo aparecía cubierto de enormes y oscuros nubarrones.

Los nobles se miraron unos a otros sin salir de su incredulidad y pronto irrumpieron en burlas y carcajadas.

- Solo un demente podría haber acudido a un concurso sobre la serenidad con un cuadro como éste. 

Estaban a punto de arrojarlo fuera de la sala cuando uno de los nobles se interpuso diciendo:

- Tenemos una orden del rey que no podemos desobedecer. Nos dijo que no se podía rechazar ningún cuadro por extraño que fuese. Aunque no hayamos entendido esta orden, procede de nuestro soberano y no podemos ignorarla.

- Está bien, dijo otro de los nobles, pero poned ese cuadro en aquel rincón, donde apenas se vea.

Llegó el día en el que su majestad el rey tenía que decidir cuál era el cuadro ganador. Al llegar al salón de la exposición su cara reflejaba un enorme júbilo y, sin embargo, a medida que iba viendo las distintas obras su rostro transmitía una creciente decepción.

- Majestad, ¿es que no os satisface ninguna de estas obras? Preguntó uno de los nobles.

- Si, si son muy hermosas, de eso no cabe duda, pero hay algo que a todas ellas les falta.

El rey había llegado al final de la exposición sin encontrar lo que tanto buscaba cuando, de repente, se fijó en un cuadro que asomaba en un rincón.

- ¿Qué es lo que hay allí que apenas se ve?

- Es otro cuadro majestad

- ¿Y por qué lo habéis colocado en un lugar tan apartado?

- Majestad, es un cuadro pintado por un demente, nosotros lo habríamos rechazado, pero siguiendo vuestras órdenes de aceptar todos los que llegaran, hemos decidido colocarlo en un rincón para que no empañe la belleza del conjunto.

El rey, que tenía una curiosidad natural, se acercó a ver aquel extraño cuadro, que, en efecto, resultaba difícil de entender. Entonces hizo algo que ninguno de los miembros de la corte había hecho y que era acercarse más y fijarse bien. Fue entonces cuando, súbitamente, todo su rostro se iluminó y, alzando la voz, declaró:

- Éste, éste es, sin duda, el cuadro ganador.

Los nobles se miraron unos a otros pensando que el rey había perdido la cabeza. Uno de ellos tímidamente le preguntó:

- Majestad, nunca hemos discutido vuestros dictámenes, pero ¿qué veis en ese cuadro para que lo declaréis ganador?

- No lo habéis visto bien, acercaos.

Cuando los nobles se acercaron, el rey les mostró algo entre las rocas. Era un pequeño nido donde había un pajarito recién nacido. La madre le daba de comer, completamente ajena a la tormenta que estaba teniendo lugar.

El rey les explicó qué era lo que tanto le ansiaba trasmitir a su hijo el príncipe.

- La serenidad no surge de vivir en las circunstancias ideales como reflejan los otros cuadros con sus mares en calma y sus cielos despejados. La serenidad es la capacidad de mantener centrada tu atención en medio de la dificultad, en aquello que para ti es una prioridad.

El valor del anillo


Desde siempre me ha llamado la atención cómo nos afecta en nuestra vida lo que los demás opinan de nosotros; es cierto que somos "animales" sociales y que por tanto ser admitido en un grupo es importante; sin embargo ocurre que a veces buscamos la aprobación de todos, sin darnos cuenta que esa aprobación "global" es una quimera.
Recuerdo oir a Jorge Valdano decir, cuando era entrenador del Real Madrid de fútbol, que siempre empezaba los partidos con al menos 200 personas en contra en la grada, los familiares de los jugadores que ni siquiera habían sido convocados.
Woody Allen decía que "No sé cual es la clave del éxito pero sé que la clave del fracaso es intentar complacer a todo el mundo".
Y aún sabiendo que no puedes complacer a todo el mundo, ¿cuántas veces nos planteamos nuestra propia valía en función de la opinión de los demás?
Hace unos días hablaba con un entrenador de baloncesto sobre como cambia un jugador en cuanto siente que tiene la confianza de un entrenador; siendo el mismo, no siempre funcionamos en circunstancias distintas... a veces algo funciona en un entorno y no funciona en otro, incluso parecido, y puede que el hecho de que funcionemos o no en algunas situaciones dependa simplemente de la percepción que tenemos de lo que opinan los demás de nosotros.
Y yo, como creo que muchos, he tenido en algunos momentos crisis de autoestima, de creer que no era capaz de afrontar determinados retos porque alguien opinaba que no sería capaz (ver artículo anterior); ahora cuando eso me ocurre suelo recurrir a un fondo de pantalla que tengo en el ordenador con una foto de la Vía Láctea (hablaré de ello en otro artículo) ó bien a este cuento de Jorge Bucay con el objetivo de recuperar mi autoestima y seguir adelante:

El verdadero valor del anillo:

- Vengo, maestro, porque me siento tan poca cosa que no tengo ganas de hacer nada. Me dicen que no sirvo, que no hago nada bien, que soy torpe y bastante tonto. ¿Cómo puedo mejorar? ¿Qué puedo hacer para que me valoren más?
El maestro, sin mirarlo, le dijo "Cuánto lo siento, muchacho. No puedo ayudarte, ya que debo resolver primero mi propio problema. Quizá después...". Y, haciendo una pausa, agregó "Si quisieras ayudarme tú a mí, yo podría resolver este tema con más rapidez y después tal vez te pueda ayudar".
- E...encantado, maestro - titubeó el joven, sientiendo que de nuevo era desvalorizado y sus necesidades postergadas.
- Bien - continuó el maestro. Se quitó un anillo que llevaba en el dedo meñique de la mano izquierda y, dándoselo al muchacho, añadió - : Toma el caballo que está ahí fuera y cabalga hasta el mercado. Debo vender este anillo porque tengo que pagar una deuda. Es necesario que obtengas por él la mayor suma posible, y no aceptes menos de una moneda de oro. Vete y regresa con esa moneda lo más rápido que puedas.
El joven tomó el anillo y partió. Apenas llegó al mercado, empezó a ofrecer el anillo a los mercaderes, que lo miraban con algo de interés hasta que el joven decía lo que pedía por él.
Cuando el muchacho mencionaba la moneda de oro, algunos reían, otros le giraban la cara y tan sólo un anciano fue lo bastante amable como para tomarse la molestia de explicarle que una moneda de oro era demasiado valiosa como para entregarla a cambio de un anillo. Con afán de ayudar, alguien le ofreció una moneda de plata y un recipiente de cobre, pero el joven tenía instrucciones de no aceptar menos de una moneda de oro y rechazó la oferta.
Después de ofrecer la joya a todas las personas que se cruzaron con él en el mercado, que fueron más de cien, y abatido por su fracaso, montó en su caballo y regresó.
Cuánto hubiera deseado el joven tener una moneda de oro para entregársela al maestro y liberarlo de su preocupación, para poder recibir al fin su consejo y ayuda.
Entró en la habitación.
- Maestro - dijo-, lo siento. No es posible conseguir lo que me pides. Quizás hubiera podido conseguir dos o tres monedas de plata, pero no creo que yo pueda engañar a nadie respecto del verdadero valor del anillo.
- Eso que has dicho es muy importante, joven amigo - contestó sonriente el maestro -. Debemos conocer primero el verdadero valor del anillo. Vuelve a montar tu caballo y ve a ver al joyero. ¿Quién mejor que él puede saberlo? Dile que desearías vender el anillo y pregúntale cuánto te da por él. Pero no importa lo que te ofrezca, no se lo vendas. Vuelve aquí con mi anillo.
El joven volvió a cabalgar.
El joyero examinó el anillo a la luz del candil, lo miró con su lupa, lo pesó y luego le dijo al chico:
- Dile al maestro, muchacho, que si lo quiere vender ya mismo, no puedo darle más de cincuenta y ocho monedas de oro por su anillo.
- ¿Cincuenta y ocho monedas? - exclamó el joven.
- Sí - replicó el joyero-. Yo sé que con tiempo podríamos obtener por él cerca de setenta monedas, pero si la venta es urgente...
El joven corrió emocionado a casa del maestro a contarle lo sucedido.
- Siéntate- dijo el maestro después de escucharlo- . Tú eres como ese anillo: una joya, valiosa y única. Y como tal, sólo puede evaluarte un verdadero experto. ¿Por qué vas por la vida pretendiendo que cualquiera descubra tu verdadero valor?
Y, diciendo esto, volvió a ponerse el anillo en el dedo meñique de su mano izquierda.