Así como somos



Varias veces, ejerciendo de profesor en algún curso de entrenador de baloncesto, me han preguntado cómo debe de ser un entrenador para ser un buen entrenador.

Reconozco que yo mismo me he hecho esa misma pregunta, no sólo en el ámbito profesional del baloncesto sino también en otros ámbitos de mi vida.

Y la pregunta no deja de ser curiosa, no preguntamos qué conocimientos debemos tener, ni siquiera preguntamos qué habilidaes debemos desarrollar, la pregunta, bien o mal planteada, está enunciada poniendo el enfoque en el "ser"... ¿Cómo debo ser para...?

Imagino que cuando trasladamos una pregunta de este calado a alguien, no nos damos cuenta de la verdadera profundidad de la cuestión... como si una respuesta pudiera orientarnos a cambiar nuestro ser de una forma más o menos inmediata.

Recuerdo que alguien me contó una anecdota sobre esta misma pregunta formulada en un clinic de baloncesto al ponente del mismo; la respuesta, que probablemente no convenció a quien preguntaba, a mí me pareció fantástica; el ponente le puso el ejemplo de 3 entrenadores universitarios de reconocido prestigio en Estados Unidos, los 3 varias veces campeones de la NCAA (liga universitaria) los 3 forman, actualmente, parte del "Salón de la Fama", cada uno de ellos de un carácter diametralmente opuesto al de los otros dos... ¿Cómo debes ser para ser un buen entrenador? ¡¡¡ Debes ser tú mismo !!!

A veces nos obsesionamos con ser copias de otros. Tratando de reproducir modelos de éxito nos olvidamos de nuestra propia esencia. Y no digo que sea malo copiar a otros, pero debemos hacerlo añadiendo nuestro propio toque a la receta que nos disponemos a cocinar, de lo contrario sólo seremos una mala copia de alguien que en verdad es original.

Y ocurre que, estando convencidos de estar actuando como debemos hacerlo, fieles a nuestra esencia, los resultados que obtenemos no son los que deseamos, entonces siempre hay alguien que te recomienda cambiar en aras de obtener dichos resultados, como si alguien te pudiera garantizar al 100% que siendo de una manera concreta obtendrías el resultado deseado todas las veces.

Decía Steve Jobs en su discurso de graduación en Stanford "No dejes que los ruidos de las opiniones de los demás acallen tu propia voz interior. Y, lo que es más importante, ten el coraje para hacer lo que te dicen tu corazón y tu intuición"

Estoy convencido que si alguna vez de verdad  cambiamos nuestra esencia, no será por un modelo de éxito externo, será por convencimiento propio, de lo contrario el cambio no será más que un disfraz temporal que no podrá ocultar nuestro verdadero ser.

Y este es un cuento que me recuerda, pese a los arañazos, mordiscos y decepciones que nos da la vida que cada uno tenemos unos valores que nos guían en nuestro día a día.

El maestro y el escorpión
Un maestro oriental, cuando vió como un escorpión se estaba ahogando, decidió sacarlo del agua. Cuando lo hizo, el escorpión le picó. Por la reacción al dolor, el maestro lo soltó, y el animal cayó al agua y de nuevo estaba ahogándose.
El maestro intentó sacarlo otra vez, y otra vez el escorpión le picó.
Alguien, que había observado todo, se acercó al maestro y le dijo:
- Perdone... ¡pero usted es terco! ¿No entiende que cada vez que intente sacarlo del agua le picará?
El maestro respondió:
- La naturaleza del escorpión es picar y eso no va a cambiar la mía que es ayudar.
Y entonces, ayudándose de una hoja, el maestro sacó al animalito del agua y le salvó la vida.

Nota: Dedicado a todos los que tienen la fortaleza de seguir siendo ellos mismos cuando los demás ya nos hemos dado por vencidos.


La suerte



A lo largo de  la vida van sucediendo acontecimientos que, en el mismo momento en que acontecen, catalogamos como de buena o mala suerte, y es curioso ver como sucesos que tildamos como de buena suerte acabaron convirtiéndose en una pesadilla y como otros que tildamos como de mala suerte acabaron siendo una bendición en nuestro camino.

Algunos dicen que las cosas siempre pasan  por algo, y no me refiero a las premisas para que algo suceda, me refiero a que entienden que cuando algo te pasa es por algo que está por venir... yo, sinceramente, no creo que sea así; las cosas pasan ¡Punto!,  y lo que vivimos hoy está condicionado por las reacciones que tuvimos ante aquello que nos iba sucediendo, lo que vivimos hoy no es el resultado de algo que pasó y que estaba predestinado a hacernos vivir algo concreto... como decía Steve Jobs (discurso de graduación promoción 2005 Universidad de Stanford) no podemos unir los puntos a futuro, los puntos sólo tienen sentido cuando se unen mirando al pasado.

Y hay un cuento que viene a reflejar estas situaciones que concebimos como de mala o buena suerte en el momento en el que ocurren, que me recuerda que el hecho de que sean de verdad buena o mala suerte no dependen de los hechos en sí sino de lo que suceda después y de cómo unamos los puntos mirando al pasado.

Buena suerte, mala suerte:

Una historia china habla de un anciano labrador, viudo y muy pobre, que vivía en una aldea, también muy necesitada.

Un cálido día de verano, un precioso caballo salvaje, joven y fuerte, descendió de los prados de las montañas a buscar comida y bebida en la aldea. Ese verano, de intenso sol y escaso de lluvias, había quemado los pastos y apenas quedaba gota en los arroyos. De modo que el caballo buscaba desesperado la comida y bebida con las que sobrevivir.

Quiso el destino que el animal fuera a parar al establo del anciano labrador, donde encontró la comida y la bebida deseadas. El hijo del anciano, al oír el ruido de los cascos del caballo en el establo, y al constatar que un magnífico ejemplar había entrado en su propiedad, decidió poner la madera en la puerta de la cuadra para impedir su salida.

La noticia corrió a toda velocidad por la aldea y los vecinos fueron a felicitar al anciano labrador y a su hijo. Era una gran suerte que ese bello y joven rocín salvaje fuera a parar a su establo. Era en verdad un animal que costaría mucho dinero si tuviera que ser comprado. Pero ahí estaba, en el establo, saciando tranquilamente su hambre y sed.

Cuando los vecinos del anciano labrador se acercaron para felicitarle por tal regalo inesperado de la vida, el labrador les replicó: “¿Buena suerte? ¿Mala suerte? ¡Quién sabe!”. Y no entendieron…

Pero sucedió que, al dia siguiente, el caballo ya saciado, al ser ágil y fuerte como pocos, logró saltar la valla de un brinco y regresó a las montañas. Cuando los vecinos del anciano labrador se acercaron para condolerse con él y lamentar su desgracia, éste les replicó: “¿Mala suerte? ¿Buena suerte? ¡Quién sabe!”. Y volvieron a no entender…

Una semana después, el joven y fuerte caballo regresó de las montañas trayendo consigo una caballada inmensa y llevándoles, uno a uno, a ese establo donde sabía que encontraría alimento y agua para todos los suyos. Hembras jóvenes en edad de procrear, potros de todos los colores, más de cuarenta ejemplares seguían al corcel que una semana antes había saciado su sed y apetito en el establo del anciano labrador. ¡Los vecinos no lo podían creer! De repente, el anciano labrador se volvía rico de la manera más inesperada.  Su patrimonio crecía por fruto de un azar generoso con él y su familia. Entonces los vecinos felicitaron al labrador por su extraordinaria buena suerte. Pero éste, de nuevo les respondió: “¿Buena suerte? ¿Mala suerte? ¡Quién sabe!”. Y los vecinos, ahora sí, pensaron que el anciano no estaba bien de la cabeza. Era indudable que tener, de repente y por azar, más de cuarenta caballos en el establo de casa sin pagar un céntimo por ellos, solo podía ser buena suerte.

Pero al día siguiente, el hijo del labrador intentó domar precisamente al guía de todos los caballos salvajes, aquél que había llegado la primera vez, huído al día siguiente, y llevado de nuevo a toda su parada hacia el establo. Si le domaba, ninguna yegua ni potro escaparían del establo. Teniendo al jefe de la manada bajo control, no había riesgo de pérdida. Pero ese corcel no se andaba con chiquitas, y cuando el joven lo montó para dominarlo, el animal se encabritó y lo pateó, haciendo que cayera al suelo y recibiera tantas patadas que el resultado fue la rotura de huesos de brazos, manos, pies y piernas del muchacho. 

Naturalmente, todo el mundo consideró aquello como una verdadera desgracia. No así el labrador, quien se limitó a decir: “¿Mala suerte? ¿Buena suerte? ¡Quién sabe!”. A lo que los vecinos ya no supieron qué responder.

Y es que, unas semanas más tarde, el ejército entró en el poblado y fueron reclutados todos los jóvenes que se encontraban en buenas condiciones. Pero cuando vieron al hijo del labrador en tan mal estado, le dejaron tranquilo, y siguieron su camino. Los vecinos que quedaron en la aldea, padres y abuelos de decenas de jóvenes que partieron ese mismo día a la guerra, fueron a ver al anciano labrador y a su hijo, y a expresarles la enorme buena suerte que había tenido el joven al no tener que partir hacia una guerra que, con mucha probabilidad, acabaría con la vida de muchos de sus amigos. A lo que el longevo sabio respondió: 

¿Buena suerte? ¿Mala suerte? ¡Quién sabe!”.

Y me preguntaréis si creo o no en la suerte... y para contestar me remito a una cita (creo que de Winston Churchill) que venía a decir algo así: "Claro que creo en la suerte, si no creyera en la suerte...¿Cómo iba a poder explicar el éxito de los que no piensan como yo?"

¡¡¡Buena suerte a todos!!!