La magia del deseo



Hace unos 4 años jugaba mi primera Final Four con el Real Madrid de Baloncesto, en ese momento hacía 17 años que el Real Madrid no la disputaba; y si bien jugarla rompía con una mala racha que ya duraba demasiado, caer en el primer partido hizo saltar muchas ilusiones por los aires, incluída la mía.

Además la Final Four no es muy condescendiente con los perdedores del primer día, en el sentido de que aún deben esperar unas 48 horas antes de jugar por un "honorífico" partido por el tercer y cuarto puesto que prácticamente nadie quiere jugar, 

Recuerdo llegar al hotel esa misma noche, con la alegría contenida de los dos equipos ganadores y la tristeza más absoluta de los dos perdedores, entre los que me encontraba. Deprimido me subí a la habitación tras cenar en silencio con el resto del equipo (odio esas cenas post derrota) donde tenía dos opciones: echarme a llorar durante dos días o mirar hacia adelante y dejar de lamentarme por lo ocurrido... elegí lo segundo, busqué en internet y encontré una conferencia que me habían recomendado de Emilio Duró, la ví entera... y vaya subidón!!! dicen que son conferencias motivacionales, yo pienso que son conferencias de vida (he tenido la suerte de ver a Emilo en directo y recomiendo a quien pueda que vaya a una de sus conferencias, saldrás con un subidón de adrenalina, con numerosas lecciones de vida y con una sonrisa de oreja a oreja por cómo maneja la charla).

De aquella charla hubo una frase que me impactó, decía algo así como: "El ser humano es el único animal capaz de joderse la vida imaginando como será el futuro", preguntaba al público si sabía ¿qué hacía una manada de gacelas cuando un grupo de leones se avalanzaba y cazaba a una de ellas? La mayoría contestaban que seguir corriendo para alejarse, y él contestó que se detenían y seguían pastando pues sabían que los leones ya habían conseguido su objetivo, el ser humano seguiría corriendo, por si acaso, no fuera que los leones se hubieran quedado con hambre.

La posibilidad de imaginar es una de las capacidades del ser humano, y no es mala per sé, de hecho nos ha ayudado a evolucionar, el problema viene cuando tenemos una extraña tendencia a imaginarnos la peor de las situaciones para nosotros; imagino que tendrá que ver con el instinto de supervivencia que permanece intacto en nosotros desde los tiempos en los que nos jugábamos la vida en la sabana, pero ahora, muchos de esos pensamientos no tienen razón de ser... es más, dada la incapacidad que tiene el cerebro para distinguir entre aquello que imaginamos con intensidad y aquello que vivimos, las reacciones de estrés se dan como si lo estuviéramos viviendo en ese mismo momento.

Solemos poner en marcha proyectos movidos por la visión (imaginación) de cómo será el futuro cuando dicho proyecto esté funcionando, los beneficios que nos reportará, lo bien que nos hará sentir, etc... Pero muchas veces, cuando empezamos a tener los primeros contratiempos, cuando algún visionario nos avisa de que no funcionará, cuando no vemos los resultados de forma inmediata... cambiamos la visión que teniamos por los negros nubarrones que inundarán nuestra vida si el proyecto no sale como esperábamos, nos entran las dudas, los temores... La ilusión que antes nos movía se ha transformado en un muro que no sabemos traspasar y muchas veces, deprimidos, abandonamos, o bien nerviosos, no acertamos a actuar como deberíamos.

Ser capaces de mantener la visión original, es lo que distingue a los que suelen triunfar del resto, porque mantienen intacto el motivo que les llevó a la acción (motivación).

Decía Einstein: "Hay una fuerza motriz más poderosa que el vapor, la electricidad y la energía atómica: la fuerza de voluntad"

Y como siempre hay un cuento que me recuerda la fuerza del deseo, de Jorge Bucay (Cuentos para pensar)

EL GUERRERO:

El cuerpo gigantesco del guerrero sumerio estaba arado de cicatrices y su piel curtida por el sol y la nieve.

Su nombre era Jormá, y cuenta esta historia que cierta vez, mientras cabalgaba con tres de sus amigos de una ciudad a otra, sufrieron una emboscada a manos de sus más crueles enemigos.

Los cuatro guerreros combatieron con fiereza pero sólo Jormá consiguió sobrevivir, sus tres amigos cayeron muertos durante la lucha.

Ensangrentado y exhausto, Jormá se dio cuenta de que necesitaba descansar, reponer fuerzas y sanar sus heridas.

Miró a su alrededor en busca de un lugar seguro y divisó una pequeña caverna excavada en una montaña cercana.

Casi arrastrándose llegó hasta allí y una vez dentro de la cueva, extendió sobre el piso su piel de oso y se quedó profundamente dormido.

Horas o días después, lo despertó el hambre.

Sintió que su estómago reclamaba algo caliente. Todabía dolorido Jormá decidió salir a juntar ramas y troncos secos para prender un pequeño fuego en su guarida transitoria y comer así un poco de la carne salada que llevaba consigo.

Cuando la luz de las llamas iluminó el interior del refugio, el guerrero no podía creer lo que veía: El reducto que había encontrado no era simplemente una cueva era un templo, un templo excavado en la roca.

...Por las inscripciones y los símbolos, el sumerio descubrió que el templo había sido construido en honor a un solo dios...

El dios Gotzú.

Jormá había aprendido a desconfiar de las casualidades, y quizás por eso no dudó en pensar que sus pasos habían sido conducidos hasta la cueva por el mismísimo dios del templo, para poder así guardar su sueño.

Jormá concluyó que esta era una señal:

Desde entonces enconmendaría su espada al dios Gotsú.

Se quedaría allí hasta que sus heridas curasen.

Mientras tanto, prendería un gran fuego debajo del altar que presedía la inmensa imagen en piedra del dios y cazaría algún animal al que sacrificar en su honor.

Cinco días y cinco noches más estuvo el guerrero en la cueva de la montaña, reponiéndose y honrando a Gotzú.

Durante ese tiempo nunca dejó que se apagara la llama que iluminaba el altar.

Al sexto día, Jormá se dio cuenta de que era hora de seguir su camino, y quiso dejar, antes de partir, una ofrenda a Gotzú en señal de gratitud.

- Una llama eterna - pensó - pero cómo conseguirla?

Jormá salió de la cueva y se sentó en una roca al borde del sendero a meditar sobre el problema.

Ssabía que un poco de aceite ayudaría a mantener la lama, pero no era suficiente.

Pensó, por un momento que quizás debía buscar mucha leña, tanta como para que nunca se consumiera;tanta, que durara eternamente....pero rápidamente se dio cuenta de lo vano del esfuerzo....mucha madera aumentaría la intensidad del fuego pero no la duración de la llama....

Un monje, de túnica blanca, que caminaba por el sendero se detuvo frente a Jormá.

Tal vez de puro curiosos o quizás por la sorpresa de ver a un guerrero en tan reflexiva actitud, el caso es que el monje se sentó frente al sumerui y se quedó inmóvil mirándolo como si pasara a ser parte del paisaje.

Horas después, cuando el sol ya caía, Jormá, todavía seguía pensando.....

Lo ocupaba tanto su problema que no se sorprendió demasiado cuando el monje le habló:

- Qué te pasa guerrero?. Parece preocupado...Puedo ayudarte?.

- No lo creo - dijo el guerrero - Esta cueva, mi señor es el templo del dios Gotzú, a quien hace cinco lunas he consagrado como mi protector, el destiatario de mis oraciones, el objeto último de mi lucha. Pronto deberé partir y quisiera honrarlo eternamente, pero no sé como conseguir que la llama que he encendido dure para siempre.

El monje meneó la cabeza y como si hubiera adivinado el camino que había recorrido el pensamiento guerrero le dijo:

- Para que la llama sea eterna, necesitarás algo más que madera y aceite..

- Qué cosa? - Se apuró a preguntar Jormá - Qué más necesito?.

- Magia - dijo el monje secamente,

- Pero yo no soy mago, ni sé de magia..

- Sólo la magia puede conseguir que algo sea eterno.

- Yo quiero que la llama sea eterna - dijo el guerrero..y siguió -

....Si consigo la magia, Me puedes asegurar que la llama para Gotzú será eterna?.

- Asegurar?. Hace una semana ni siquiera sabías de la existencia de este templo a Gotzú..y hoy quieres para él, un homenaje eterno. Eso es lo que hoy deseas....Es que acaso tú puedes asegurar que tu deseo será eterno?....

Jormá hizo silencio.

El guerrero se dio cuenta de que nadie podía afirmar la eternidad de un deseo...

El monje volvió a menear la cabeza y se puso de pie..

Se acercó a Jormá y apoyándole la mano abierta en el pecho, y le dijo:

- Te diré un secreto:

"La magia sólo dura mientras persiste el deseo!!!"

Nota: Dedicado a un ex-alumno y amigo que hoy se ha clasificado para la final del campeonato de España Junior de Baloncesto... hace dos años veía su futuro en el basket con nubarrones. Enhorabuena Adriá Alonso.


Los héroes cotidianos



Desde pequeños buscamos modelos a los que nos gustaría parecernos, al principio nos gustaría parecernos a los héroes de los cuentos, cómics o dibujos animados que vemos, con el tiempo, al crecer, solemos buscar personas de carne y hueso; en nuestra juventud, sometidos al poder de los grandes medios de comunicación, nos solemos fijar en aquellos que aparecen de forma constante en las portadas de los periódicos o en la pantalla de nuestra televisión, y atraídos por sus "gestas", sean las que sean, algunos proyectamos nuestros sueños en intentar ser como ellos.

Otros buscan sus modelos en personajes históricos, o en la mezcla de cualidades de muchos de ellos... poco a poco vamos forjando nuestra forma de ser.

Con la madurez, por lo menos es lo que me ha pasado a mí, ya no proyectamos nuestras metas en ser como nuestros héroes de la infancia o la juventud, porque empezamos a encontrar auténticos héroes en nuestra vida cotidiana, sus gestas pasan desapercibidas para el gran público, pero basta que tú la hayas presenciado para que el impacto que te produce te cambie la forma de ver el mundo para siempre.

Cuando nos paramos a mirar, cuando podemos parar la vorágine en la que vivimos nuestro día a día, vemos héroes que viven a nuestro lado y cuyo único reconocimiento, si es que lo llegan a tener, será el de persona a la que han ayudado.

Y todo esto me recuerda el gran impacto que nosotros, como entrenadores o profesores, podemos llegar a tener en nuestros jugadores o alumnos (de hecho, creo que es extensible a la relación de cualquier ser humano con un semejante); y como a veces, sin darnos cuenta, podemos llegar a cambiar la vida  o, por lo menos, la percepción que de la misma tienen nuestros pupilos, con un sólo gesto o una sóla palabra.

Pero como decía Spiderman "un gran poder conlleva una gran responsabilidad", y a veces, sin darnos cuenta, otros gestos u otras palabras pueden tener un impacto negativo sin ni siquiera buscarlo.

Por eso me encanta la gente que da las gracias, la gente que ofrece una mano, la gente que ofrece una sonrisa, la gente que ofrece una palabra de ánimo o una conversación, la gente que se ofrece a escuchar... porque nunca sabemos lo potentes que esos gestos pueden ser y el impacto que pueden tener en las personas que nos rodean.

Y como siempre hay un cuento fantástico que me recuerda a todos esos héroes cotidianos, como no... de Jorge Bucay:

La última hoja

Esta historia transcurre en la Francia de 1900. En los comienzos de un durísimo invierno. Marie, es una niña de once años que vive en una antigua casa parisina. Una de esas casas donde trece edificios de departamentos, convergen al mismo patio interior.

Desde hace semanas, ha comenzado con un dolor en el pecho que se hace paralizante al toser. El médico ha venido a verla y ha dado el diagnóstico que su madre mas temía. Tuberculosis. A principios de siglo y sin antibióticos, esta infección es casi siempre una garantía de muerte. El doctor, ha sugerido que la niña se mantenga en reposo y ha recomendado a su madre que no la dejen demasiado tiempo sola.

- “La niña, como casi todos estos pacientes” ha dicho el medico “tiene mas posibilidades de curarse si le da pelea a la enfermedad. Si Marie dejara de luchar por su vida moriría en algunas semanas”. Y agregó: “Estoy seguro de que si la mantenemos calentita, bien alimentada y con muchos deseos de vivir, cuando el invierno pase, ella estará absolutamente fuera de peligro”.

La madre ha mirado el calendario y ha comprobado que faltan todavía dos largos meses para que llegue la primavera. Como ninguno de sus compañeros de clase vendría a verla, por el comprensible aunque injustificado temor al contagio la madre ha llamado a la maestra, que se acerque a la casa a darle algunas clases, aunque sea para acortar un poco sus días de reposo. Ha movido todos los muebles y ha llevado la cama de Marie junto a la ventana en la planta baja. Desde allí verá el patio interior, el ciprés en el centro del jardín, las enredaderas, las ventanas de los otros dos edificios y a la gente pasar de ida y de vuelta de sus ocupaciones.

El invierno se vuelve más y más frío. La niña se agrava. Un día espectora con sangre y se asusta. Le dice a la madre que tiene miedo de morirse y mientras ella la abraza llorando, tratando de que su hija no lo note, la niña señala al patio y le cuenta: 

- “Mira mami, ¿ves esa enredadera en la pared del edificio de enfrente? Hace semanas estaba llena de hojas. Algunas más verdes, otras mas amarillas… Mírala ahora que pocas hijas le quedan. Acabo de pensar, que cuando la última de las hojas de la enredadera caiga, mi vida… mi vida también llegará a su fín.

- “No tienes que pensar esas cosas” dice la madre, acomodando las almohadas y secándose las lagrimas de espaldas a la niña. “En primavera todas las enredaderas fabrican nuevas hojas, y la vida verde, vuelve a nacer”.

- “Pero son otras hojas” ha pensado la jovencita sin decirlo.

La niña, empeora día a día. Su ánimo decae en la misma magnitud que su estado general. Hasta que una mañana la madre descubre a Marie muy interesada, mirando hacia arriba por la ventana. Sin que ella se dé cuenta, se acerca tratando de ver, qué es lo que llama la atención de su hija.

Se trata de un pintor, que junto a la ventana en el tercer piso pinta con colores vivos, imágenes de París. Notredame, Montmartre, el Moulin Rouge… La niña esta fascinada y la madre, alegre. Algo por fin ha capturado su interés, quizás ella pudiera convencer al pintor de ayudar.

Esa misma tarde, la madre cruza a el edificio de enfrente y le implora al joven y estrafalario artista que se acerque a su casa, aunque sea de vez en cuando para charlar con Marie. Ella por su puesto le pagará lo que pida. Con angustia le dice: “Su vida…su vida ¿sabe? quizás dependa de que usted acepte este pedido. No es por el dinero, sino por la pena que le da la niña, el joven artista empieza a bajar una o dos veces por semana, llevando sus telas y algunos colores para hablar de pintura y animarla a que dibuje y pinte. Durante semanas, crece entre ellos una extraña amistad. Y una tarde, cuando el pintor baja a verla, encuentra a Marie llorando.

- “¿Qué sucede mon cher?” le pregunta

Marie le cuenta de su relación con la enredadera y le dice:

- “Ayer cuando te fuiste, conté las hojas que quedaban. ¿Sabes? De las miles que habían entre sus ramas quedan nada mas que 28, y yo se lo que eso significa. Si se cayeran todas hoy mismo, no habría un mañana para mi.

El pintor le dice a Marie que una asociación como esta es una tontería, y que la vida seguirá de todas maneras. Ella no tiene que pensar en esto, tiene que practicar las escalas de colores, tiene que dibujas las manzanas que el le pidió. Si no, nunca llegará a exponer cuadros. De hecho, le cuenta, gracias a haber practicado mucho él mismo, debe embarcar hacia América, para una exposición.

Marie entristece. El mundo se le derrumba. Y mientras el pintor habla, un viento fuerte arranca tres hojas de un golpe y las deja caer violentamente en el patio.

- “Volveré en Mayo a mas tardar” está siguiendo el pintor. “Allí, si has practicado, iremos a pintar en la campilla y te enseñaré a pintar con oleos.

- “No se si estaré cuando regreses, pintor” contesta Marie. “Depende…depende de la enredadera”.

El artista, que se ha encariñado con la jovencita, la abraza y le indica cómo hacer para ocuparse de pintar manzanas, hasta que él regrese.

Cada día, la niña controla desde su ventana la cantidad de hojas que quedan en la enredadera. Cada mañana, registra un dolor en el pecho cuando comprueba que en la noche, alguna de sus acompañantes ha caído para siempre. 

- “¿Qué pasa, hija?” pregunta la madre después de una agitada y febril noche.

- “Mira mamá” dice Marie señalando por la ventana. “Sólo quedan tres hojitas. Una abajo, junto al cantero ¿la ves?, otra en la mitad de la pared y una mas, solita, arriba de todo, al lado de la ventana del pintor. Tengo miedo mamá.

- “No te asustes” contesta la madre, con una convicción que no tiene. “Esas hojitas van a aguantar, faltan nada mas que dos semanas para que llegue la primavera”.

La mirada divertida de Marie se ha vuelto una obsesión de control de las pobres tres hojas.

Una noche, en medio de una feroz tormenta de viento y lluvia, la hoja de en medio se suelta de su amarre y vuela lejos. Marie, no dice nada, pero redobla sus rezos para pedirle al buen Dios que proteja sus dos únicas hojas. 

- “Mamá” gritó una mañana “¡Mamá! Ven aquí mamá”

- “¿Qué pasa hija?”

- “Queda solo una mami…solo una. La de abajo del todo de cayó anoche. Me voy a morir mamá. Debes tener fe hijita. Además…además falta muy poco y todavía queda una hoja”.

- “Si, pero hace un rato la vi temblar…Tápame mamá. Tengo frío”.

La madre la arropa con sus cobijas y sale por unos paños fríos. La niña vuela de fiebre. En los pocos momentos en que Marie está despierta, mira por la ventana a la única hoja que todavía resiste. La pequeña hoja marrón-verdoso, solitaria, que se aferra a la punta de la enredadera. Y la niña cruza instintivamente los dedos, pidiendo, internamente, a la hojita, que resista para que ella también pueda salvarse.

Y la hoja, resiste. Nieve. Lluvia. Viento. La hoja resiste. Y una mañana, mientras Marie mira a su esperanza, ve que un rayo de sol ilumina la hoja y descubre que a su lado, mas abajo, en la enredadera, hay pequeños brotes verdes, que han empezado a nacer.

- “¡Mami, mami! La hoja ha resistido. Llegó la primavera mami, ¿no es maravilloso?”

Y la madre dice: - “Si hija. Es maravilloso”. Pero no está pensando en la enredadera, sino en que su hija, también se ha salvado.

Pasan los días. La niña sigue mejorando. Y su primera salida a la calle, es al edificio de enfrente ha preguntar por su amigo el pintor. La casera se sorprende de verla y la besa con sincera alegría.

- “Me pone contenta que estés bien” le dice. “Tu amigo el pintor todavía no volvió, pero me aseguró que en unas semanas lo tendremos aquí. Mando esta carta para ti”. Y le alarga un sobre, desde América que dice “Para entregar a mi amiga Marie”.

Marie rasga el sobre. Está tan excitada. Hola Mari. Tal como ves, todo ha pasado. Para cuando leas esto faltaran días para retomar nuestras clases de pintura. Yo he comprado nuevos oleos y nuevos pinceles, así que quiero regalarte los que fueron míos. Dile a la casera que te abra mi departamento, y llevate mis cosas. Practica mucho. Recuerda las manzanas. 

La niña salta de alegría. Entra en la pequeña buhardilla por sus pinturas. Una vez allí, se acerca a la ventana para recoger el atril del pintor y ve desde el cuarto, su propia cama en el edificio de enfrente. Marie abre el ventanal e instintivamente busca su amiga la hoja heroica. La que aguanto todo. La más fuerte de todas las hojas. Y la ve. Está allí. En la pared. A un costado. Muy cerca del marco de madera de la ventana. Pero no es una hoja verdadera. Es una hoja pintada para ella en la pared de ladrillos, por su amigo el pintor...."


Nota: Dedicado a mis dos héroes cotidianos favoritos, mi padre y mi madre, a los que un día, quizá, pueda llegar a parecerme.


Manos que ayudan



Hace tiempo, leyendo "El trabajo dignifica y cien mentiras más" de Juan Mateo, me encontré con una crítica a la frase "Uno se hace a sí mismo" resumida en el subtítulo del capítulo "Después de que los demás le ofrezcan toda la información de como puede hacerse".

Con el tiempo, y apoyado en esa frase, me he dado cuenta de que somos la consecuencia, no sólo de nuestro esfuerzo y nuestras acciones, sino también de todo cuanto nos rodea, no podríamos ser lo que somos sin todo lo que hemos vivido (sea bueno o malo), sin las enseñanzas de los demás o las aprendidas por nosotros mismos por situaciones en las que nos han puesto otros; sin la confianza que en algún momento alguien depositó en nosotros, o sin las trabas que otros pusieron en nuestro camino.

En baloncesto el mvp (jugador más valorado) de un partido no podría serlo sin las acciones y sacrificio de sus compañeros, sin sus bloqueos, sus defensas, sus asistencias... la trayectoria del jugador "estrella" de un equipo está condicionada por su trabajo y su talento pero también el trabajo de sus compañeros en los entrenamientos y la oposición que le ponen sus rivales en los partidos.

Generalmente para que uno pueda destacar otros tienen que hacerlo un poco menos (en baloncesto lo llamamos la ocultación de talentos), no todos pueden tener el mismo rol... aunque esos roles pueden ir cambiando con el tiempo.

Incluso para que yo pudiera jugar a mis deportes favoritos alguien tuvo que hacer sacrificios, mis padres... ya sea porque tenían que llevarme a entrenar o porque tenían que ganar el dinero con el que podía coger el bus para hacerlo (amén de otros múltiples sacrificios nunca lo suficientemente valorados por quienes nos hemos beneficiado de ellos); sé que lo de los padres es otra historia, generalmente la mayor satisfacción de un padre es ver felices a sus hijos y están dispuestos a cualquier cosa para que así sea.

Seguro, que como a mí, se os ocurren miles de ejemplos del esfuerzo y sacrificio de otros por los que ahora sois lo que sois... y hay una historia fantástica que me gusta leer para recordarme que mis éxitos, además de por mi trabajo, han estado precedidos por los sacrificios de otros, esta historia no es un cuento, pese a que la he leído en "La vida viene a cuento" de Jorge Bucay:

Nadie triunfa solo:

Durante el siglo XV, en una pequeña aldea cercana a Nuremberg, vivía una familia con 18 niños. Para dar de comer a su familia el padre trabajaba casi 18 horas diarias en las minas de oro. A pesar de las condiciones tan pobres en las que vivían, dos de los hijos de Albrecht Durer tenían un sueño. Ambos querían desarrollar su talento para el arte, pero bien sabían que su familia jamás podría pagar sus estudios en la Academia. Después de muchas noches de conversaciones, llegaron a un acuerdo. Lanzarían al aire una moneda. El perdedor trabajaría en las minas para pagar los estudios al que ganara. Al terminar sus estudios, el ganador pagaría entonces los estudios al otro con las ventas de sus obras, o como bien pudiera. Así lo hicieron, y Albretch Durer ganó y se fue a estudiar a Nuremberg.

Albert comenzó un período de cuatro años de peligroso trabajo en las minas para sufragar los estudios de su hermano que, desde el primer momento, fue toda una sensación en la Academia. Los grabados de Albrecht, sus tallados y sus óleos llegaron a ser mucho mejores que los de muchos de sus profesores y, en el momento de su graduación, ya había comenzado a ganar considerables sumas con las ventas de su arte. Cuando el joven artista regresó a su aldea, la familia Durer se reunió para una cena festiva en su honor. Al finalizar la memorable velada, Albrecht se puso de pie en su lugar de honor en la mesa, y propuso un brindis por su hermano querido, que tanto se había sacrificado para hacer realidad sus estudios. Sus palabras finales fueron:

- Y ahora, Albert, hermano mío, es tu turno. Ahora puedes ir tú a Nuremberg a perseguir tus sueños, que yo me haré cargo de ti.

Todos los ojos se volvieron llenos de expectativa hacia el rincón de la mesa que ocupaba Albert, quien, con el rostro empapado en lágrimas, movía la cabeza mientras murmuraba una y otra vez "No, no, no...". Finalmente, Albert se puso de pie, miró por un momento a cada uno de aquellos seres queridos y se dirigió luego a su hermano, y poniendo su mano en su mejilla dijo suavemente:

- No, hermano, no puedo ir a Nuremberg. Es muy tarde para mí. Cada hueso de mis dedos se ha roto al menos una vez, y la artritis de mi mano derecha ha avanzado tanto que hasta me costó trabajo levantar la copa durante tu brindis... Mucho menos podría trabajar con delicadas líneas de compás o el pergamino y no podría manejar la pluma ni el pincel. No, querido hermano, para mí ya es tarde.

Han pasado más de 450 años. Hoy en día los grabados, óleos, las acuarelas, tallas y demás obras de Albrecht Durer pueden ser vistos en museos de todo el mundo, pero la mayoría de las personas sólo recuerda uno. Un día, para rendir homenaje a su hermano Albert, Albrecht Durer dibujó sus manos maltratadas, con las palmas unidas y los dedos apuntando al cielo. Llamó a esta poderosa obra simplemente Manos, pero es conocida en todo el mundo como Manos que oran.

Nota: A la memoria de Suso Couso. Descansa en paz querido Suso. Nunca te olvidaré.


Cortar la punta


Hoy charlando con un amigo sacamos a relucir el tema de la educación (no me refiero a los modales, me refiero a la enseñanza), yo le comentaba como en los últimos años empecé a entender cosas de física que nunca entendí mientras me las enseñaban (tanto en el colegio como en la universidad), como deambulaba entre fórmula y fórmula sin saber muy bien, ni lo que significaban, ni como se usaban.

Esto me trajo a la cabeza una situación que he vivido con amigos y familiares que actualmente son padres de niños de corta edad... igual a tí también te suena, esa edad en la que no paran de preguntar ¿por qué?, al principio los tratan con paciencia incluso les dan la explicación (en la medida de lo posible), pero al ¿por qué? un millón, la paciencia se pierde y bastante tienen con contener los nervios; pero entender el por qué de las cosas suele ser la diferencia entre progresar y simplemente estar.  De ahí mi dificultad inicial con esas asignaturas, no entendía el por qué de muchas cosas y resolver problemas se volvía insufrible salvo cuando eran problemas idénticos, pero con otros datos, a otros vistos anteriormente.

Cuando enseño siempre trato de explicar el por qué de las cosas que enseño, y reconozco que hay una contestación que me pone de muy mala leche y que cuando la he usado yo como respuesta ha hecho saltar un resorte interior que me avisaba ¡Alerta! (sirenas sonando)... Aquí las cosas siempre se han hecho así... Vale, siempre han sido así, pero ¿habrá un por qué? ¿no?

Y es curioso como muchas veces aceptamos por válida una respuesta o solución que nos sirvió en un momento y en unas circunstancias determinadas, sin darnos cuenta que todo cambia (http://blog.jotacuspi.com/post/la-pecera-y-el-oceano) y que si bien esa solución puede seguir funcionando también es posible que deje de hacerlo o que haya dejado de ser la mejor solución al problema planteado bajo nuevas circunstancias, con lo que es conveniente que nos preguntemos siempre el por qué de las cosas que hacemos.

Y cuando me encuentro en esta situación me gusta recordar este cuento de Jorge Bucay (Cartas para Claudia) que me enseña a cuestionarme constantemente la validez de las soluciones que en un momento dado me funcionaron o funcionaron a otros:

ACTO PRIMERO (En casa de la pareja.) La esposa ha cocinado un hermoso jamón al horno para su marido por primera vez -por primera vez el jamón, no el marido…)

ÉL (lo prueba).- Está exquisito. ¿Para qué le has cortado la punta?

ELLA.- El jamón al horno se hace así.

ÉL.- Eso no es cierto. Yo he comido otros jamones asados y enteros.

ELLA.- Puede ser, pero con la punta cortada se cocina mejor.

Él.- ¡Es ridículo! ¿Por qué?

ELLA (duda).- Mi madre me lo enseñó así.

ÉL.- ¡Vamos a casa de tu madre!

ACTO SEGUNDO (En casa de la madre de ella.)

ELLA.- Mamá, ¿cómo se hace el jamón al horno?

MADRE.- Se adoba, se le corta la punta y se mete en el horno.

ELLA (a ÉL).- ¡¿Has visto?!

ÉL.- Señora, ¿y por qué le corta la punta?

MADRE (duda).- Bueno… El adobo, la cocción… ¡Mi madre me lo enseñó así!

ÉL.- ¡Vamos a casa de la abuela!

 ACTO TERCERO (En casa de la abuela de ELLA)

ELLA.- Abuela, ¿cómo se hace el jamón al horno?

ABUELA.- Lo adobo bien, lo dejo reposar tres horas, le corto la punta y lo cocino a horno lento.

MADRE (a ÉL).- ¡¿Has visto?!

ELLA (a ÉL).- ¡¿Has visto?!

ÉL (porfiado).- Abuela, ¿para qué le corta la punta?

ABUELA.- Hombre, le corto la punta ¡para que pueda entrar en el horno! Mi horno es tan pequeño… (Cae el telón.)


Las cadenas que nos atan



Hace dos veranos tuve la suerte de poder dirigir a la selección nacional U18 de baloncesto y disputar el Campeonato de Europa de Selecciones en Letonia; recuerdo que tras acabar segundos del primer grupo (tras ganar dos partidos y perder frente al anfitrión en un partido muy igualado) debíamos enfrentarnos a Inglaterra, Croacia y Turquía.

El grupo comenzó con el partido frente a Inglaterra, una selección, a priori, inferior a nosotros, pero como en deporte todo puede ocurir resultó que, tras controlar el partido de forma holgada, los ingleses forzaron la prórroga y nos ganaron; lo malo es que nuestras posibilidades de clasificación para cuartos de final pasaban por ganar a Croacia y a la todopoderosa Turquía (a la postre campeona de Europa)... y ¿Qué tenía de especial ganar a Croacia?, pues que, además de ser una de las favoritas al título, era una selección a la que nuestra generación de jóvenes nunca había podido derrotar pese a haberse enfrentado en numerosas ocasiones; sabía que había cierta psicosis con Croacia, teníamos la creencia de que era "imposible" derrotarles (esa misma sensación la había tenido yo en otras circunstancias de mi vida deportiva con otros equipos)... cuando llegamos al hotel, tras la derrota con Inglaterra, nos dirigimos a cenar y al terminar reuní a los jugadores en una sala, allí les conté este cuento de Jorge Bucay que, a mí, me había ayudado en incontables ocasiones...ni una palabra más, sólo el cuento y nos despedimos hasta la mañana siguiente.

El elefante encadenado

Cuando yo era chico me encantaban los circos, y lo que más me gustaba de los circos eran los animales. También a mí como a otros, después me enteré, me llamaba la atención el elefante. Durante la función, la enorme bestia hacía despliegue de su peso, tamaño y fuerza descomunal... pero después de su actuación y hasta un rato antes de volver al escenario, el elefante quedaba sujeto solamente por una cadena que aprisionaba una de sus patas a una pequeña estaca clavada en el suelo.
Sin embargo, la estaca era sólo un minúsculo pedazo de madera apenas enterrado unos centímetros en la tierra. Y aunque la cadena era gruesa y poderosa me parecía obvio que ese animal capaz de arrancar un árbol de cuajo con su propia fuerza, podría, con facilidad, arrancar la estaca y huir.
El misterio es evidente:
¿Qué lo mantiene entonces?
¿Por qué no huye?
Cuando tenía cinco o seis años, yo todavía confiaba en la sabiduría de los grandes. Pregunté entonces a algún maestro, a algún padre, o a algún tío por el misterio del elefante. Alguno de ellos me explicó que el elefante no se escapa porque estaba amaestrado.
Hice entonces la pregunta obvia:
Si está amaestrado ¿por qué lo encadenan?
No recuerdo haber recibido ninguna respuesta coherente.
Con el tiempo me olvidé del misterio del elefante y la estaca... y sólo lo recordaba cuando me encontraba con otros que también se habían hecho la misma pregunta.
Hace algunos años descubrí que por suerte para mí alguien había sido lo bastante sabio como para encontrar la respuesta:
El elefante del circo no escapa porque ha estado atado a una estaca parecida desde que era muy, muy pequeño.
Cerré los ojos y me imaginé al pequeño recién nacido sujeto a la estaca.
Estoy seguro de que en aquel momento el elefantito empujó, tiró y sudó tratando de soltarse. Y a pesar de todo su esfuerzo no pudo.
La estaca era ciertamente muy fuerte para él.
Juraría que se durmió agotado y que al día siguiente volvió a probar, y también al otro y al que le seguía...
Hasta que un día, un terrible día para su historia, el animal aceptó su impotencia y se resignó a sus destino.
Este elefante enorme y poderoso, que vemos en el circo, no escapa porque cree,pobre, que NO PUEDE.
Él tiene registro y recuerdo de su impotencia, de aquella impotencia que sintió poco después de nacer.
Y lo peor es que jamás se ha vuelto a cuestionar seriamente ese registro.
Jamás... jamás... intentó poner a prueba su fuerza otra vez...

Ganamos a Croacia de 8, y un día después a Turquía, clasificándonos para cuartos de final... En ese Europeo logramos una medalla de bronce, pero yo me llevé (además de un esguince de tobillo) un hermoso elefante de peluche que hoy luce en mi "sala de trofeos" y que fue el regalo que esos jóvenes me hicieron al finalizar el campeonato.

Nota: Dedicado a todos los que formaron aquella selección y a todos los que en su vida siguen poniendo a prueba su fuerza cada día.