Las galletitas


A lo largo de mi vida he leído muchas definiciones de éxito, las más obvias tienen que ver con el resultado obtenido por nuestras acciones (ganar un partido, conseguir una venta, etc...), otras tienen que ver con el esfuerzo o la pasión que ponemos en conseguir el objetivo más que en la consecución del objetivo en sí... así John Wooden definía el éxito como "la paz interior alcanzada sólo a través de la autosatisfacción de saber que realizaste el esfuerzo de hacer lo mejor de lo que eres capaz"; hace poco leí una definición de éxito ( y siento no recordar dónde) que es la que más me gusta para este momento de mi vida... decía algo así como "El éxito es actuar siempre conforme a tus valores", qué fácil suena y qué difícil al mismo tiempo, qué difícil actuar conforme a tus valores cuando lo único que recibes son críticas de los demás... ¿verdad? Sin embargo he descubierto a lo largo de mi vida que traicionar tus valores puede darte la satisfacción momentánea por evitar la crítica de cierto entorno, pero hay una crítica de la que nunca podrás evadirte, la de tu conciencia... esa te persigue siempre.

Lo curioso del caso es que tememos ser juzgados y al mismo tiempo juzgamos, y todo juicio está basado en nuestras creencias, en nuestros prejuicios, en nuestros paradigmas,etc.. y no nos damos cuenta que éstos pueden no tener nada que ver con las creencias, prejuicios y paradigmas de la persona criticada; que la realidad que nosotros percibimos puede no tener nada que ver con la realidad que percibe el otro.

Y hay un cuento que me hace recordar todo lo expuesto, como casi siempre es de Jorge Bucay...espero que os guste como a mí.

Galletitas

A una estación de trenes llega una tarde, una señora muy elegante. En la ventanilla le informan que el tren está retrasado y que tardará aproximadamente una hora en llegar a la estación.

Un poco fastidiada, la señora va al puesto de diarios y compra una revista, luego pasa al kiosco y compra un paquete de galletitas y una lata de gaseosa.

Preparada para la forzosa espera, se sienta en uno de los largos bancos del andén. Mientras hojea la revista, un joven se sienta a su lado y comienza a leer un diario. Imprevistamente la señora ve, por el rabillo del ojo, cómo el muchacho, sin decir una palabra, estira la mano, agarra el paquete de galletitas, lo abre y después de sacar una comienza a comérsela despreocupadamente.

La mujer está indignada. No está dispuesta a ser grosera, pero tampoco a hacer de cuenta que nada ha pasado; así que, con gesto ampuloso, toma el paquete y saca una galletita que exhibe frente al joven y se la come mirándolo fijamente.

Por toda respuesta, el joven sonríe... y toma otra galletita.

La señora gime un poco, toma una nueva galletita y, con ostensibles señales de fastidio, se la come sosteniendo otra vez la mirada en el muchacho.

El diálogo de miradas y sonrisas continúa entre galleta y galleta. La señora cada vez más irritada, el muchacho cada vez más divertido.

Finalmente, la señora se da cuenta de que en el paquete queda sólo la última galletita. " No podrá ser tan caradura", piensa, y se queda como congelada mirando alternativamente al joven y a las galletitas.

Con calma, el muchacho alarga la mano, toma la última galletita y, con mucha suavidad, la corta exactamente por la mitad. Con su sonrisa más amorosa le ofrece media a la señora.

- ¡Gracias! - dice la mujer tomando con rudeza la media galletita.
- De nada - contesta el joven sonriendo angelical mientras come su mitad.

El tren llega.

Furiosa, la señora se levanta con sus cosas y sube al tren. Al arrancar, desde el vagón ve al muchacho todavía sentado en el banco del andén y piensa: " Insolente".

Siente la boca reseca de ira. Abre la cartera para sacar la lata de gaseosa y se sorprende al encontrar, cerrado, su paquete de galletitas...  ¡Intacto!


Pendiente de tí, pendiente de mí



Hoy pensaba en lo difícil que es, para el ser humano, reconocer (o simplemente aceptar) errores y no justificarnos constantemente en los demás.

Decía un viejo proverbio árabe "quien quiere hacer algo encuentra un medio, quien no quiere hacer nada encuentra una excusa" y seguro que todos hemos estado en ambos lados de la ecuación anterior.

Cuando las cosas no salen como deseamos o esperamos solemos recurrir a las excusas tanto si el trabajo que realizamos es en grupo como si es individual... suele haber algún elemento externo en el que escudarse para justificar nuestro rendimiento... y entonces ocurre que cada vez nos fijamos más en cómo inciden los demás en nuestro rendimiento que en nosotros mismos; en el caso del baloncesto... que si mi compañero tal, que si mi compañero cual, que si los árbitros, etc...(y no hablo sólo de los jugadores, hablo de todos y cada uno de nosotros) y es curioso porque sólo podemos incidir en aquello que depende de nosotros mismos, pero al centrar nuestra atención en factores que no dependen de nosotros nos facilitamos la escapatoria de ponerlos como excusa y vuelta a empezar.

Y, tal y como comentaba en mi artículo anterior (Con quién desayunas?) no somos responsables de todo lo que nos ocurre pero si somos plenamente responsables de como reaccionamos ante aquello que nos ocurre.

Muchas veces me he preguntado si actuaríamos igual en caso de no tener que rendir cuentas a nadie más que a nosotros mismos, y la conclusión a la que llego es que sí, que nos hemos vuelto tan adictos a las excusas que nos hemos convertido en expertos en engañarnos a nosotros mismos... sí, ya sé que suena raro, pero por increíble que parezca yo creo que es así...porque si algo no me gusta de mí tiene que ser ajeno a mí, porque si no querría decir que le puedo poner solución y no siempre estoy dispuesto a asumir mis miserias y mucho menos a esforzarme por ponerle solución siendo mucho más fácil mentirme y creerme mis mentiras.

Y hay un cuento, de la literatura oriental, que me recuerda todo esto cuando me doy cuenta que no paro de poner excusas ante mis/nuestros resultados... 

La niña y el acróbata
Era una niña de ojos grandes como lunas, con la sonrisa suave del amanecer. Huérfana siempre desde que ella recordara, se había asociado a un acróbata con el que recorría, de aquí para allá, los pueblos hospitalarios de la India.

Ambos se habían especializado en un número circense que consistía en que la niña trepaba por un largo palo que el hombre sostenía sobre sus hombros. La prueba no estaba ni mucho menos exenta de riesgos.

Por eso, el hombre le indicó a la niña:

- Amiguita, para evitar que pueda ocurrirnos un accidente, lo mejor será que, mientras hacemos nuesto número, yo me ocupe de lo que tú estás haciendo y tú de lo que estoy haciendo yo. De ese modo no correremos peligro, pequeña.

Pero la niña, clavando sus ojos enormes y expresivos en los de su compañero, replicó:
- No, Babu, eso no es lo acertado.
- Yo me ocuparé de mí y tú te ocuparás de tí, y así, estando cada uno muy pendiente de lo que uno mismo hace, evitaremos cualquier accidente.

Con quién desayunas?




Decía Viktor Frankl (psiquiatra austríaco superviviente de los campos de concentración nazis) "Si no está en tus manos cambiar una situación que te produce dolor, siempre podrás escoger la actitud con la que afrontas ese sufrimiento"... de una forma adaptada podríamos resumirla en que no somos responsables de todo lo que nos pasa pero sí que somos plenamente responsables de como reaccionamos ante lo que nos pasa... y esta es una frase que me ha acompañado durante muchos años, y que me ha ayudado a ver el lado positivo de las cosas que vivo en lugar de centrarme en lo negativo (aunque reconozco que no siempre lo he conseguido)... por otro lado también he aprendido que no por poseer la capacidad de ver la parte positiva de lo que vivimos debemos someternos sin remedio a situaciones o relaciones que nos resultan tóxicas en nuestra vida, la situación que le producía dolor a Frankl era estar preso en un campo de concentración, pero muchas de las "cárceles" en las que creemos vivir sin posibilidad de escapar no son más que cárceles mentales de las que podemos liberarnos.

Y resulta que hoy, 19 de enero de 2015, en Estados Unidos es festivo en recuerdo de la figura de Martin Luther King (líder en la lucha por los derechos civiles de los ciudadanos afroamericanos en USA), y mientras recordaba la cita de Viktor Frankl me acordé de este cuento, como no, de Jorge Bucay  que hoy comparto con vosotros:

Dejá salir la sonrisa:
Dicen que sucedió en la epoca de los peores enfrentamientos raciales de la historia reciente de norteamerica. La epoca de los salvajes ataques del Ku Klux Klan, el fundamentalista grupo blanco ultraderechista, que perseguuia, agredia y mataba a los ciudadanos de raza negra, y tambien de la lucha de los Black Panthers, el grupo de resistencia de la gente de color. 
La anécdota comienza cuando un humilde campesino negro conduce su carreta tirada por un par de viejos bueyes, hacia su minuscula granja en algun lugar del sur de los Estados Unidos. 
Un kilometro antes de llegar al desvio que lo llevara a su casita, el carro es alcanzado en la angosta carretera lateral por una ostentosa limusina, donde un poderoso petrolero viaja custodiado por dos motocicletas, caminando a su rancho. 
Fastidiado porque el carro le ipide pasar, el magnate ordena a su chofer que haga sonar la bocina para que el campesino se aparte y deje pasar su automóvil. 
Quizás por una coincidencia, quizás por el susto de los animales ante la estridencia del claxon, el caso es que los bueyes, forzados por el campesino a apartarse, dejan caer en el pavimento sendas tortas de excrementos, que terminan bajo las ruedas de la limusina. 
El poderoso ranchero manda a detener el vehículo y se baja del automóvil para confirmar lo que sospecha, la hedionda bosta de los animales pegada a la banda de rodamiento de los negros neumáticos. El magnate odia a los negros, de hecho es sabido por todos que aunque nunca lo admite públicamente, es uno de los hombre ricos que mantienen económicamente al grupo radical del KKK. 
Con los ojos inyectados de furia manda a los motociclistas de su policía privada que traigan al campesino ante su presencia. 
-Negro de mierda -le dice cuando lo tiene frente a el-. ¿Como te atreves a ensuciar con la bosta (boñiga) de tus bueyes las carreteras de los Estados Unidos de América? Eso es lo único que hacen con su presencia, ensuciar, destruir y dañar todo lo que tocan con sus pestilentes manos. 
El campesino se da cuenta de que debe ser cuidadoso. Muchos de su raza fueron apelados hasta morir por intentar defenderse en enfrentamientos como este, y por lo tanto baja la cabeza e intenta resolver el problema. 
-Lo siento mucho, señor... Lo que pasa es que los animales se asustaron con la bocina... 
-¡Lo único que falta!... ¡Que ahora prendas echarle la culpa a mi chofer! 
-No, señor, no es eso... La culpa es de los animales... Le prometo que los castigare en cuanto llegue a mi granjita. 
-Eso..., a los animales hay que castigarlos, para que aprendan. Y como tu no eres mas que una bestia igual que tus bueyes, tu cambien deberás ser castigado por eso. 
El pobre negro intenta frenar la paliza que los guardias ya se aprestan a darle con los negros palos que estan sacando de su cinto. 
-No haga que me golpeen, señor... Yo limpiare la bosta de la carretera y la dejare como estaba, se lo prometo... 
-Promesas... No sirven las promesas de las de tu raza... Pero es una buena idea. Ese sera el castigo que corresponde. Tu ensucias, tu limpias. 
-Si señor..., Muchas gracias. Traeré un poco de paja de mi carreta y me ocupare de dejar todo en condiciones, le doy mi palabra. 
-Yo me ocupare de que sea así, yo también te doy mi palabra. -El hombre sonríe con malicia pensando en lo que le acaba de ocurrir-. Dado que tus animales cagan lo que comen de mi suelo, tu te comerás del suelo lo que ellos cagan ¿es justo, verdad? 
Al pobre hombre le cuesta creer lo que escucha, pero sabe de sobra que no tiene opción: obedece o es molido a golpes antes de decir una palabra mas. Así que hincándose de rodillas se dispone a cumplir la orden. 
En ese momento, dos coches de detienen detrás de la limusina y de uno de ellos baja el mismísimo reverendo Martín Luther King Jr. Como era de costumbre en sus últimos años, el reverendo king viajaba por todo el territorio americano haciendo campaña contra el racismo, esgrimiendo contra la violencia los argumentos pacifistas del amor y la tolerancia mutua. 
También los recién llegados viajan con una guardia privada, pero no es una comitiva armada con pistolas o rifles, sino una seria de reporteros que toman notas que cada evento y sacan fotos de cada presentación del reverendo King. 
-¿Que sucede? -Pregunta King el hombre blanco que lo ve venir impávido. 
El sureño sabe perfectamente quien es el reverendo King, su fama y su influencia, pero no esta dispuesto a dejarse intimidar por el pastor negro ni a mostrar debilidad delante de sus hombres, asi que redoblando su apuesta, lo encara con prepotencia. 
-Sucede que este negro ha dejado que sus animales ensucien con su bosta las pulcras carreteras de este pais. Y por lo tanto, dado que en América el que rompe paga y el que ensucia limpia, se esta ocupando de dejar las cosas como las encontró. 
Con mucha calma, el reverendo King lo mira y con voz muy suave intenta mostrar su oposición. 
-No me parece que haya sido él quien ensucio la carretera, en todo caso fueron sus bueyes, y por otra parte no creo que este bien que usted y sus policías tengan que humillarlo o amenazarlo para pedirle que "limpie lo que ensucio". 
-Yo te conozco y sé muy bien que pretendes -Dijo el hombre blanco-, pero a mi no me vas impresionar con tu tono pastoral. El y sus animales son lo mismo, bestias que convienen con los humanos. Los bueyes, el y tu, todos son animales y deben ser tratados como tales. 
Todos son iguales. 
-Me alegro que lo diga -acota el reverendo King, con una paz asombrosa-. Hace muchos años que predico tratando de hacer entender esto que usted tan bien resume. Los animales, el y yo, somos iguales... Y le digo algo más, también usted es igual a nosotros, sobre todo a los ojos de Dios, aunque algunos hombres aún no lo sepan. De todas maneras le agradezco por recordármelo... Todos somos iguales... y por lo tanto... si el come, yo también como. 
Y después de decir esto se acerca al campesino y arrodillándose frente a el, hunde también su cabeza en la bosta... 
Los fotógrafos de inmediato empiezan a registrar en sus cámaras la imagen de lo que sucede, ante la desesperación del magnate y su séquito. No hace falta ser muy inteligente para saber que esas fotografías de Martin Luther King de rodillas comiendo bosta custodiado por su guardia policial privada podrían destruir para siempre su imagen publica y con ella terminar de forma definitiva con cualquier pretencion política que tuviera. El hombre llama a su escolta y le da instrucciones claras. Deben velar todos los rollos y retirarse después inmediatamente. 
Así lo hacen. Arrebatando con violencia las cámaras, los fotógrafos casi no se resisten. Luego, mientras todos ayudan a los dos hombres de color a ponerse de pie, los uniformados hullen a toda velocidad detrás de la limusina que ya se pierde en el horizonte. 
-¿Estas bien? -Pregunta el reverendo King-. ¿quieres que te escoltemos a tu casa, hermano?. 
-No. no. estoy bien... -Dice el campesino-. Gracias, reverendo. 
-Agradece a Dios, hermano, a Dios. 
Los hombres se estrechan las manos y un segundo después cada uno esta otra vez en su camino. Uno a sus conferencias en Dallas, otro a su pequeña granja a un kilómetro de distancia. 
Cuando el campesino llega a su casa, trae todavía una gran sonrisa dibujada en su rostro. 
-Hola -Le dice a su esposa apenas la ve y corre a darle un abrazo mucho mas efusivo que el de todos los días. 
-Bueno... Bueno -le dice la mujer-, Parece que el día de hoy debe de haber sido muy especial... ¿A que se debe esa cara de alegria y esa efusividad?. Creo que nunca te había visto tan contento... 
-Es que... si te cuento con quien desayune hoy... no me vas a poder creer. 


La pecera y el océano



Mi padre me decía que en la vida hay dos cosas seguras, una es la muerte y la otra es el cambio, y el ser humano se resiste a ambas, a la primera por instinto de supervivencia, la resistencia a la segunda está relacionada con nuestra zona de confort ("La zona de confort es la zona metafórica en la que estás cuando te mueves en un entorno que dominas, en ella las cosas te resultan conocidas y cómodas sean éstas agradables o no"  Descubriendo la zona mágica).
Recuerdo la primera vez que me despidieron tras 20 años en Estudiantes... la sensación de que me habían sacado de mi pecera, una pecera que conocía... conocía cada rincón de la pecera, conocía cada "pez" que habitaba la pecera y como relacionarme con ellos, era "mi" pecera, una vez fuera sentí como me ahogaba... ¿que sería de mi? ¿qué haría a partir de entonces?... empiezas a dudar de tus habilidades, de tu capacidad... ¿y si nadie me quiere? Luego descubres que tu pecera no es más que eso, una pecera, y que ahí fuera está lleno de otras peceras, las hay más grandes, más pequeñas, más lujosas, más nuevas, más viejas... ¡¡¡ incluso no sólo hay peceras, hay océanos enteros por explorar !!!
Esta sensación la he percibido también en jugadores a los que he entrenado, de repente te encuentras pidiéndoles ,que además de lo que saben hacer, hagan otras cosas a las que no están habituados... de inicio les cuesta, luego unos afrontan el reto, otros reniegan de él... es la resistencia al cambio.
Por eso cuando me he encontrado pidendo algo nuevo a alguien y éste duda de su capacidad para hacer lo que le pido, suelo recurrir a este cuento de Jorge Bucay, que además me ha servido para la vida:

El portero del prostíbulo:
Este cuento trata sobre un hombre común. Ese hombre era el portero de un prostíbulo.
No había en aquel pueblo un oficio peor conceptuado y peor pagado que el de portero del prostíbulo... Pero ¿qué otra cosa podría hacer aquel hombre?
De hecho, nunca había aprendido a leer ni a escribir, no tenía ninguna otra actividad ni oficio. En realidad, era su puesto porque su padre había sido el portero de ese prostíbulo y también antes, el padre de su padre. Durante décadas, el prostíbulo se pasaba de padres a hijos y la portería se pasaba de padres a hijos.
Un día, el viejo propietario murió y se hizo cargo del prostíbulo un joven con inquietudes, creativo y emprendedor. El joven decidió modernizar el negocio. Modificó las habitaciones y después citó al personal para darle nuevas instrucciones.
Al portero, le dijo:
- "A partir de hoy, usted, además de estar en la puerta, me va a preparar una planilla semanal. Allí anotará usted la cantidad de parejas que entran día por día. A una de cada cinco, le preguntará cómo fueron atendidas y qué corregirían del lugar. Y una vez por semana, me presentará esa planilla con los comentarios que usted crea convenientes."
El hombre tembló, nunca le había faltado disposición al trabajo pero...
- "Me encantaría satisfacerlo, señor", balbuceó. "Pero yo... yo no sé leer ni escribir."
- "¡Ah! ¡Cuánto lo siento! Como usted comprenderá, yo no puedo pagar a otra persona para que haga esto y tampoco puedo esperar hasta que usted aprenda a escribir, por lo tanto..."
- "Pero señor, usted no me puede despedir, yo trabajé en esto toda mi vida, también mi padre y mi abuelo..."
No lo dejó terminar.
- "Mire, yo comprendo, pero no puedo hacer nada por usted. Lógicamente le vamos a dar una indemnización, esto es, una cantidad de dinero para que tenga hasta que encuentre otra cosa. Así que, los siento. Que tenga suerte."
Y sin más, se dio vuelta y se fue.
El hombre sintió que el mundo se derrumbaba. Nunca había pensado que podría llegar a encontrarse en esa situación. 
Llegó a su casa, por primera vez, desocupado. ¿Qué hacer? Recordó que a veces en el prostíbulo cuando se rompía una cama o se arruinaba una pata de un ropero, él, con un martillo y clavos se las ingeniaba para hacer un arreglo sencillo y provisorio. Pensó que esta podría ser una ocupación transitoria hasta que alguien le ofreciera un empleo. Buscó por toda la casa las herramientas que necesitaba, sólo tenía unos clavos oxidados y una tenaza mellada. Tenía que comprar una caja de herramientas completa. Para eso usaría una parte del dinero que había recibido.
En la esquina de su casa se enteró de que en su pueblo no había una ferretería, y que debería viajar dos días en mula para ir al pueblo más cercano a realizar la compra. ¿Qué más da? Pensó, y emprendió la marcha. A su regreso, traía una hermosa y completa caja de herramientas. No había terminado de quitarse las botas cuando llamaron a la puerta de su casa. Era su vecino.
- "Vengo a preguntarle si no tiene un martillo para prestarme."
- "Mire, sí, lo acabo de comprar pero lo necesito para trabajar... como me quedé sin empleo..."
- "Bueno, pero yo se lo devolvería mañana bien temprano."
- "Está bien."
A la mañana siguiente, como había prometido, el vecino tocó la puerta.
- "Mire, yo todavía necesito el martillo. ¿Por qué no me lo vende?"
- "No, yo lo necesito para trabajar y además, la ferretería está a dos días de mula."
- "Hagamos un trato", dijo el vecino. "Yo le pagaré a usted los dos días de ida y los dos días de vuelta, más el precio del martillo, total usted está sin trabajar. ¿Qué le parece?"
Realmente, esto le daba un trabajo por cuatro días... Aceptó. Volvió a montar su mula. Al regreso, otro vecino lo esperaba en la puerta de su casa.
- "Hola, vecino. ¿Usted le vendió un martillo a nuestro amigo?"
- "Sí..."
- "Yo necesito unas herramientas, estoy dispuesto a pagarle sus cuatro días de viaje y una pequeña ganancia por cada herramienta. Usted sabe, no todos podemos disponer de cuatro días para nuestras compras."
El ex–portero abrió su caja de herramientas y su vecino eligió una pinza, un destornillador, un martillo y un cincel. Le pagó y se fue..“...No todos disponemos de cuatro días para hacer compras”, recordaba.
Si esto era cierto, mucha gente podría necesitar que él viajara a traer herramientas.
En el siguiente viaje decidió que arriesgaría un poco del dinero de la indemnización, trayendo más herramientas que las que había vendido. De paso, podría ahorrar algún tiempo en viajes.La voz empezó a correrse por el barrio y muchos quisieron evitarse el viaje. Una vez por semana, el ahora corredor de herramientas viajaba y compraba lo que necesitaban sus clientes.
Pronto entendió que si pudiera encontrar un lugar donde almacenar las herramientas, podría ahorrar más viajes y ganar más dinero. Alquiló un galpón. Luego le hizo una entrada más cómodo y algunas semanas después con una vidriera, el galpón se transformó en la primera ferretería del pueblo. Todos estaban contentos y compraban en su negocio.
Ya no viajaba, de la ferretería del pueblo vecino le enviaban sus pedidos. Él era un buen cliente.Con el tiempo,todos los compradores de pueblos pequeños más lejanos preferían comprar en su ferretería y ganar dos días de marcha.
Un día se le ocurrió que su amigo, el tornero, podría fabricar para él las cabezas de los martillos. Y luego, ¿por qué no? las tenazas... y las pinzas... y los cinceles. Y luego fueron los clavos y los tornillos...
Para no hacer muy largo el cuento, sucedió que en diez años aquel hombre se transformó con honestidad y trabajo en un millonario fabricante de herramientas. El empresario más poderoso de la región. Tan poderoso era, que un año para la fecha de comienzo de las clases, decidió donar a su pueblo una escuela. Allí se enseñarían además de lectoescritura, las artes y los oficios más prácticos de la época.
El intendente y el alcalde organizaron una gran fiesta de inauguración de la escuela y una importante cena de agasajo para su fundador. A los postres, el alcalde le entregó las llaves de la ciudad y el intendente lo abrazó y le dijo:
- "Es con gran orgullo y gratitud que le pedimos nos conceda el honor de poner su firma en la primera hoja del libro de actas de la nueva escuela."
- "El honor sería para mí", dijo el hombre. "Creo que nada me gustaría más que firmar allí, pero yo no sé leer ni escribir. Yo soy analfabeto."
- "¿Usted?", dijo el intendente, que no alcanzaba a creerlo.
- "¿Usted no sabe leer ni escribir?¿Usted construyó un imperio industrial sin saber leer ni escribir? Estoy asombrado. Me pregunto ¿qué hubiera hecho si hubiera sabido leer y escribir?"
- "Yo se lo puedo contestar", respondió el hombre con calma. "¡Si yo hubiera sabido leer y escribir... sería portero del prostíbulo!."


Mantener el foco



El ser humano suele ser muy influenciable por las opiniones ajenas... es algo genético y que llevamos a cuestas, queremos complacer a todo el mundo y muchas veces nos obsesionamos con las voces discordantes con aquello que estamos haciendo.
Decía Woody Allen "No conozco la clave del éxito, pero sé que la clave del fracaso es tratar de complacer a todo el mundo".

Y está bien escuchar a otros, aceptar las críticas y ser capaz de reflexionar sobre ellas, pero a veces ocurre que convertimos "reflexionar sobre ellas" en "aceptar como válido aquello que nos dicen sin más" y, cuando esto ocurre, cambiamos nuestro plan de acción sin más pretensión que complacer a quien nos "critica"... si el cambio viene de una reflexión serena y lo hacemos convencidos, entonces bienvenido sea el cambio, pero cuando el cambio viene sin convencimiento, simplemente por complacer, entonces solemos dar el primer paso hacia el peor de los viajes, al de no ser honesto contigo mismo, simplemente por temor, miedo, inseguridad...

Y es en los momentos en los que no obtenemos los resultados deseados cuando más arrecian las críticas, y es justo en esos momentos cuando más focalizados debemos estar en la resolución del problema y en aquello que para nosotros es importante y no en complacer por complacer; ser capaces de olvidarnos del ruido exterior y mantener el foco (reflexionando sí, pero de forma serena y coherente).

En esas situaciones en las que el ruido exterior se llega a hacer insoportable me gusta recordar este cuento que hoy comparto con vosotros y que me ayuda a centrarme en lo que de verdad creo que es importante:

El cuento de la serenidad

Un soberano de un gran reino se encontraba ya en una avanzada edad y quería asegurarse de que, antes de abandonar el mundo, le transmitía a su hijo una importante lección. A lo largo de las épocas más difíciles de su reinado, aquello había sido clave para mantenerse firme y conseguir que finalmente reinara en su país la paz y la armonía. Por alguna razón, el joven príncipe no acababa de entender lo que su padre le decía.

- Si, padre, comprendo que para ti es muy importante el equilibrio, pero creo que es más importante la astucia y el poder.

Un día cuando el rey cabalgaba con su corcel, tuvo una gran idea.

- Tal vez mi hijo no necesita que yo se lo repita más veces, sino verlo representado de alguna manera.

Llevado por un lógico entusiasmo, convocó a las personas más importantes de su corte en el salón principal del palacio. 

- Quiero que se convoque un concurso de pintura, el más grande e importante que se haya nunca creado. Los pregoneros han de hacer saber en todos los lugares del mundo que se dará una extraordinaria recompensa al ganador del concurso.

- Majestad, preguntó uno de los nobles, ¿cuál es el tema del concurso?

 – El tema es la serenidad, el equilibrio. Solo una orden os doy. Bajo ningún concepto rechacéis ninguna obra, por extraña que os parezca o por disgusto que os cause.

Aquellos nobles se alejaron sin entender muy bien la sorprendente instrucción que el rey les había dado.

De todos los lugares del mundo conocido acudieron maravillosos cuadros. Algunos de ellos mostraban mares en calma, otros cielos despejados en los que una bandada de pájaros planeaba creando una sensación de calma, paz y serenidad.

Los nobles estaban entusiasmados ante cuadros tan bellos.

- Sin duda su majestad el rey va a tener muy difícil elegir el cuadro ganador entre obras tan magníficas.

De repente, ante el asombro de todos, apareció un cuadro extrañísimo. Pintado con tonos oscuros y con escasa luminosidad, reflejaba un mar revuelto en plena tempestad en el que enormes olas golpeaban con violencia las rocas oscuras de un acantilado. El cielo aparecía cubierto de enormes y oscuros nubarrones.

Los nobles se miraron unos a otros sin salir de su incredulidad y pronto irrumpieron en burlas y carcajadas.

- Solo un demente podría haber acudido a un concurso sobre la serenidad con un cuadro como éste. 

Estaban a punto de arrojarlo fuera de la sala cuando uno de los nobles se interpuso diciendo:

- Tenemos una orden del rey que no podemos desobedecer. Nos dijo que no se podía rechazar ningún cuadro por extraño que fuese. Aunque no hayamos entendido esta orden, procede de nuestro soberano y no podemos ignorarla.

- Está bien, dijo otro de los nobles, pero poned ese cuadro en aquel rincón, donde apenas se vea.

Llegó el día en el que su majestad el rey tenía que decidir cuál era el cuadro ganador. Al llegar al salón de la exposición su cara reflejaba un enorme júbilo y, sin embargo, a medida que iba viendo las distintas obras su rostro transmitía una creciente decepción.

- Majestad, ¿es que no os satisface ninguna de estas obras? Preguntó uno de los nobles.

- Si, si son muy hermosas, de eso no cabe duda, pero hay algo que a todas ellas les falta.

El rey había llegado al final de la exposición sin encontrar lo que tanto buscaba cuando, de repente, se fijó en un cuadro que asomaba en un rincón.

- ¿Qué es lo que hay allí que apenas se ve?

- Es otro cuadro majestad

- ¿Y por qué lo habéis colocado en un lugar tan apartado?

- Majestad, es un cuadro pintado por un demente, nosotros lo habríamos rechazado, pero siguiendo vuestras órdenes de aceptar todos los que llegaran, hemos decidido colocarlo en un rincón para que no empañe la belleza del conjunto.

El rey, que tenía una curiosidad natural, se acercó a ver aquel extraño cuadro, que, en efecto, resultaba difícil de entender. Entonces hizo algo que ninguno de los miembros de la corte había hecho y que era acercarse más y fijarse bien. Fue entonces cuando, súbitamente, todo su rostro se iluminó y, alzando la voz, declaró:

- Éste, éste es, sin duda, el cuadro ganador.

Los nobles se miraron unos a otros pensando que el rey había perdido la cabeza. Uno de ellos tímidamente le preguntó:

- Majestad, nunca hemos discutido vuestros dictámenes, pero ¿qué veis en ese cuadro para que lo declaréis ganador?

- No lo habéis visto bien, acercaos.

Cuando los nobles se acercaron, el rey les mostró algo entre las rocas. Era un pequeño nido donde había un pajarito recién nacido. La madre le daba de comer, completamente ajena a la tormenta que estaba teniendo lugar.

El rey les explicó qué era lo que tanto le ansiaba trasmitir a su hijo el príncipe.

- La serenidad no surge de vivir en las circunstancias ideales como reflejan los otros cuadros con sus mares en calma y sus cielos despejados. La serenidad es la capacidad de mantener centrada tu atención en medio de la dificultad, en aquello que para ti es una prioridad.