Iluminación paterna



Entrenaba aquel año al Cadete "B" de Estudiantes (generación del 82), acabábamos de perder un partido que habíamos disputado en La Nevera (campo de entrenamiento de los equipos de cantera de Estudiantes); recuerdo que, tras esperar a que los jugadores terminaran sus ejercicios de estiramiento y vuelta a la calma, me quedé a charlar con los padres

Mientras nosotros hablábamos, varios jugadores estaban realizando algunos tiros al tiempo que otros iban saliendo del vestuario ya duchados, el caso es que recuerdo hacer el siguiente comentario: " Los jugadores de hoy ya no son tan competitivos como antes ", imagino que lo hice para justificar la derrota, aunque no recuerdo bien el motivo, tampoco importa mucho.

Recuerdo que en ese momento un padre me apartó educadamente del grupo y me hizo la siguiente reflexión:
"Mira Jota, estos tres (señaló uno a uno a tres compañeros de su hijo) y mi hijo son amigos desde que tenían 4 años, desde entonces van al colegio juntos, juegan y se divierten juntos... sus padres y nosotros somos también amigos desde entonces, y te puedo decir que desde que tenían 4 años compiten hasta para ver quien mea más lejos, así que no vuelvas a decirme que estos tíos no son competitivos"

Aquella frase me hizo pensar mucho, desde entonces cada vez que tengo la tentación de comparar generaciones me viene a la mente una competición por ver quien mea más largo. =)

El pequeño saltamontes...



Verano de 2007, estábamos en Chartres, preciosa ciudad de la campiña francesa a unos 80 km de París, recuerdo que estábamos entrenando para preparar uno de los 3 partidos amistosos que disputaríamos frente a la Selección Nacional de Francia; en un lance, durante el entrenamiento, un jugador se acercó a otro para aconsejarle sobre un detalle táctico, éste no se lo tomó muy bien y mandó a freír espárragos al primero; mi ayudante (Manolito Aller) y yo presenciábamos la escena desde medio campo; al poco tiempo el jugador "aleccionado" se acercó al lugar que ocupábamos para preguntarnos sobre la situación táctica motivo del incidente, en ese momento me vino a la mente el siguiente cuento y lo compartí con él (como hoy hago con vosotros)
Los dos viajeros
"Eran dos viajeros, uno del norte y otro del sur, que se encontraron casualmente en un sendero, por lo que decidieron continuar juntos un buen trecho del camino. Uno era joven y el otro entrado en años. El mayor preguntó:
-¿A dónde te diriges?
- Voy en busca de un verdadero maestro. He viajado por muchos países con la esperanza de hallar un auténtico maestro espiritual.
-¿Y que harás si lo encuentras?
- Sería el momento más dichoso de mi vida y, si fuera necesario, me arrojaría a sus pies para suplicarle que me diera instrucción espiritual. Encontrar una persona así en este mundo es un raro acontecimiento.
Pasaron varias jornadas y una mañana el hombre mayor dijo:
- Ha llegado el momento de separarnos. Cada uno debe seguir su camino respectivo.
- ¿A dónde irás?- preguntó el joven.
- Continuaré con mi larga búsqueda - repuso el hombre mayor.
- ¿Qué búsqueda?
- La de un auténtico discípulo. Hallar una persona así en el mundo es un raro acontecimiento. Es muy extraño que alguien sea capaz de reconocer a un verdadero maestro.
Y entonces el joven vio como ese verdadero maestro se perdía en la inmensidad del horizonte"

Por la noche, al terminar de cenar, el jugador se acercó a mí y me dijo, " Jota, en el cuento... ¿El maestro era mi compañero verdad? "... intuyo que la sonrisa en mi cara fue la contestación que necesitaba.

El ciempiés bailarín


Este es un cuento que me ha hecho reflexionar mucho sobre como tratar el talento innato de algunos jugadores, especialmente en algún caso en el que el implicado ha empezado a dudar de sus habilidades..."Déjalo fluir"

"Había una vez un ciempiés que era un gran bailarín. Cuando bailaba, todos los animales se reunían para admirarlo porque su habilidad era impresionante. Pero había uno de los animales al que no le gustaba que el ciempiés bailase. Era el sapo.
El sapo envidiaba al ciempiés. Así que pensó que podía hacer para que este dejara de bailar y evidentemente no generara tanta admiración. Una posibilidad habría sido decirle al ciempiés que no le gustaba su danza o que el bailaba mucho mejor. Pero nada de esto era cierto. Así que invirtió su energía en preparar un plan diabólico. Después de pensar la mejor estrategia para conseguirlo, mandó la siguiente carta al ciempiés.
"Ah, incomparable ciempiés. Soy un gran admirador de tu danza refinada. Me gustaría que me enseñaras a bailar. ¡Levantas primero el pie izquierdo número 28 y a continuación el pie derecho número 91?¿O empiezas levantando el pie izquierdo número 17 antes de levantar el derecho número 91? Espero impaciente tu respuesta. Te saluda, atentamente, el Sapo."
Cuando el ciempiés leyó la carta, empezó a pensar qué era lo que hacía exactamente cuándo bailaba. ¿Qué pierna levantaba primero? ¿Cuál después?
¿Y qué creéis que sucedió? Pues que el ciempiés no volvió a bailar jamás porque esto es exactamente lo que pasa cuando la imaginación y la espontaneidad son ahogadas por la racionalización y el exceso de control."

El alpinista y la cuerda

Hoy comparto con vosotros un cuento de Jorge Bucay... ilustrativo de aquellas cosas a las que nos aferramos creyendo que son imprescindibles para nuestra vida...

"Había una vez un hombre que estaba escalando una montaña. Estaba haciendo un escalamiento bastante complicado, una montaña en un lugar donde se había producido una intensa nevada. Él había estado en un refugio esa noche y a la mañana siguiente la nieve había cubierto toda la montaña, lo cual hacía muy difícil la escalada. Pero no había querido volverse atrás, así que de todas maneras, con su propio esfuerzo y su coraje, siguió trepando y trepando, escalando por esta empinada montaña. Hasta que en un momento determinado, quizás por un mal cálculo, quizás porque la situación era verdaderamente difícil, puso el pico de la estaca para sostener su cuerda de seguridad y se soltó el enganche. El alpinista se desmoronó, empezó a caer a pico por la montaña golpeando salvajemente contra las piedras en medio de una cascada de nieve.
Pasó toda su vida por su cabeza y, cuando cerró los ojos esperando lo peor, sintió que una soga le pegaba en la cara. Sin llegar a pensar, de un manotazo instintivo se aferró a esa soga. Quizás la soga se había quedado colgada de alguna amarra… si así fuera, podría ser que aguantara el chicotazo y detuviera su caída.
Miró hacia arriba pero todo era la ventisca y la nieve cayendo sobre él. Cada segundo parecía un siglo en ese descenso acelerado e interminable. De repente la cuerda pegó el tirón y resistió. El alpinista no podía ver nada pero sabía que por el momento se había salvado. La nieve caía intensamente y él estaba allí, como clavado a su soga, con muchísimo frío, pero colgado de este pedazo de lino que había impedido que muriera estrellado contra el fondo de la hondonada entre las montañas.
Trató de mirar a su alrededor pero no había caso, no se veía nada. Gritó dos o tres veces, pero se dio cuenta de que nadie podía escucharlo. Su posibilidad de salvarse era infinitamente remota; aunque notaran su ausencia nadie podría subir a buscarlo antes de que parara la nevisca y, aun en ese momento, cómo sabrían que el alpinista estaba colgado de algún lugar del barranco.
Pensó que, si no hacía algo pronto, éste sería el fin de su vida.
Pero, ¿qué hacer?
Pensó en escalar la cuerda hacia arriba para tratar de llegar al refugio, pero inmediatamente se dio cuenta de que eso era imposible. De pronto escuchó la voz. Una voz que venía desde su interior que le decía “suéltate”. Quizás era la voz de Dios, quizás la voz de la sabiduría interna, quizás la de algún espíritu maligno, quizás una alucinación… y sintió que la voz insistía “suéltate…suéltate”.
Pensó que soltarse significaba morirse en ese momento. Era la forma de parar el martirio. Pensó en la tentación de elegir la muerte para dejar de sufrir. Y como respuesta a la voz se aferró más fuerte todavía. Y la voz insistía “suéltate”, “no sufras más”, “es inútil este dolor, suéltate”. Y una vez más él se impuso aferrarse más fuerte aun, mientras conscientemente se decía que ninguna voz lo iba a convencer de soltar lo que sin lugar a dudas le había salvado la vida. La lucha siguió durante horas pero el alpinista se mantuvo aferrado a lo que pensaba que era su única oportunidad.
Cuenta esta leyenda que a la mañana siguiente la patrulla de búsqueda y salvataje encontró un escalador casi muerto. Le quedaba apenas un hilito de vida. Algunos minutos más y el alpinista hubiera muerto congelado, paradójicamente aferrado a su soga… a menos de un metro del suelo."

La dulzura de la victoria y la amargura de la derrota

Hace ya tres días que la Selección Nacional de Baloncesto cayó derrotada frente a Francia en los cuartos de final del Mundial de España. Una derrota ciertamente inesperada que acababa con las ilusiones de proclamarnos, por segunda vez en la historia, campeones del mundo. Mucho se ha escrito sobre el partido, las claves de la derrota, los posibles responsables, etc... y no, no voy a escribir yo sobre ello en particular, sin embargo leyendo alguno de esos artículos me ha venido a la cabeza la forma tan diferente en la que me han afectado las victorias y las derrotas y es, precisamente de esto, de lo que quiero hablar con vosotros.

Permitidme que os ponga en antecedentes, más que nada por lo que éstos puedan influir en mi percepción sobre lo que voy a contar. Por suerte o por desgracia, que nunca se sabe, la gran mayoría de equipos de los que he formado parte han sido equipos en los que, a lo largo de la temporada, hemos ganado muchos más partidos de los que hemos perdido. Por otro lado, en esos mismos equipos, son muchos más los títulos perdidos que los ganados.

Pues bien, el sentimiento de amargura que me ha invadido tras una derrota importante ha sido siempre mucho más impactante y duradera en el tiempo que el sentimiento de alegría que me ha dejado una victoria en circunstancias parecidas.

El sentimiento de tristeza tras la derrota es como un virus, te invade por dentro poco a poco,  normalmente, además, eres reacio a compartirlo con alguien, más allá de alguna reacción inicial de rabia que cesa al poco tiempo; lo vives en soledad pese a estar rodeado de compañeros en la misma circunstancia, no quieres verbalizarlo, como si fuera impropio, quizá porque aún pensando que alguien tiene una responsabilidad directa en lo ocurrido no crees que sea el momento de manifestarlo, quizá porque aún sabiendo que la responsabilidad de la derrota es compartida tú te centras en la parte que te atañe  y no quieres cargar la culpa sobre nadie más, empiezas a pensar que podrías haber hecho diferente, que debías haber añadido o quitado, la cabeza no para de pensar, revives situaciones del partido una y otra vez, momentos que consideras clave y que por una u otra razón se torcieron, revisas la preparación, los entrenamientos previos algo que te haga entender el por qué de la derrota... y todos estos pensamientos te persiguen durante horas, muchas veces días, tratas de alejarlos, pero no puedes, se adueñan de tu cabeza, se atrincheran, te atormentan, no te dejan conciliar el sueño. ¿Y después? una vez tu cabeza se calma, viene lo peor, una sensación de vacío, el virus te ha derrotado, se ha adueñado de ti, sólo la vuelta a la actividad puede hacer que desaparezca, depende de la importancia de los siguientes partidos durará más o menos. Pasado el duelo ya sí verbalizas, compartes con tus compañeros tus sensaciones, tus conclusiones, tus posibles soluciones... Reflexionas y te das cuenta que esa sensación de tristeza y amargura ha durado mucho, ¡¡¡ demasiado !!!

El sentimiento de alegría por una victoria es distinto, obviaré las victorias "intrascendentes" porque quizá por hábito, quizá por obligación no generan sensaciones especiales, es como si ganar se haya convertido en tu deber y no le prestas atención, se ha convertido en rutina, simplemente no las disfrutas (perder uno de estos, sin embargo, genera todo lo explicado en la derrota); también están las victorias importantes pero que no te dan un título, por ejemplo las de pasar un play-off complicado, las victorias de "match-ball" en las que ganas o te vas a casa, tipo Copa del Rey, éstas provocan la sensación de alivio, de tranquilidad, de saber que sigues persiguiendo el sueño, que nada se ha truncado inesperadamente, pero poco más. Así pues, ¿qué pasa con las victorias importantes, las de los títulos? en mi caso es una pequeña explosión de júbilo, de alegría, alcanzas la meta, el sueño, pasados los segundos iniciales en los que te abrazas a todo el equipo, sientes la necesidad de compartirlo con tus seres queridos, tu mujer, tus padres, hermanos, amigos, mentores... después todo se va calmando, quizá haya una cena de celebración, una fiesta... y ya!!! sí, y ya. Al día siguiente de una gran victoria, y cerrados los actos de celebración, sólo la felicitación tardía de alguien te recuerda la victoria.

Nos comentaba Jorge Valdano, en una conferencia de Make a Team, que las emociones cuando soñamos con una victoria son mucho más intensas que cuando se consiguen, y en mi caso, doy fe.

Como os he comentado, la intensidad de las emociones en la derrota y en la victoria  se decantan, lamentablemente, hacia la derrota, y la duración de las mismas también... bueno miento, en el largo plazo (muy largo) las tornas cambian; pues sí, por extraño que parezca, en el recuerdo de tiempos pasados, cuando buscamos en la memoria años más tarde, recuerdas mucho más intensamente las victorias importantes que las derrotas (casi olvidadas), quizá sólo sea mi caso, por los condicionantes aportados inicialmente, porque he perdido muchos más títulos de los que he ganado; quizá tenga que ver con cómo hemos sido educados, se nos castiga por los fracasos pero rara vez se nos felicita por nuestros éxitos, es como una obligación, sobre todo en los éxitos ordinarios, quizá no tanto en los extraordinarios. Qui lo sa.

Todo esto viene a colación de algunos fragmentos de artículos que he leído después de la derrota en el Mundial, cito dos:

Ricky Rubio en Twitter: "24 horas después y la cabeza sigue dando vueltas...No pudo ser. Momentos difíciles que nos ayudan a valorar todo lo conseguido"

http://zaidarena.wordpress.com/2014/09/11/el-fin-de-una-era/ "suelo decir que la alegría por una victoria nos puede quedar para siempre pero la tristeza tras una derrota nunca debería durarnos más de cinco minutos."

Quiero terminar con algo que me enseño mi gran amigo Richi Serrés: Llora tus derrotas pero sobre todo celebra tus victorias.

Nos entrenaremos para que la intensidad y la duración de las emociones se den la vuelta... y sean las emociones de la victoria las que se vivan con más intensidad y encima duren más en el tiempo.